Pobre de aquel que no sepa sentir el calor de un abrazo, la maravilla del amor y de la solidez de una relación alimentada con años. Triste de aquel que, de tanta sombra, lejos de los apuros del afecto, se dedique a la profesión oscura del engaño, del robo y la codicia. Condenado por sus propias cadenas a persistir en su paraíso de egoísmo, como el que perdió los ojos, la capacidad para ver la necesidad o el dolor de los demás, y no siente nada de nada.
Perdón para los imperdonables que han talado la esperanza de la naturaleza, que le han puesto un precio a la madera del alma, los que le pusieron un precio a la sonrisa de las niñas con la ahora triste actividad de la trata de personas. Deberían darle una nueva oportunidad de vivir una vida mejor a los pobres, mendigos, los abandonados, que no cotizan en bolsa ni pueden llevar con dignidad su condición de humildes. Con ellos se hace el reino de la indiferencia.
Hay que cambiar la condición humana de los desamparados, la insensatez de lo mediático como moneda de valor, el cambio chico del chisme barato que corre de boca en boca, con más rapidez que la verdad. Eliminar la extorsión que viene después del favor, dar por bien pagada la felicidad de compartir sin pedir nada a cambio.
Triste el que crea que solo con el poder de las armas puede cambiar la injusticia, que la verdad se impone con balas y no con razones. Amparados sean los que tienen la paciencia de los oprimidos, la resignación por la ceguera generalizada de la indolencia.
La razón puede extraviarse, postergarse, dilatarse en discursos, pero siempre regresa al lugar que le pertenece, la segura sombra de la justicia.
Y uno se pregunta cuánta paciencia hace falta para mover esa montaña, cimentada con años, solidificada en la desidia de los que por detentar un poder, caen en la desmemoria. Se olvidan de las necesidades básicas, de los asuntos primarios que deben sumarse con urgencia. Cómo cambiar una mente perjudicada por la falta de control, que se niegan a dar informes verdaderos de la situación para que no se noten sus yerros. Hombres públicos, administradores muchos de la ley y el orden, supuestamente hablando o discurseando, pero para nada cumpliendo.
¿Y esta arenga a dónde apunta? ¿Qué le puedo decir? Si no entendió, haga el favor de leer de nuevo y haga de cuenta que es un político, un postergado, un eterno buceador de sueños, que por una vez se sale del libreto que le escriben otros.