Hay artistas que impactan en los escenarios. Otros dejan escuela, pero están aquellos cuya presencia permanece incluso después del silencio.
En la memoria de quienes compartieron con él viajes, ensayos, funciones y conversaciones, Nizugan, o Juan Bautista Castillo Benza, sigue ocupando ese lugar.
Su legado no se limita a los personajes que hicieron reír a varias generaciones de paraguayos.
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Tampoco a los espectáculos que lo convirtieron en una referencia obligada de la magia y la ventriloquía nacional. Permanece la huella que dejó en quienes continuaron el camino.
El mago y ventrílocuo paraguayo Juan Bautista Castillo Benza, conocido popularmente como Nizugan, falleció el 18 de junio de 2019 a los 81 años. Su deceso se produjo a causa de un infarto fulminante en su residencia de Asunción.
En la memoria
Paco el Mago recuerda que conoció personalmente a Nizugan en 1989. A partir de entonces, nació una amistad que se extendió durante tres décadas.
“Nizugan no enseñaba ventriloquía a cualquiera. Era muy selectivo. Sin embargo, me abrió las puertas de su casa, de sus conocimientos y de su intimidad artística”, recuerda.
La frase parece sencilla, pero encierra una dimensión poco visible del oficio. Detrás de cada función existía una relación de confianza construida durante años.
Paco acompañó a Nizugan a congresos en Argentina y Brasil, donde el maestro era contratado para actuar y él se desempeñaba como asistente. Más tarde llevaría también sus propios números de magia y ventriloquía.
Muchas de aquellas experiencias quedaron entre ellos.
“Conocí sus obstáculos, sus éxitos y muchas historias que se fueron con él”, señala.
La transmisión del conocimiento artístico rara vez ocurre dentro de aulas formales. En disciplinas como la ventriloquía suele producirse en camerinos, viajes, ensayos y largas conversaciones después de cada espectáculo.
El recuerdo de Nizugan aparece ligado a una idea de maestro más que a la de celebridad.
Paco suele explicar que los niños descubren rápidamente quién está hablando detrás del personaje. Pero ese descubrimiento dura apenas unos segundos. Luego sucede algo diferente.
Los chicos se involucran con la historia. Le hablan al muñeco, le hacen preguntas, lo corrigen, se ríen con él y lo convierten en cómplice. La lógica queda en segundo plano y aparece la imaginación.
Es un fenómeno que parece resistir el paso del tiempo.
A pesar de las pantallas, las redes sociales y la velocidad con la que hoy circula la información, los niños siguen reaccionando ante los personajes con una mezcla de curiosidad y asombro.
Probablemente allí radique una de las razones por las que la obra de Nizugan continúa vigente. Más allá de la técnica, de los muñecos o de los escenarios, su trabajo estaba basado en algo profundamente humano: la capacidad de creer durante unos instantes que lo imposible puede cobrar vida.
El legado que continúa
A 7 años de su partida, el recuerdo de Nizugan sigue apareciendo en los lugares más inesperados.
En cumpleaños, reuniones familiares, festivales y encuentros culturales, todavía hay quienes se acercan para compartir alguna anécdota relacionada con Cachito o con alguno de los espectáculos que marcaron su infancia.
Nizugan Jr. reconoce que esas muestras de afecto continúan sorprendiéndolo.
“Me siento muy feliz, muy contento y muy orgulloso de que tanta gente lo recuerde. Siempre aparecen personas que me cuentan que estuvo en sus cumpleaños, que crecieron viéndolo o que recuerdan especialmente a Cachito”, comenta Juan Bautista Castillo Martínez, heredero del icónico muñeco.
Para él, continuar presentándose junto al pequeño personaje representa mucho más que mantener vigente una creación artística. Es asumir la responsabilidad de preservar una parte fundamental de la historia construida por su padre.
“Hoy me toca continuar con ese legado tan importante. No solamente con Cachito, sino también con la magia y con todo lo que él construyó durante tantos años”, señala.
Sin embargo, quienes recuerdan a Nizugan suelen asociarlo principalmente a los escenarios. Su hijo considera que existe otra faceta menos conocida que merece ser recordada.
Más allá del artista, destaca su permanente compromiso con la promoción cultural de Luque. Participó activamente en proyectos de rescate patrimonial, impulsó espacios culturales y colaboró con iniciativas destinadas a preservar la memoria histórica de la ciudad.
“Creo que mucha gente no conoce todo el trabajo que hizo por la cultura luqueña. Siempre estuvo involucrado en actividades que buscaban rescatar nuestra historia y apoyar a los artistas”, recuerda.
La vocación de formar nuevas generaciones también fue una constante en su trayectoria. A lo largo de los años acompañó y orientó a numerosos artistas que más tarde desarrollarían carreras propias dentro del mundo del entretenimiento.
Pero la herencia más profunda no es visible para el público.
Nizugan Jr. admite que todavía hoy, cuando enfrenta algún desafío creativo, suele preguntarse qué habría hecho su padre en esa misma situación.
“Él siempre encontraba una solución para cada problema. A veces me descubro pensando igual que él cuando estoy creando un número nuevo o diseñando un efecto de magia. Me causa gracia porque muchas veces siento que una parte suya sigue trabajando conmigo”.
La fabricación de aparatos, la creación de rutinas y hasta la manera de imaginar nuevos espectáculos fueron conocimientos transmitidos directamente de padre a hijo.
Por eso, cada presentación junto a Cachito adquiere un significado especial.
“Cachito es una parte viva de él. Sigue teniendo la misma personalidad de siempre. Para mí es como seguir teniendo a mi papá al lado”.
Ahí radica una de las formas más poderosas de la memoria. No solo en el recuerdo de quien ya no está, sino en aquello que continúa viviendo a través de quienes siguen su camino.
La influencia en Juan Babril
Su talento alcanzó también a una generación más joven de artistas. Juan Babril recuerda que su interés por la ventriloquía nació siendo niño, después de ver un episodio de la serie ALF. Aquella misma noche fabricó un muñeco con una media, botones, hilo y aguja.
Con el tiempo estudió fabricación de muñecos con Tito García y desarrolló una carrera propia dentro del rubro.
Sin embargo, como ocurre en muchas disciplinas artísticas, la técnica era apenas una parte del desafío.
“Lo más complicado no es cambiar la voz ni mover los labios. Lo difícil es crear un personaje. Cuando el personaje está bien construido, los guiones prácticamente se escriben solos”, sostiene.
La observación conecta con una de las grandes enseñanzas que dejó Nizugan a quienes lo rodearon: la ventriloquía no consiste únicamente en hacer hablar a un muñeco. Consiste en crear una ilusión capaz de despertar emociones reales.
Babril confiesa que la imagen que más recuerda de Nizugan es esta:
“La primera vez que lo vi actuar fue en el cumpleaños de una prima cuando yo era chico. Ya me gustaba la magia porque tenía un tío que hacía algunos trucos, pero hasta ese momento solamente la había visto en televisión. Nizugan fue el primer mago y ventrílocuo que vi en vivo”.
“Recuerdo especialmente la interacción que tenía con el muñeco. Para mí, siendo niño, era impactante ver eso tan de cerca y sentir que el personaje realmente tenía vida. Esa escena es la que más me quedó grabada”, señala con emoción.
De espectador a actor
Con el tiempo, la admiración lo llevó a acercarse a Nizugan.
“Quería aprender magia. Recuerdo que toqué su puerta con muchísima ilusión. Él era una persona bastante reservada y de pocas palabras. En ese momento me dijo que me dedicara a otra cosa, que en Paraguay era muy difícil vivir de eso y que estaba perdiendo el tiempo”.
“Aunque en ese momento pudo haber sido duro escucharlo, con los años también entendí que probablemente hablaba desde su propia experiencia y desde una realidad artística muy complicada para su generación”.
El camino de Babril siguió después por otro lado. Se formó, estudió y más adelante desarrolló su propia conexión con la ventriloquía, especialmente influenciado por referentes internacionales como Jeff Dunham o Terry Fator.
“Pero aun así, inevitablemente, Nizugan quedó en mi memoria como una de las primeras personas que vi hacer este arte en vivo en Paraguay”.
“Con el tiempo incluso volvimos a cruzarnos en otros ámbitos artísticos, ya de grandes, dentro de círculos relacionados al hipnotismo, donde ambos coincidíamos como colegas. Compartimos algunos espacios y conversaciones”.
Reflexiona que su generación aprendió que este tipo de arte también podía existir en Paraguay y que había artistas dedicándose seriamente al entretenimiento, la magia y la ventriloquía en épocas donde había muy pocos espacios y muchas dificultades.
“Y eso quizás es lo más importante que las nuevas generaciones deberían conocer sobre él: que fue parte de una generación de artistas que ayudó a mantener vivo un tipo de espectáculo muy artesanal, muy humano y muy ligado al escenario. Más allá de estilos o influencias personales, siempre es importante reconocer a quienes abrieron camino antes que nosotros”.
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Y en tiempos donde la realidad suele imponerse con crudeza, esa capacidad de imaginar sigue siendo una forma silenciosa de resistencia.
Un mensaje que quedó
Tras su fallecimiento, una sobrina contó haber tenido un sueño que la familia todavía recuerda. En él, Nizugan agradecía todas las muestras de cariño que llegaron desde distintos rincones del país, los homenajes, los recuerdos compartidos y las palabras de afecto que surgieron después de su partida.
Sin embargo, dejaba también una reflexión sencilla y profundamente humana.
“Le encantó todo lo que hicieron, pero le habría gustado mucho más que se lo dijeran en vida”, recuerda Nizugan Jr.
Quizás por eso los homenajes también cumplen una función importante: recordarnos que el reconocimiento no debería esperar a las ausencias. Porque detrás de cada personaje que hizo reír, de cada función y de cada aplauso, hubo una persona que dedicó su vida a llevar alegría a los demás.
Y esa, probablemente, sea una de las razones por las que Nizugan sigue presente mucho después de que el telón haya bajado.
En cumpleaños, reuniones familiares, festivales y encuentros culturales, todavía hay quienes se acercan para compartir alguna anécdota relacionada con Cachito o con alguno de los espectáculos que marcaron su infancia.
Nizugan Jr. reconoce que esas muestras de afecto continúan sorprendiéndolo.
“Me siento muy feliz, muy contento y muy orgulloso de que tanta gente lo recuerde. Siempre aparecen personas que me cuentan que estuvo en sus cumpleaños, que crecieron viéndolo o que recuerdan especialmente a Cachito”, comenta Juan Bautista Castillo Martínez, heredero del iconico muñeco Cachito.
Para él, continuar presentándose junto al pequeño rubio, representa mucho más que mantener vigente un personaje. Es asumir la responsabilidad de preservar una parte fundamental de la historia artística de su padre.
“Hoy me toca continuar con ese legado tan importante. No solamente con Cachito, sino también con la magia y con todo lo que él construyó durante tantos años”, señala.
Sin embargo, quienes recuerdan a Nizugan suelen asociarlo principalmente a los escenarios. Su hijo considera que existe otra faceta menos conocida que merece ser recordada.
Más allá del artista, destaca su permanente compromiso con la promoción cultural de Luque. Participó activamente en proyectos de rescate patrimonial, impulsó espacios culturales y colaboró con iniciativas destinadas a preservar la memoria histórica de la ciudad.
“Creo que mucha gente no conoce todo el trabajo que hizo por la cultura luqueña. Siempre estuvo involucrado en actividades que buscaban rescatar nuestra historia y apoyar a los artistas”, recuerda.
La vocación de formar nuevas generaciones también fue una constante en su trayectoria. A lo largo de los años acompañó y orientó a numerosos artistas que más tarde desarrollarían carreras propias dentro del mundo del entretenimiento.