Fue la gran revelación periodística. Cuando ya todos se habían hecho la idea de que el locutor de Yby Yaú, que desapareció misteriosamente en febrero de 2005, habría sido asesinado por sicarios y estaría enterrado en una fosa anónima de alguna estancia perdida en la frontera, enviados de Última Hora lo encontraron vivito y coleando en una villa de São Paulo, Brasil.
A la sorpresa de su hallazgo siguió el jolgorio en las filas del oficialismo nicanorista. El Tendota ni siquiera esperó a que termine de amanecer para cobrarles cuentas a quienes habían acusado al Gobierno de tener las manos probablemente manchadas con la desaparición y el presunto asesinato del comunicador, y se atrevió a sugerir que hasta la reaparición era simplemente un montaje periodístico, para convertirlo luego en una reivindicación pública del incombustible diputado Magdaleno Silva, que acabó con una especie de fiesta patronal en Yby Yaú.
En la ciudadanía, y particularmente en el gremio periodístico y sectores de oposición, las reacciones ante la noticia se dividieron entre la solidaridad con el periodista reaparecido, la confusión, el escepticismo y hasta una sensación de sentirse estafados por una historia que no acaba de ser creída.
Más allá de las verdades y mentiras que puedan haber tras el caso –y que deben ser investigadas– la reaparición con vida de Galeano es un motivo para alegrarse, pero es también razón para ser más exigentes y rigurosos con cada denuncia, sin olvidar que la amenaza de la mafia del narcotráfico y su complicidad con los políticos corruptos siguen siendo reales. A. C.