Dos calificadoras dieron el grado de inversión a Paraguay en los últimos años. Esto es un hito para cualquier economía emergente. Sin embargo, el verdadero impacto del doble grado de inversión dependerá, no de su obtención, sino de la capacidad para superar los déficits internos. Paraguay enfrenta barreras estructurales para el desarrollo, como el bajo nivel de capital humano y productividad, servicios públicos de mala calidad, infraestructura vial, energética y digital atrasada y pésima situación en las instituciones necesarias para una gobernanza eficiente y eficaz. Sin la remoción de estas barreras, el grado de inversión solo servirá para aumentar el endeudamiento insostenible, tanto público como privado.
En segundo lugar, las predicciones de algunos analistas indican que se generaría un efecto de atracción de la inversión extranjera directa (IED), ya que el grado de inversión actúa como una señal positiva para fondos externos. Esto podría catalizar inversiones en sectores más allá de los tradicionales, como manufactura, logística, tecnología e incluso turismo de negocios, ayudando a diversificar una economía aún muy dependiente de los commodities y de los vaivenes climáticos.
A nivel de reputación, el logro tendría un valor intangible, pero no menos importante que los efectos potenciales anteriores: fortalecer la marca Paraguay. En un contexto regional, a menudo marcado por la inestabilidad política y económica, Paraguay se visibilizaría aún más como un país con prudencia fiscal y responsabilidad macroeconómica.
Sin embargo, este potencial enfrenta una realidad caracterizada por déficits estructurales que no cuentan con medidas para ser abordados en la dimensión que se requiere, por lo que existe un riesgo alto de que el grado de inversión se convierta en un techo sin mejoras concretas para la población.
La diversificación productiva, la generación de empleos decentes, el aumento de las capacidades educativas y sanitarias de la población y de la productividad de las pymes constituyen obstáculos que de no removerse, no permitirán que los beneficios potenciales se concreticen.
Esto es así porque la certificación premia la estabilidad macroeconómica definida fundamentalmente por la capacidad de pago del país de sus compromisos internacionales sin considerar otros aspectos como la calidad de vida, la pobreza, las desigualdades, la baja productividad.
En conclusión, contar con dos certificaciones de grado de inversión sería para Paraguay una llave que abre puertas a mejores oportunidades, pero para que esas oportunidades sean sentidas por la población depende de crear condiciones. Paraguay debe traducir la confianza financiera en mejoras institucionales, en infraestructura de calidad, en capital humano competitivo y en una economía diversificada y con generación de empleos de calidad.
El doble grado de inversión no resolverá por arte de magia los históricos problemas paraguayos; en cambio, ofrecerá los recursos y la credibilidad para que si existe voluntad política y un pacto social y económico claro, comenzar a resolverlos. De lo contrario, se corre el riesgo de tener una economía con las finanzas en orden tal como fue en las últimas décadas, pero anclada en el subdesarrollo, con indicadores sociales y económicos que nos ubican con 50 años de atraso y en los últimos lugares en los índices de desarrollo o bienestar en la región.