18 jun. 2026

Elena Poniatowska: Princesa cervantina

La escritora mexicana concedió en 1982 una entrevista a la crítica literaria paraguaya Teresa Méndez Faith, donde repasa su trayectoria. Aquí un fragmento de aquella larga conversación.

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La ganadora del Premio Cervantes 2013, Elena Poniatowska. Foto: m-x.com.mx

Teresa Méndez Faith

Crítica literaria

¿Empezamos con algunos datos biográfico-literarios?

- Bueno, pues nací en París en 1933. Vine a México casi a fines de la Segunda Guerra Mundial porque mi mamá, que se apellida Amor, es mexicana. Hice estudios aquí en una escuela inglesa que se llama The Windsor School. Luego estuve en Filadelfia en un convento de monjas, el Sagrado Corazón, donde estudié high school. Después, en México ya, me metí al periodismo de un día para el otro en el Excélsior, a partir de 1954.

-¿Te iniciaste entonces en el Excelsior?

- Sí, allí empecé el periodismo. Luego lo he hecho casi durante veintiocho años. En fin, de 1954 a la fecha. . . Y también he escrito trece libros. En 1978 me saqué el Premio Nacional de Periodismo, que por primera vez lo recibió una mujer en mi país. Y luego recibí algunos otros premios literarios.

-¿Qué hiciste primero: periodismo o literatura?

-Hice las dos al mismo tiempo. Fue una labor simultánea. Lilus Kikus, que es la primera cosa que se publicó literariamente, salió en 1954. Lilus Kikus inició una colección, la de Los Presentes, en la cual luego se dieron a conocer Carlos Fuentes con Los días enmascarados, José Emilio Pacheco. . .

-¿Y qué siguió a Lilus Kikus...?

-Pues después escribí Mêlés y Teleo, una obra de teatro que es una burla de los intelectuales. La idea es la de satirizar eso de ‘Me lees y te leo’, pero yo los convertí en dos personajes griegos - ‘Mêlés’ y ‘Teleo’ –que acaban matándose a palos en la cabeza, pues es una sátira de Si tú me lees, yo te leo a ti. Esto apareció creo en 1955. Luego se publicó un libro de entrevistas que se llama Palabras cruzadas, con entrevistados que hoy día ya están muertos –aunque no todos– como Diego Rivera, Lázaro Cárdenas, Fidel Castro, algunos franceses, François Mauriac, y una serie de gentes, Zavattini... Ese libro se publicó hace casi veinticinco años. Después hubo un libro de poesía, Rojo de vida y negro de muerte, del cual tres poemas aparecen en la antología de Cario Coccioli. Luego se publicó Todo empezó el domingo, que es un libro sobre lo que hace la gente pobre los domingos. Después apareció la novela Hasta no verte Jesús mío, que es sobre una mujer que hizo la Revolución Mexicana y a quien el país no le ha dado nada, absolutamente nada... Luego viene La noche de Tlatelolco, sobre el movimiento estudiantil del 68, que es un libro que ha tenido mucho eco entre los estudiantes porque ya va en la cuarentava edición.

Después publiqué Querido Diego, te abraza Quiela, luego Fuerte es el silencio, y también un libro de fotografías con Mariana Yampolsky, que se llama La casa en la tierra.

(...)

-Uno de los aspectos que sobresalen en la mayoría de tus obras es el elemento ‘documentación’, ya sea en forma directa – fotografías, entrevistas, transcripciones literales de comunicados radiales, etc. – o indirecta, por ejemplo cuando tú ficcionalizas a un personaje real como la Jesusa Palancares. ¿Crees que tu labor periodística ha influenciado estructuralmente, o de alguna otra manera, en tu obra literaria?

-Yo creo que desde luego. Los libros de tipo testimonial como La noche de Tlatelolco y como Fuerte es el silencio, pues son obviamente crónicas, salvo la sección sobre la colonia Rubén Jaramillo, que es más bien una ficción basada en la realidad, pues yo nunca conocí al Güero Medrano, nunca conocí a los personajes de los cuales yo hablo ahí. En la colonia Rubén Jaramillo he estado dos veces, pero me sugirió lo suficiente como para querer escribir una historia de ella... Ahora, claro que eso está hecho a base de periodismo. Si yo no tuviera 28 años de periodista, no creo que haría ese tipo de libros. Están ligados totalmente a mi quehacer periodístico. Hasta no verte Jesús mío está basada en mis conversaciones con la Jesusa, que empecé grabándolas, pero luego, como a ella le estorbaba la grabadora, dejé de usarla, y lo que yo hacía entonces era reconstruir y escribir por la noche lo que ella me contaba. Ahora, los otros cuentos, pues también están siempre basados en la realidad. Yo en general no hago ficción, ¿verdad?

-Pero tus cuentos son ficción, ¿no?

-Sí, son ficción, pero en general es ficción basada en la realidad. No es literatura fantástica...

(...)

-Y en tu obra tú denuncias esa injusticia y a menudo das voz a gran parte de esa gente. Griselda Gámbaro ha dicho que ‘escribir no es un acto gratuito’, que para ella ‘es un acto de necesidad inexorable, de responsabilidad y lucidez’. ¿Podrías tú decir por qué escribes? ¿Y para quién...?

-Pues yo escribo porque es un gusto, porque ya tengo muchos años haciéndolo, porque es mi manera de estar sobre la tierra y de ser, y ésa es la razón por la cual escribo. No porque yo sienta que tenga una específica función o un público determinado. En realidad no sé quiénes me leen ... Yo he escrito libros para dar voz a los que no la tienen, a los que están siempre silenciados...

-Te refieres específicamente a Fuerte es el silencio, ¿no?

-Sí, Fuerte es el silencio es uno de esos libros. Pero también en La noche de Tlatelolco yo recogí los testimonios de estudiantes, de amas de casa, en fin, de gente que nunca iba a tener acceso a los periódicos.

-¿Piensas que por medio de tus obras puedas cambiar la realidad, que de alguna forma, aunque sea mínima, la literatura pueda influir en la vida de la gente...?

-La literatura es un oficio como cualquier otro, y no creo que cambie para nada el mundo. Yo quisiera que pudiera cambiarlo, pero la literatura no es la política. Si la literatura contara o tuviera alguna especie de influencia, pues no sucederían cosas tan monstruosas como la invasión del Líbano por Israel o todas las guerras que nosotros hemos vivido. Pues en los últimos años creo que el mundo ha tenido unas 137 guerras, una cantidad de guerras bárbaras y una cantidad de infamias que se cometen... La literatura se supone que predica lo contrario. Nunca ha habido literatura de asesinato o de eso. Entonces eso demuestra que lo que la literatura influencia en la vida o en la política es menos que nada. Además, yo que trabajo en un país analfabeta, donde hay mucha gente que no lee, donde los libros son objetos de lujo –más ahora con la devaluación– porque cuestan muchísimo dinero, pues no puedo pretender que mi literatura cambie nada. Ya sé que no cambio absolutamente nada. Lo único que yo puedo hacer, como periodista y como escritora, es denunciar. Y eso es lo que hago. Trato de denunciar.

-De un tiempo a esta parte se viene discutiendo mucho la existencia o no existencia de una ‘escritura femenina’, si hay o no un texto femenino con características específicas. Griselda Gámbaro habla de que ‘escribimos lo que somos’. Siendo tú mujer, ¿calificarías tu obra de ‘femenina’ o de ‘feminista’ quizás...?

-Bueno, yo creo que yo escribo como mujer. El hecho de escoger un personaje mujer como la Jesusa Palancares de Hasta no verte Jesús mío, pues ya es una muestra de que yo me siento ligada obviamente a las mujeres. Ahora, yo no sé si mi escritura sea femenina o feminista. No lo creo. Yo creo que simplemente lo que hago es tratar de escribir, tratar de escribir lo mejor que puedo. Además lo hice mucho antes de que se hablara de los movimientos feministas o de que existieran ni siquiera en México, o de que se fundara la revista fem. En fin, no creo que mi obra tiene un sello netamente feminista, aunque sí siento que dentro de mí está siempre el defender a la mujer. Pues en Fuerte es el silencio también siempre las mujeres son personajes que llegan al heroísmo.

(...)

Cervantes, Su Majestad

Javier Viveros

Escritor

Como decíamos ayer –parafraseando a Fray Luis de León-, los premios literarios pueden provocar una sensación ambigua. Por un lado, traen reconocimiento y por el otro, la ajena envidia y la maledicencia. Hay premios para el olvido, como el Nobel de 1904, otorgado al español José Echegaray, de quien ya casi ni las enciclopedias se acuerdan. Premios que tardan en llegar, como el de Cela, quien recibió el Nobel antes que el Cervantes. Hay también premios que nunca llegan, como el de Borges, que murió sin disfrutar del patrimonio de Alfred. “Yo siempre seré el futuro Nobel. Debe ser una tradición escandinava”, llegó a decir el visionario ciego. Premios rechazados también los hay, como el caso del Nobel de 1964 que Sartre declinó (aunque más tarde reclamó el dinero). Premios que pueden encharcar, como el polémico Planeta del 97 que fue adjudicado a Piglia y que acabó en juicio y derrota para el escritor argentino.

Y están aquellos premios que causan alegría, cuando recaen en autores que uno lee y admira. Desde mi óptica, el Cervantes a Elena Poniatowska pertenece a esta última categoría. La galardonada —cuarta mujer en recibirlo— es descendiente directa del último rey de Polonia pero por su inclinación hacia la izquierda hizo que se la conociera como la Princesa Roja. Su prosa, de una perfección resplandeciente, ha visitado casi todos los géneros, y ha entregado a la imprenta obras saludadas paralelamente por lectores y crítica.

Aunque nacida en París, la escritora se mudó a México siendo muy niña y se considera a sí misma “más mexicana que el mole”. Adoptó ese país como suyo, se dolió con su historia turbulenta y la reflejó en sus obras. El suyo es un caso similar a lo que le pasó a Rafael Barret y su coup de foudre con nuestro país. Con la humildad que tienen solo los verdaderamente grandes Poniatowska se refiere al éxito diciendo: “Es algo en lo que no hay que creer. Hay que creer en la vocación, el amor en lo que haces. Hay que amar el oficio”. Por mi parte, celebraré este premio merecido recorriendo nuevamente los cuentos de su obra De noche vienes y dejaré que las páginas de la princesa me transporten hacia territorios que son absolutamente ajenos a los de los cuentos de hadas.

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