15 oct 2026

Actuar desde la herida: Arturo Fleitas en Narciso

Una entrega visceral en Narciso, estrenada el 9 de abril, desde su rol de Drácula.

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Desde Uruguay. El actor paraguayo Arturo Fleitas en el rol de Drácula. Maquillaje Sofía Sellanes (uruguaya), peinado Carmen Arbues (española)

Hay actuaciones que se construyen y otras que se dejan atravesar. La presencia de Arturo Fleitas en Narciso –estrenada el 9 de abril en Paraguay– pertenece a esta segunda categoría: No parece un trabajo actoral en el sentido clásico, sino una exposición emocional que atraviesa la pantalla con una densidad difícil de ignorar.

Actor de teatro, cine y televisión paraguayo radicado en Uruguay desde hace 26 años, Fleitas no habla de su personaje como una composición, sino como un proceso en lo estético, lo colectivo y, sobre todo, la memoria personal se entrelazan hasta volverse inseparables.

Fleitas empieza por lo visible. Por lo que se ve antes de sentir: “El proceso de construcción del personaje desde afuera –el trabajo de maquillaje, de peinado, de vestuario– es muy importante. Para mí, era muy importante ver aparecer el personaje a medida que se iba trabajando”, recordó.

Esa transformación no ocurre en soledad. Está guiada por una mirada exigente, casi obsesiva, que empuja al actor a responder a una presencia mayor: “Ese maquillaje y ese peinado fueron construidos bajo la mirada atenta y exigente de Marcelo y de Luis Arteaga (director de Fotografía). Entonces yo digo que si ellos están acá cerca, quiere decir que mi personaje es muy importante”.

El resultado no es solo una estética cuidada, sino una atmósfera que contagia: “El trabajo de Carlo Spatuzza (dirección de arte) es extraordinario. Es de una rabia por la verdad… que necesariamente te produce a vos, la misma rabia por la verdad. Y uno tiene que ser verdadero”.

Ahí aparece una clave: No se trata de representar, sino de responder a una verdad que ya está en el aire. Actuar con la memoria en carne viva. Pero lo que vuelve singular a la interpretación de Drácula no está en lo técnico, sino en lo que irrumpe. Fleitas no oculta que su vínculo con la historia es personal: “Yo viví esa época… La estudié, y la padecí…, tuve el privilegio de haber padecido”, subraya.

La frase incómoda queda resonando. Y entonces, el personaje deja de ser personaje: “Yo lo encontré más trágico al ver la película, por todo lo que rodea a la película”, reflexionó. Hay algo que se revela después, incluso para el propio actor. Como si la obra terminara de construir el sentido que el rodaje apenas insinuaba.

Dentro de la película, Fleitas no está solo. Hay una pequeña célula, casi un refugio creativo: “Éramos un grupo aparte dentro de la película: éramos ‘la Drácula Troup’… con Belén (Vierci) y con Alberto Sánchez Pastor”.

Ese espacio compartido tiene una energía propia, inmediata: “La ‘troupe’ Drácula se reunió a ensayar y ahí nomás ya estábamos todos pegados unos con otros”.

Y en ese entramado emergen presencias que sostienen: la voz “perfecta” de Alberto Sánchez, la entrega emocional de Belén, la complicidad de compañeros que contienen lo que el texto no puede.

Hay una escena, recuerda Fleitas, que funciona como punto de ruptura: “Donde me quito el maquillaje… Para mí fue muy fuerte, muy fuerte”. Ese gesto –desmaquillarse– no es solo dramático. Es simbólico. “Por única vez en la película se saca el maquillaje… Totalmente expuesto… Despidiéndose; él sabía que venían a buscarlo”.

Pero lo más impactante ocurre fuera de la ficción. “Yo había vivido eso. A mí me agarraron, me llevaron, me patearon…”. La actuación se vuelve entonces un canal directo entre pasado y presente. Y el cuerpo se resiente. “Terminé enfermo, me fui a Montevideo a morir. Esto en serio”, enfatizó.

Sin embargo, hubo una decisión que sorprende por su crudeza y su ética: “No me morí por responsabilidad… Porque tanto había costado todo esto”. Y se recuperó. La pregunta final no busca una reflexión estética, sino una postura. ¿Por qué volver sobre estos temas? Arturo Fleitas, actor, docente, no duda al responder: “Lo peor que nos puede pasar es olvidar”. Y va más allá: “Uno no muere cuando el cuerpo se va; muere cuando la gente te olvida”.

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