22 abr. 2024

El camino inverso de la Navidad

Viendo a la humanidad desorientada, Dios Padre decidió enviar a su Hijo Unigénito a la Tierra, para salvarnos. El camino para llegar a nosotros se inició en Dios, que eligió a la Virgen María de Nazaret para Madre, quien “por obra y gracia del Espíritu Santo”, lo encarnó en su seno.

Estando en Belén, para empadronarse (Lc 2,1ss), le llegó la hora del parto y, no encontrando para ellos lugar donde hospedarse, José su esposo encontró un establo en las afueras de Belén y allí María dio a luz a Jesús, el Hijo de Dios encarnado. El camino que desembocó en el nacimiento (la Navidad) del Hijo de Dios encarnado, empezó en Dios y llegó hasta las afueras de Belén.

Jesús vino para salvarnos, para enseñarnos el camino inverso, el que nosotros tenemos que recorrer para llegar a Dios nuestro Padre, y nuestro destino: vivir con Jesús en el hábitat del Padre.

Al despedirse Jesús de sus apóstoles en la Última Cena, lo dijo claramente: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas... Voy a prepararos un sitio, porque quiero que donde yo estoy estéis conmigo... Y ustedes ya saben el camino... Tomás le dijo: –No sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a saber el camino? Jesús le respondió: Yo soy el camino, la verdad y la vida... Nadie va al Padre si no es por mí”... (Jn 14,1-12)

¿Qué quiere decir que Jesús es el camino para ir a Dios Padre?

Quiere decir que hay que recorrer los caminos de la vida con Jesús, como él y en él.

Jesús se ha comprometido a acompañarte siempre porque quiere que camines y vivas con él. Dijo: “No os dejaré huérfanos”, “Estaré con vosotros hasta el final de los tiempos” y además se ha quedado en la Eucaristía a tu disposición, permanentemente y sin condiciones.

Vivir como él no quiere decir vivir en las mismas condiciones y contexto naturales que él vivió; eso es imposible.

Se refiere a vivir con las mismas motivaciones y objetivos espirituales que le movían a Jesús, con la misma espiritualidad, dejándose conducir por el Espíritu Santo; con el mismo amor que llenaba su corazón. Dicho muy concretamente: caminaremos como Jesús, por su camino, si pensamos como él, si amamos como él y hacemos, actuamos como él. Eso espera de nosotros con ilusión y se siente frustrado cuando le fallamos. Por eso, cuando Pedro quiere disuadirle de su modo de pensar, Jesús le recrimina con dureza insólita, diciéndole: “Apártate de mí, Satanás, porque no piensas como Dios, sino como los hombres” (Mt 16,23).

Su único mandamiento es que amemos como él nos ama (Jn 15,12) Y su optimismo sobre nuestras obras es querer que hagamos como él y aun mayores obras que él (Jn 14,12).

Y que vivamos “en él” es el sentido de su vida: Jesús es la vid y nosotros sus sarmientos, sus ramas, donde brotan sus frutos (Jn 15,1ss), Con emoción lo dijo en el mismo contexto: “Como el Padre me ama, yo os amo, permaneced en mi amor” (Jn 15,9). Y en la Eucaristía, da su máxima prueba de amor entregando su cuerpo y su sangre, garantizando que “el que come mi cuerpo y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6,52).

Para caminar necesitamos energía y luz, para caminar con Jesús, como él y en él necesitamos la energía y la luz del Espíritu Santo, cuya presencia en nosotros está asegurada en nosotros, porque Dios Padre nos lo envía por el pedido que le hace Jesús, cumpliendo su promesa (Jn 14,16-26).

Jesús es para nosotros el Camino inverso de la Navidad, con él y en él vamos desde la Tierra a nuestro glorioso y místico destino final, para quedarnos integrados en la intimidad de Dios (Jn 17,20_22), que es Amor (1 Jn 4,8).

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