12 abr. 2026

Expectativa y realidad

La guerra de posiciones en geopolítica viene reconfigurando el mapa del poder, y los fenómenos casi cotidianos de los últimos tiempos orientan a una analogía respecto de la vieja usanza, pero con ribetes eufemísticos y solapados respecto de las históricas perpetraciones violentas por parte de los imperios de la historia.

La lucha enfatiza ahora hacia los recursos naturales que se van acabando, relacionados con fuentes de energía, agua, minerales raros para uso tecnológico y espacios estratégicos para que el enemigo no avance en su influencia. El esquema híbrido entre misiles lanzados y acuerdos económicos, presiones varias, adoctrinamiento y pusilanimidad de naciones sin poder de negociación (Paraguay es ejemplo de lo último), llenan los medios de comunicación.

Se instala una intención liberadora, democratizadora y altruista frente a férreos regímenes criticados por la comunidad internacional, contemplando la narrativa de reencauzar el destino de naciones aplacadas por gobiernos despóticos, pero con la firme y verdadera aspiración de controlar los recursos estratégicos en los países a intervenir.

En Venezuela se patentizó con el derrocamiento del Gobierno de Nicolás Maduro y la supuesta erradicación del chavismo y su influencia, pero la cúpula en el país caribeño continúa y no se visualiza una democratización verdadera, más allá del control de los hidrocarburos y el diálogo más fluido entre Caracas y Washington.

A la par, la mirada del presidente Donald Trump está puesta en Groenlandia y su vasto territorio que, con los deshielos, permite visualizar un espacio sensible en la lucha de poder mundial, principalmente con Rusia y China. Por su parte, México es una latitud crucial, ya que es vecino directo de Estados Unidos y con relacionamiento económico fuerte, amén de la migración y su impacto en suelo norteamericano, y de los carteles de la droga, que operan cada vez con más fuerza.

El Cono Sur tiene sus contrapuntos, ya que Brasil es escollo a los intereses de la administración Trump y este debe sostenerse en alianzas con gobiernos más alineados a la derecha y al liberalismo, producto de lo cual se establecen acuerdos para intervención directa, pero solapada de cooperación y asistencia, incluidas las instancias militares, ya aprobadas en Paraguay y Argentina.

La oleada de influencia china de los últimos años y su presencia en nuestra región recibe la respuesta norteamericana con sutilezas en torno a convenios, pero también con fuego real cuando se trata de contrarrestar los intereses asiáticos allí donde imperan el litio, las energías renovables y el petróleo.

Es esta fuente de energía la que no deja dormir a Trump y, por ello, mismo viene atacando Irán, que aún controla el Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 20% del crudo mundial, punto estratégico que obliga a movilizar tropas y puede transformar el mercado y los precios de un bien tan preciado actualmente. La economía internacional no se movería al mismo ritmo sin la distribución de los derivados de este hidrocarburo.

Que sean liberadas las mujeres del yugo islámico del ayatolá es mero discurso sin mucha importancia para Washington, alineado en reconfigurar el poder en Medio Oriente, encumbrando a Israel como verdadero árbitro en la maraña de intereses que enfrenta atávicamente a las naciones musulmanas contra los hebreos, y visualizando ganancias multimillonarias con proyectos inmobiliarios sobre los miles de cadáveres palestinos en Gaza.

Del dicho al hecho: La imagen instalada es asegurar un mundo más libre de déspotas; lo que realmente se pretende es asegurar recursos e influencia. Expectativa y realidad: Bajo el manto supuestamente democrático se yergue el interés estratégico de acumulación de poder ideológico y material, pero con el riesgo de escalar en la tensión mundial y en las próximas bombas que destruyan sueños de civiles inocentes.

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