Menudo problema el que enfrentan quienes se candidatan a intendente de Asunción: Deben hacer campaña prometiendo renovación, pero arrastran lastres pesados en sus listas de concejales. Necesitan el oxígeno de las estructuras tradicionales para ganar, aunque estas le succionen la credibilidad ante el electorado independiente. La situación es paradójica: Los candidatos a intendente no quieren hablar de sus compañeros de lista y los candidatos a concejales tóxicos hacen campaña escondidos.
Esa disonancia cognitiva entre la imagen limpia y la necesidad de votos crea un dilema estético y ético que obliga a los candidatos a hacer malabares retóricos. Intentan seducir al voto consciente sin molestar a la escoria que moviliza el aparato el día de las elecciones, sobre todo, porque esa incomodidad deja picando la pelota en el área para que los periodistas hagan la pregunta que nadie quiere escuchar. A los colorados: “¿Qué opina de Nenecho Rodríguez?” y a la candidata opositora: “¿Qué opina de Augusto Wagner?”.
Cito a Nenecho y Wagner no porque fueran los únicos ejemplos –¡claro que no!–, sino porque son señalados como dos de los principales responsables del ruinoso estado de la capital. Ante esto, los candidatos recurren a creativos artificios para sortear el bache. El que la tiene más fácil es Arnaldo Samaniego que proviene del mundo de las seccionales y su perfil es un poco “más de lo mismo”. Pero, aun así, tuvo problemas. Pocas horas después de que Dani Centurión declinara a su favor buscando la unidad, la disidencia casi se fracturó por una foto del apoderado y del jefe de campaña del movimiento de Samaniego en ameno encuentro con Nenecho. “Esa es gente averiada”, bramó Centurión. Y cuando le quisieron explicar que el ex intendente aún maneja muchos votos, respondió con un categórico “¡Votos cautivos, las pelotas!”.
Samaniego, atrapado entre el aparato seccionalero y el rechazo masivo a la gestión municipal, se vio obligado a emitir un tibio comunicado en el que pedía cordialmente a Nenecho que desista de su candidatura “hasta tanto se resuelvan sus casos judiciales”. Por supuesto, Nenecho calificó el pedido de “fuera de lugar”. Y, por supuesto, Samaniego no insistirá.
Para Camilo Pérez, el escenario es más visceral. Si bien cuenta con el apoyo de 40 de las 45 seccionales de Asunción, apenas está conociendo a sus presidentes. Como proviene de un ambiente “chuchi”, sus estrategas intentan suavizar su imagen acercándolo a actividades tradicionales en barrios populares. Pero su “eficientismo” choca frontalmente con la dinámica clientelar de la dirigencia que pretende conquistar.
Eso lo obliga a la contradicción: dice que no tocará la obesa nómina de funcionarios de la Municipalidad, pero combatirá a los “planilleros”. Se refiere a Nenecho con un distanciamiento diplomático, evitando ataques frontales y afirmando tímidamente que también “tuvo cosas buenas”. Para mí, que le dará gastritis si lo fuerzan a repetir eso muchas veces.
Soledad Núñez, que carece de la plasticidad colorada, se ve obligada a lidiar con el ancla de Wagner, que va camino convertirse en el concejal más antiguo de la historia. Es difícil hablar de “nueva política” y recorrer las calles con una mochila de plomo.
Es cierto que Wagner corre por una de las tantas listas de concejales que la apoyan, pero su cercanía mancha su discurso de modernidad. Sucede que la viabilidad electoral de Soledad depende de la estructura liberal que, en Asunción, obedece a él. Cruel realpolitik: mientras el intendente dependa de los “dueños de los votos” para gobernar, Asunción seguirá siendo una ciudad rehén.
El votante crítico se enfrenta a un ejercicio de esquizofrenia política: Si quiere sacar a la ANR, tiene que aceptar a Wagner en la Junta. Y el colorado tradicional sabe que, si quiere mantener el poder, tiene que hacerse el desentendido ante el desastre de Nenecho.