28 abr. 2026

El dolor y la ventaja de los cristianos

El dolor despoja de lo secundario y superfluo y empuja a mirar lo esencial de la existencia. Algo así me decía recientemente una joven universitaria, estudiante de Filosofía, al conversar sobre los sufrimientos existentes en la vida cotidiana y en sus distintos niveles.

Pero el dolor, aunque necesariamente sensibiliza o hace entrar a la persona en “otra frecuencia de humanidad”, como decía la estudiante, no basta por sí mismo. Así como los sacrificios y toda actividad y esfuerzo humano, el dolor necesita de un sentido para florecer y hacer madurar, de lo contrario podría volverse en factor de alejamiento de uno mismo. Algunos santos de la Iglesia Católica decían que la cruz puede ser la salvación o la perdición, según a quién decidas mirar cuando la cargas.

El caso de Noelia Castillo, la joven española de 25 años que recibió la eutanasia tras una lucha judicial, es una de esas historias que nos pone de manera potente frente al dolor de la vida, nos ubica delante del sufrimiento que padece tanta gente, incluso en forma silenciosa y hasta envuelta en apariencias de una vida sin problemas.

Y ante el dolor de la humanidad no bastan las palabras, los argumentos ni las discusiones ideológicas, solo se imponen los hechos, las acciones, el amor activo, la compañía humana concreta –con nombre y apellido– que sufre con uno y con el otro. Nadie puede juzgar a esta joven, pero lo que sí está claro es que la muerte, el suicidio asistido, el asesinato legal o como se lo quiera llamar, nunca será una solución válida, responsable y razonable para el ser humano. Simplemente, va contra su propia naturaleza y dignidad. Más bien, se trata de la cruel y terrible evidencia del fracaso de una sociedad, de un Estado, de un Gobierno. Una derrota disfrazada de legalidad y asistencia sanitaria. El reflejo del fortalecimiento de una cultura del descarte, en donde lo más fácil es deshacerse del problema. Como quien dice “eliminemos a los pobres, porque la pobreza ya no tiene solución o es demasiado complicado llegar a ella”.

Ofrecer la muerte legal como respuesta al dolor físico y sicológico nunca será un avance para la sociedad y mucho menos un ejemplo de eficiencia e inteligencia estatal a seguir. Su muerte asistida y hasta aplaudida debe asumirse como una tremenda bofetada para cada ser humano y, más aún, para políticos y autoridades sanitarias de su país. La joven aseguró que tenía diagnóstico de Trastorno Obsesivo-Compulsivo (TOC) y Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) y nadie pudo o supo acompañarla. Una provocación que no puede ser eludida por nadie.

Pero el dolor sin sentido termina siendo destructivo. Y aquí los cristianos tienen ventaja, pues reconocen que la vida es un don, un regalo, no una propiedad. El padre Patricio Hacín, de la Parroquia San Rafael, hablando del caso de Noelia, recordaba al padre Aldo Trento (fundador de la clínica de enfermos terminales) que en los momentos más duros de su enfermedad decía “Si no fuese por Cristo, estaría de acuerdo con la eutanasia”. Y resaltaba que ese dato de la fe en Cristo “pone todo en su lugar”, es el punto afectivo que sostiene al hombre. No elimina el dolor ni la cruz, pero permite una fortaleza notable y el descubrimiento del sentido que sostiene la vida e ilumina la oscuridad. “Sin la fe, sin esta medida de amor, todo es mucho más difícil, casi imposible”, apunta luego Hacín, y remata indicando que el drama comienza cuando pretendemos tomar el control absoluto de la vida “y ya no es ‘otro’ quien teje el destino de nuestra existencia”.

El sacrificio, el dolor, la enfermedad son parte de la vida. En este día en que la Iglesia celebra el inicio del Triduo Pascual, con la figura del hombre que abrazó la cruz por amor y venció la muerte, vale el desafío de mirar de frente nuestro dolor y aprender a no ser indiferentes al de los demás, al tiempo de buscar experimentar también ese “punto afectivo” que sostiene a quienes lo viven de manera extraordinaria.

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