05 abr. 2026

En Pascua debemos replantear el camino del bien común

Creyentes y no creyentes necesitamos organizar nuestra convivencia desde la revalorización profunda de la dignidad humana. Desafiados por la guerra globalizada, estilos de vida individualistas, relativismo moral y la vulneración de derechos esenciales de millones de personas en el mundo, incluidas las que están atrapadas en regímenes totalitarios, así como la creciente situación de vacío existencial, ruptura de vínculos primarios, dependencias y adicciones que paralizan o empujan a los vicios a tantas personas, nuestra sociedad debe replantearse el camino del bien común.

No podemos reducir el diálogo sobre la crisis actual de valores y de convivencia de la sociedad occidental, en general, y de la nuestra en particular, a prejuicios ideológicos, incluso incrustados en ciertas corrientes teológicas que deforman el mensaje cristiano del Sermón de la Montaña.

Hoy las situaciones de conflicto armado, desplazamiento masivo de damnificados sociales afectados por la falta de garantía para su supervivencia, las malas políticas financieras globales con criterios puramente mercantilistas, las presiones políticas de la “cultura del descarte” (Papa Francisco), los sistemas colectivistas antidemocráticos que mantienen encerrados y sometidos a sus ciudadanos, las diferentes formas de esclavitud laboral, la violencia contra los niños, la trata de personas, la soledad y el abandono de los ancianos, el acoso digital, las adicciones y tantos otros males sociales, deben sacar de nosotros lo mejor de nuestra creatividad personal y de nuestra herencia cultural para resistir los embates de la crisis y mejorar la sociedad.

El marco ético del cristianismo, al promover la dignidad de la persona, ha contribuido a desarrollar toda una civilización que hoy, sin embargo, tambalea. Ese marco cultural que exige no solo “no hacer daño”, sino que promueve el “hacer el bien”, incluso a los enemigos, sostiene también a los no creyentes, pues la valoración de la persona en todas sus dimensiones (biológica, psíquica, social y espiritual, desde la concepción hasta la muerte natural) no es exclusividad de la comunidad de creyentes y protege a todos mediante sistemas jurídicos nacidos del respeto a la ley natural, incluyendo a personas de cualquier pensamiento, nivel de instrucción y clase social.

Señalar sus imperfecciones es justo y necesario, ya que se dan casos de fallos del sistema, tanto por defecto como por exceso; lo negativo es tratar de destruirlo, ya sea desde una buena fe, pero que parte de la ignorancia o negación de varios factores de la realidad, o ya sea desde la mala fe, que intenta cancelarlo en sus raíces culturales y existenciales por razones egoístas o corporativas inmorales.

No podemos pretender un cambio de mejora de nuestra cultura negando sus raíces, tampoco podemos pretender convivir con unos valores sólidos que a la vez destruimos sistemáticamente. Esto es contradictorio y fatal.

No se puede convertir en dogma cultural el tener que vivir obligatoriamente sin preguntarse sobre las verdades últimas o como si Dios no existiera. Así como se rechazan procesos históricos que han intentado imponer la fe, se debe rechazar también lo contrario porque deja sin bases éticas a la misma convivencia democrática.

Aceptar los principios morales establecidos en los diez mandamientos, tales como honrar a los padres, no matar, no robar ni mentir, es inteligente y razonable, ayuda a una convivencia pacífica y al desarrollo integral, y no requiere de una mirada sobrenatural de la realidad, aunque tampoco puede pretender imponer su rechazo.

Reavivar el principio de la dignidad intrínseca de las personas es un paso de la muerte existencial, personal y social, a la vida más plena.

Es esperanzador observar que muchos jóvenes anhelan esta Pascua hacia la recuperación de un sentido de respeto profundo y auténtico de la dignidad humana con miras al bien común. Ese es el camino que las familias, la sociedad y el Estado deben retomar juntos.

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