La trayectoria de la cineasta Chris Arana está marcada por la identidad y persistencia, lo que resultó recientemente en una visibilidad importante al ser incluida en la lista de 50 Mujeres latinas a seguir de Forbes, pero su manera de narrar se aleja de cualquier gesto de consagración individual.
“Para mí, es un reconocimiento que va más allá de lo individual. Estar en esta lista no es solo una validación a mi recorrido, sino también a todo el camino que hay detrás: Años de trabajo, de aprendizaje y de resistencia en una industria que no siempre es fácil”, dice.
Y agrega: “Después de más de 20 años en España, siento que este tipo de espacios visibilizan una trayectoria que muchas veces se construye en silencio. No lo vivo como un punto de llegada, sino como una confirmación de que las historias que vengo contando tienen un lugar y un impacto”.
Hay algo que le moviliza al analizar el logro: “Me emociona compartir este reconocimiento con otras mujeres que están generando cambios reales. Hay algo muy potente en formar parte de una red de mujeres que ‘abren camino’”.
Abrir camino, justamente, no aparece como algo abstracto, sino como una vivencia concreta. “Creo que el mayor desafío fue, justamente, abrir espacio en una industria donde muchas veces una llega como ‘la otra’: Mujer, latina, extranjera”, explica.
“Al principio hay que demostrar constantemente tu capacidad, tu mirada, tu legitimidad. Y eso puede ser agotador”.
En ese paso a paso, hay una tensión narrativa: Qué historias contar y desde dónde hacerlo.
“Hacer cine desde una sensibilidad latinoamericana en Europa implica sostener una voz propia sin diluirla. Y eso requiere mucha convicción”.
Sin embargo, lejos de plantearlo como obstáculo, lo resignifica: “Esos desafíos te obligan a construir un lenguaje propio, a encontrar tu lugar desde lo auténtico. Y ahí es donde empieza a abrirse camino de verdad”.
Para Arana, espacios como Forbes no solo iluminan trayectorias individuales, sino que funcionan como plataformas de desplazamiento simbólico.
“Ayudan muchísimo. Generan algo clave: Visibilidad y legitimidad cuando una plataforma internacional pone el foco en tu trabajo, no solo amplifica tu voz, sino que también despierta interés por las historias que contás”.
Y en su caso, esas historias tienen el sello de Paraguay. “Muchas de ellas están profundamente conectadas con su memoria, su identidad y sus problemáticas”, señala.
“Esto contribuye a que otras creadoras paraguayas, dentro y fuera del país, puedan ser vistas. No se trata solo de una trayectoria individual, sino de empezar a posicionar a Paraguay dentro de una conversación global. Al final, estas plataformas funcionan como puentes”.
Ese puente tiene emoción. Su vínculo con su país de origen no se diluye pro estar lejos. “Me interesa de dónde vengo, y cada vez más. Hablo prácticamente todos los días con mi familia y amigos; y el recuerdo de cuando vivía en Paraguay sigue muy presente”.
Vivencias que son inspiración
Existen experiencias que se convierten en material narrativo: “En la pandemia volví y viví algo muy concreto, el corte de agua todos los días, en pleno verano, a 40 grados bajo la sombra. Son esas experiencias las que te atraviesan y se quedan en el cuerpo”.
De ahí nace, por ejemplo, Y: agua en guaraní, una obra que condensa esa memoria encarnada. “Mi vínculo con Paraguay no es algo que tenga que forzar, está en lo cotidiano, en la memoria y en la forma en la que miro el mundo. Y desde ahí nace también mi trabajo”.
El idioma y los derechos humanos aparecen como ejes que trascienden lo local. “El guaraní es el idioma oficial de Paraguay junto al español y es lo que nos caracteriza. Es tan bonito, romántico muchas veces, y duro a la vez. Describe totalmente nuestra idiosincrasia. Es la esencia de Paraguay”.
Incluirlo, dice, “es una forma de darle lugar a esa identidad, de que se escuche y se entienda desde otros lugares”.
Algo similar ocurre con las historias vinculadas a derechos humanos. “No son solo temas locales, son universales. Para mí, es importante que esas historias se cuenten desde adentro, con respeto y con verdad, pero que también puedan dialogar con el mundo”.
Su recorrido creativo, visto en perspectiva, no responde a una línea recta, sino a una construcción progresiva de lenguaje.
“Era muy joven cuando llegué a España, muy tímida y salvaje a la vez. Con los años me fui forjando de mil maneras”. Desde sus primeros trabajos –Package, un fashion filme breve– hasta propuestas más sensoriales como Workingay, reconoce una búsqueda. “Transición es una mezcla de esos dos primeros; ahí empecé a jugar más con las palabras”.
El punto de inflexión llega con Y: agua en guaraní. “Es una pieza muy importante para mí, por todo lo que conlleva. La rodé en Paraguay en plena pandemia, con un grupo de gente muy joven, muy trabajadora y con muchas ganas de hacer cine”. Y menciona un nombre clave en ese proceso: “Jork Aveiro fue una persona fundamental para ayudarme a reconectar con mis raíces”.
Antes de eso, lo que había era exploración. “Todo fue una búsqueda para encontrar las historias que realmente quería contar. Y Emilio Barreto: Ángeles y demonios marca la línea narrativa que quiero seguir trabajando ahora. Cada pieza que hice fue construyendo mi universo”.
Cuando habla del proceso de elegir historias, evita cualquier formulación grandilocuente. “Muchas veces llegan de forma totalmente inesperada. Siempre estoy abierta a escuchar, pero también voy hacia historias que me tocan, que me incomodan, que me duelen”. Y aclara: “No sé si se trata de sanar o de dar voz. Tiene más que ver con una necesidad personal de entender aquello que me impacta”.
Hay, también, una precisión sobre su lugar: “Yo no soy activista, esas son palabras mayores. Yo soy guionista, directora y productora”. Y en ese lugar, se permite explorar.
“Me interesan otros géneros, me encanta el terror, la comedia… Ahora mismo estoy escribiendo y montando el teaser de un proyecto en paralelo, mientras termino mi máster de guion en la Universidad Complutense de Madrid con The Mediapro Studio”.
En simultáneo, avanza en nuevos proyectos: “Estoy trabajando en la búsqueda de financiación de mi próximo proyecto y produciendo una película de terror psicológico. Es un proyecto al que me he unido y que me hace muchísima ilusión, porque estoy aprendiendo mucho”.
Mirar el cine paraguayo desde afuera le permite una lectura que combina memoria y presente. “Desde que tengo uso de razón, el cine paraguayo ha existido. Actualmente es un país con una cultura cinematográfica emergente”. Y destaca: “Muchas de las películas tienen una calidad comparable a producciones realizadas con millones de euros o dólares fuera del país”.
Pero lo que más le interesa no es la comparación, sino el pulso generacional. “Hay una generación con muchísimas ganas de hacer cine, de aprender, de escribir y de construir un lenguaje propio que refleje nuestra cultura, nuestro idioma y la belleza de Paraguay. Y eso es lo que más ilusión me da ver desde fuera”.
El reconocimiento de Forbes no interrumpe ese proceso, lo acompaña. De hecho, su mirada ya está puesta en lo que viene. “Hace un año empecé a trabajar en un nuevo proyecto en Paraguay. Será un largometraje documental del que estoy muy emocionada, porque la historia y mi protagonista son brutalmente bellas en todos los sentidos”.
Y en esa descripción aparece, otra vez, el eje que atraviesa su obra: Identidad y memoria. “Es una historia que conecta con la identidad de la mujer paraguaya, con su fuerza, su complejidad y su capacidad de resistir, de transformarse y de amar a pesar de todo. También es memoria e historia viva del Paraguay”.