18 feb. 2026

Detrás de la escena, los valores sentimentales

Sentimental value (2025) es una película sobre la infancia, aunque solo un niño aparece en la pantalla y es más bien secundario. Pero es que las verdaderas protagonistas de la historia son dos mujeres de mediana edad (las actrices noruegas Renate Reinsve e Inga Ibsdotter Lilleaas), marcadas en la actualidad del filme por la muerte de su madre y la lejanía añosa de su padre (Stellan Skaarsgard), figura fantasmática desde un divorcio ocurrido en sus infancias. Esta ausencia fue gestionada de maneras diferentes, casi opuestas, por las hermanas. El padre es un director de cine en declive que, quince años después de su última película, quiere filmar una historia de tinte autobiográfico y familiar, por lo que el regreso a la casa donde años atrás hubo un suicidio en la familia es necesario, como un Ulises que no regresa a la felicidad sino al dolor.

Si el tema de una película es la infancia, la casa también suele ser una protagonista, como en El espíritu de la colmena o en Fanny y Alexander, pero también en Mi pobre angelito. No es casual que mencionemos una película de Ingmar Bergman, pues el tema de la hermandad y el cuidado en medio de la tormenta moral es también un tema de Joachim Trier, deudor confeso del director sueco. Pero aquí estamos ante las consecuencias adultas de una infancia aparentemente desamparada (no a la manera del Tercer Mundo, claro está, sino de la clase media de los países nórdicos), lo que no nos impide ver tras las fantásticas actuaciones de Reinsve y Lilleas a dos niñas arrojadas de súbito a la comprensión y la encarnación de la adultez.

Reinsve, sobre todo, sale demasiado bien parada de los primerísimos planos que muestran el dolor contenido. También Skaasgard, por supuesto. Trier nos quiere mostrar las mutaciones recíprocas de uno en otro. En este sentido, hay un momento en que la sapiente dirección elige mostrarnos las caras superpuestas y mutantes de los personajes, en un efecto que podría parecer chapucero, pero que remite a Persona, de Bergman. Ambos actores, cuyos personajes vienen del mundo escénico y tienen un duelo en el sentido de pelea y de aflicción, nos entregan papeles difíciles y memorables. De lo que vi el año pasado, solo el ignorado Jesse Plemmons y la histórica Emma Stone tienen un cara a cara tan potente, aunque de formas y dimensiones muy diferentes.

Resulta interesante comprobar que, entre las nominadas a los premios Oscar, hay varias películas que tienen que ver con el mundo del arte escénico (música, teatro o cine) y un par de ellas con los deportes (tenis de mesa y automovilismo). Lo performático y lo competitivo, dos rasgos demasiado presentes en nuestras redes sociales (tanto materiales como virtuales), son a menudo el magma en el que se mueven las ficciones premiables por Hollywood, más allá de los valores cinematográficos intrínsecos. En este sentido, Sentimental value da una imagen benévola y sanadora, (¿se puede decir europea?) del cine, tanto como Sinners da una versión liberadora y transgeneracional, (¿se puede decir estadounidense?) del blues.

Parece que nos están diciendo que nos vamos a salvar tal cual quería sicológicamente Nietzsche, por medio del arte. Pero también nos dicen que lo haremos por medio del deporte. Esto es tan cierto como mentira, pero eso no importa mucho cuando sanar es últimamente el cometido último del cine ante una audiencia siempre enferma de algo: No ya molestar ni provocar, mucho menos enfermar... También es cierto que hace tiempo que Hollywood abandonó a la televisión las historias en que, mucho tiempo atrás, se criticaba a sí misma y ahora solo soporta versiones benévolas de la industria, aunque sea en películas que vengan de Noruega.

Finalmente, Sentimental value es también una muy buena película sobre cómo se hacen las películas, digna de figurar entre las grandes de verdad. Diría que este es el mejor de los atributos del filme de Trier, por su sutileza y originalidad. El plano final es uno cenital en retroceso que muestra un set de filmación, unos actores, unos técnicos, el movimiento humano típico detrás de la escena, donde también se escenifican los valores sentimentales.

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