Por Javier Valdez
A Steven Spielberg hay que pedirle lo que con genialidad sabe hacer: precisión, economía de tiempo, relato al hueso y hasta cierta cursilería, a veces necesaria, en sus personajes perfectamente delineados para conmover. El día de la revelación, título prometedor que nos prepara para asistir a un evento trascendental, es una película que no logra cumplir la promesa en su mayor parte, lo cual no significa que sea una obra equívoca, pero sí algo irregular.
La humanidad ya había hecho contacto en Encuentros cercanos del tercer tipo en 1977; esta obra maestra de la ciencia ficción inauguraba la dimensión espiritual en cuentos de alienígenas donde el director mezclaba magia, mística y lógica científica interna. Es inevitable hacer este puente 49 años después con este, su segundo acercamiento, porque comparte el mismo tema con una similar profundidad humanista, pero adolece de su mayor virtud y se excede narrativamente. Aquella precisión ya no está.
Aun así, Spielberg ya es una institución, un master of masters de la ciencia ficción que a sus casi 80 años puede filmar escenas de persecución como en la década de 1970, cuando Hollywood cambió el rumbo del cine comercial, y dar cátedra con ello. Sin embargo, en esta última entrega sucumbe a las demandas de atención fugaz y velocidad del espectador más contemporáneo, olvidando que su cine, aunque artificioso, siempre exigía tiempo y lo dominaba. Luego se podrá desglosar la película y darse cuenta de que muchas de esas escenas trepidantes no aportan a la progresión dramática, crece la atención pero decae en expectativa.
Atrapante en su totalidad; sin embargo, resulta imperdonable en él que El día de la revelación carezca de lógica interna. La tecnología se presenta sin contexto y no es que nos tenga acostumbrados a sutilezas o segundas lecturas: lo suyo es lo evidente, la frontalidad.
La velocidad desconecta al espectador de su magia, reduciendo lo sagrado –sobrenatural y teológico– a una idea absurda. La discusión de la existencia de vida extraterrestre incluso podría sonar anacrónica a estas alturas de revelaciones de documentos sobre ufología que la aviación estadounidense escondía y que forma parte del tronco argumental de la película, esto a propósito de una escena clave donde una monja devela una frase esencial que detallaré más adelante.
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No todo es objetable en esta mezcla de blockbuster con relato humanista de trasfondo filosófico. El reparto estelar conmueve y emociona, especialmente Emily Blunt, sobre quien descansa la responsabilidad de sostener la credibilidad de su personaje ofreciendo una Margaret de múltiples capas, siendo el motor emocional de la película y un personaje típico que el director dirige con tanta destreza.
Con todos estos vaivenes, ¿qué hace que la película nos mantenga entregados hasta el final? La respuesta podría estar en los diez minutos finales que, más que clímax, actúan casi como una advertencia donde hace que el espectador salga de la sala un tanto confundido. El director Billy Wilder decía que, si el último acto tiene un buen final, compensa todas las fallas previas. Algo así ocurre con El día de la revelación: la secuencia final es la declaración de fe en la humanidad que Spielberg pregona en todo su cine, además de instalar en el hecho sobrenatural la discusión actual sobre los peligros del poder, la manipulación de la información por las élites, que dialoga directamente con el entorno estadounidense para extender esa red al mundo contemporáneo.
La conclusión desmonta la rigidez de la religión y ensalza el diálogo como herramienta de paz. El extraterrestre sirve como pretexto poderoso para hablar del miedo a lo diferente: “No temas a lo que desconoces”, decía al principio Margaret en el idioma alienígena, idea que conecta magistralmente con la postura del pensamiento eclesial –dentro de la lógica del filme– de que “si Dios creó un universo tan vasto, por qué suponer que la vida exista únicamente en la Tierra”.
Un duro y provocador recordatorio frente a la inmediatez que define nuestro tiempo. El cine no resuelve dilemas morales, pero nos devuelve la ilusión, y es ahí donde radica la genialidad narrativa y el optimismo humanista de Spielberg.