En el marco del Día Internacional del Libro, que se conmemora cada 23 de abril, la fecha invita a detenerse –aunque sea por un momento– en una práctica que, lejos de ser estática, se encuentra hoy en plena transformación.
Instaurada por la Unesco en 1995, por su profundo simbolismo para la literatura universal, la jornada no solo celebra al libro como objeto, sino que abre una pregunta vigente: ¿qué lugar ocupa hoy la lectura en una cultura atravesada por la velocidad, las pantallas y la sobreabundancia de información?
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Cada persona tiene en su interior un impulso por expresar, por encontrar sentido incluso en los contextos más adversos. En Paraguay –un país atravesado por silencios, heridas y memorias en disputa– la lectura no es solo un hábito: es también una forma de construir identidad, de preservar relatos y de abrir preguntas allí donde muchas veces hubo imposición o ausencia.
Leer, en ese sentido, no es únicamente decodificar palabras. Es entrar en diálogo con otros, con otras épocas, con otras formas de ver el mundo. Es, también, una experiencia profundamente sensorial: el contacto con el papel, el ritmo de las páginas, el tiempo suspendido que propone un libro.
Pero ese territorio, históricamente íntimo, hoy se encuentra tensionado por nuevas formas de acceso al conocimiento.
En ese cruce entre experiencia, memoria y creación, la lectura también se transforma. Ya no es solo un acto individual, sino un espacio atravesado por la velocidad, la sobreinformación y las lógicas del mundo digital. En ese contexto, referentes del ámbito literario y educativo advierten que el debate ya no pasa por elegir entre papel o pantalla, sino por comprender qué tipo de lector se está formando.
El licenciado Mario Sandoval, representante de la bibliotecología en Paraguay y ex director del emblemático Café Literario, analizó un fenómeno global que está obligando a repensar la educación: el regreso del libro físico en los países que lideran el rendimiento académico mundial.
El especialista señaló que los países nórdicos, históricamente ubicados en la cima de las encuestas sobre libertades públicas y éxito escolar, tomaron una decisión crucial. Tras 15 años de digitalización total en las aulas, el rendimiento de niños y jóvenes se derrumbó. Según señaló, esto provocó que dichas naciones retiraran los dispositivos electrónicos para reintroducir el papel, buscando recuperar las condiciones de aprendizaje que se perdieron en la transición digital.
“El daño más grave se evidenció en la comprensión lectora. Uno puede leer y entender las palabras, pero no comprender el sentido profundo de lo que lee”, explicó.
La pantalla, a diferencia del libro, ofrece un entorno de dispersión constante donde el estudiante salta de un estímulo a otro, generando una adicción a la inmediatez que anula la capacidad de análisis. Mientras que el libro exige una inmersión progresiva, el dispositivo electrónico fragmenta la atención.
La mirada de Sandoval invita a revalorizar el objeto libro no como una reliquia, sino como la herramienta indispensable para rescatar la concentración y la formación intelectual de las nuevas generaciones.
Un buen hábito
En Paraguay, fomentar el hábito de la lectura trasciende lo cultural para convertirse en un imperativo educativo, social y económico. El país enfrenta un panorama complejo: diversas estimaciones indican que el promedio nacional de lectura es de apenas 0,25 libros por habitante al año. Esta realidad refleja que el libro aún no se ha integrado en la cotidianidad paraguaya, una brecha que suele originarse en la infancia. Según datos de Unicef, solo 2 de cada 10 hogares en Paraguay cuentan con libros infantiles o practican la lectura con los niños, lo que limita el desarrollo temprano del lenguaje y el pensamiento crítico.
Al respecto, Celeste Galeano, directora del Centro Cultural Punto Divertido, señala que el trabajo actual se centra en revertir estas cifras desde la base comunitaria. “Desde el Centro Cultural Punto Divertido, estamos trabajando con diversos proyectos para posicionar al libro físico como el protagonista y así poder construir una comunidad lectora”, afirma Galeano, subrayando la importancia de generar espacios donde el libro sea accesible y cercano.
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Si bien existen esfuerzos estatales para distribuir bibliotecas escolares, el desafío persiste en trasladar esa cultura lectora fuera de las aulas. En este escenario, el libro físico mantiene un valor pedagógico insustituible. Estudios indican que el papel favorece una mayor concentración y comprensión profunda en comparación con las pantallas.
Para Galeano, la defensa del objeto impreso es fundamental, pues “promover la lectura no es solamente incentivar a leer más, sino defender el libro como herramienta de desarrollo humano”.
Digital o papel
En esa misma línea, el presidente de la Sociedad de Escritores del Paraguay (SEP), Marcos Ybáñez, plantea una mirada crítica sobre el avance de la cultura virtual y su impacto en los modos de leer.
Para el escritor, lejos de desaparecer, el libro en papel conserva una vigencia profunda: “El libro físico no desaparecerá, pese al impacto de esta otra pandemia de la globalización de una cultura virtual hipertecnológica, que pretende sustituir nuestras formas tradicionales de lectura y escritura”.
Ybáñez advierte que el auge de lo digital instaló prácticas que no necesariamente fortalecen el pensamiento crítico.
“El mundo virtual puso de moda las consultas digitales en línea, creando consumidores, pero no productores de conocimiento y pensamiento propio, al sufrir la sobreabundancia y saturación de la información que está a un clic”, señala.
En ese contexto, introduce una advertencia sobre los hábitos contemporáneos: “Leer solo en una pantalla limita y crea un tipo de lector casi analfabeto de la realidad, distraído, con conocimientos fragmentados y superfluos, sin posibilidades de trascender”.
Frente a este escenario, reivindica el valor simbólico de los espacios tradicionales: “Las bibliotecas físicas siguen siendo las memorias del tiempo de nuestras sociedades”.
Sin embargo, el problema no radica únicamente en la tecnología, sino en la forma en que se la incorpora. “La ausencia de educación en el uso de nuevas tecnologías no ayuda a un aprovechamiento adecuado de estos avances. Hipotecamos la calidad de la lectura en nombre de la velocidad”.
Desde su perspectiva, la lectura también funciona como un indicador del desarrollo de un país: “El espejo de una sociedad hay que mirarlo críticamente en la relevancia que se les da a los libros”.
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Aun así, desde la SEP sostienen que el desafío no es resistir al cambio, sino integrarlo sin perder profundidad: “El libro físico sigue siendo un motor de conocimiento capaz de desarrollar todas las capacidades del lector, pero comprendemos las necesidades de las nuevas generaciones”.
En medio de estas tensiones, el Día Internacional del Libro vuelve a plantear la escena esencial: la del encuentro entre un lector y una historia capaz de interpelarlo.
Entre pantallas y páginas, entre la inmediatez y la profundidad, persiste la siguiente certeza silenciosa: leer sigue siendo, en cualquiera de sus formas, un acto de resistencia, de construir sentido y de abrir posibilidades allí donde el mundo, muchas veces, parece cerrarse.