La crisis es una circunstancia que viene acompañando con cada vez más fuerza a las familias y tiene su vertiente económica desgastada, producto de la inflación y a veces de la especulación, con precios imposibles de alcanzar y una canasta básica ya casi prohibitiva para el común.
Al trasladarlo al engranaje que administra el país y debe mover las actividades, esa crisis se torna magnánima, es escalable y llega a todos los rincones del país, con un entorno del que –en principio– emanaban las más optimistas previsiones, con doble grado de inversión, un posicionamiento inmejorable de Paraguay entre sus vecinos, con promesas de inversiones que bullían de todos lados y demás etcéteras.
El discurso oficial de la actual administración se ufanaba de grandes hitos y de una recuperación de esa imagen (con criterio dudoso, es cierto) de gigante dormido, pero que vuelve a despertar para mostrar al mundo de qué era capaz una nación atravesada por el infortunio, pero resiliente.
Las cifras eran positivas, los indicadores idílicos, las previsiones fenomenales; los números del crecimiento estaban en boca de todos los actores gubernamentales y de sectores económicos y empresariales. La danza era casi perfecta hasta hace un tiempo, cuando el globo comenzó a mostrar signos de desgano, perdió altura y comenzó a caer.
Cuando la película ya no fue exactamente la misma, aparecieron las autoridades económicas a expresar que, en realidad, “no había plata”, que los recursos no daban para todo lo que el Gobierno pretendía inyectar a la economía, que los sectores de las constructoras y de las farmacéuticas debían esperar para cobrar en cuotitas las deudas del Estado, y que las recaudaciones comenzaban a tambalear.
Ciertamente, factores exógenos también vienen mancillando la capacidad de ingreso, puesto que la apreciación del guaraní frente al dólar enciende alarmas, en especial para el ámbito exportador y los conflictos en Europa y Medio Oriente generan vaivenes en las materias primas (crudo, fertilizantes). Al ser mero importador de estos comodities, Paraguay se expone al encarecimiento en mayor proporción que a lograr insumos más baratos.
La sucesión de crisis ya instalada encontró últimamente otra arista: El sector de la salud pública, en especial los sueldos caídos del personal de blanco, abroquelado en una causa común para defender sus intereses, con una huelga ya concretada y otra en puertas. El ecosistema de este segmento arrastra desde varios gobiernos una deuda interna desde el Estado hacia miles de compatriotas que deben generar polladas para atender su sanidad, endeudándose cada vez más.
Si incluimos en el análisis el descalabro del Instituto de Previsión Social y la cornisa por donde transitan sus fondos, muy comprometidos y con fecha tope de viabilidad para seguir asumiendo sus compromisos, la trama adquiere ribetes nefastos, producto de décadas de corrupción institucionalizada en la entidad que debiera contener a los trabajadores activos y pasivos, pero que siempre es coto de caza de la gestión de turno.
Tras la última gran manifestación de repudio por las políticas del Gobierno, que fue hace un año con la fuerza de la Generación Z y que recibió represión oficial, la de los médicos en estas últimas semanas hablan a las claras del descontento social, más aún cuando en vez de proponer verdaderas reformas frente a los reclamos del personal de blanco, el propio presidente de la República prefirió primero asistir y disfrutar con su séquito del rally en Itapúa, para luego lanzar ofertas que no convencieron a ese sector.
La olla está hirviendo cada vez más y el caldo tiende a rebasar sus límites. Se perfila para octubre la elección de intendentes y el partido del poder se juega muchas cartas, para seguir gobernando en un discurso que replica modelos de la derecha latinoamericana, pero que más bien define el carácter semifeudal en el que aún se toman las altas decisiones.
Ante esa realidad, la ciudadanía siente en la piel y en las entrañas cada vez más fuerte la herida y la úlcera, respectivamente, que deja a su paso el encadenamiento de crisis, con respuesta oficial opaca y una paciencia al borde, hasta que se instale una nueva manifestación de repudio.