"¿Qué cosa más grande que tener a alguien con quien te atrevas a hablar como contigo mismo?”
Marco Tulio Cicerón.
En mis días mozos seguía un comics que decía “Amor es...”, que me tendió una mano en un periodo de mi vida en que solo podía definir al amor como “a primera vista y por penales”.
El material de lectura me ayudó a razonar y reflexionar, y hasta solía citar la frase del día que, a veces, terminaba con un besito en la mejilla de mi noviecita de entonces.
Hace poco me puse a pensar en la amistad y en las ramificaciones que tiene en el turbulento, pero hermoso caudal de la vida.
A los 30 y cortos recién me doy cuenta de que estuve más tiempo “enamigado” que enamorado; el amor siempre recibió más de mi atención, al menos en pequeños detalles. Si una vez le caí con mariachis a uno de los perros, es historia para otro momento.
Me tomo el atrevimiento de aseverar que darle más “bola” al amor que a la amistad es una regla universal y hay una forma muy simple de comprobarlo.
Basta con preguntarle a una persona mayor si recuerda a algún amigo que fue cuate o “parrrner” de otras épocas, con el cual no habla hace años.
La respuesta será “sí”, acompañada de un suspiro. Me cuesta creer que esos amigos a los que veo sentados alrededor de una champañera eventualmente se conviertan en parte de una historia que le contaré a mi hijo como un pasado.
No me gustaría estar en La Paraguayita, esperando una correcta tapa cuadril, y recibir un frío saludo de lejos, al momento en el que el retoño de mis ojos pregunte: "¿Quién es ese, pa?”.
La inevitable respuesta será: “Un amigo”.
Todos conocemos a alguien que se enamoró a lo Cenicienta y abandonó el mundo de la amistad.
Es como que hay un lugar en donde viven los perros (tus perros), que deja de existir cuando uno está en pareja.
Me dicen que es normal. Perder a un amigo no puede serlo. La amistad debe ser valorada y resguardada como cualquier otro afecto.
Se debe celebrar al amigo y cuidarlo hasta el último minuto del último día. El amor es hermoso y debe reinar, no obstante tiene una característica distinta a la amistad. El amor tiende a cambiar al enamorad@; la amistad verdadera glorifica al “enamigado” tal cual es.