18 abr. 2026

Cenizas para un nuevo tiempo

Mario Rubén Álvarez

Mario Rubén Álvarez

Cuando el general Andrés Rodríguez, el 3 de febrero de 1989, concluyó la obra más relevante de su vida —derrocar a su consuegro, el sanguinario dictador Alfredo Stroessner— parecía que nacía un tiempo de primaveras para la patria.

La sensación era que el interminable invierno que, paradójicamente —porque allí hace un calor de todos los demonios—, era también un infierno, había terminado por fin.

A poco más de 26 años de aquella aurora que parecía presagiar robustos días de libertad, democracia, bienestar y sueños cumplidos, un mar cada vez más ancho de decepciones se acumula en el espíritu de la mayoría.

Tal como dicta la realidad hoy, la patria soñada por Carlos Miguel Jiménez y la siembra de concordia que llevara a tiempos de felicidad anhelada por Carlos Federico Abente siguen siendo lejanos puertos cada vez más difíciles de avistar en el horizonte.

La conclusión de los nostálgicos de la dictadura es que la democracia es un modelo inviable en el Paraguay. Entonces, que la historia provea vida a otro Stroessner aunque su apellido no tenga ninguna reminiscencia de Hitler.

No es, sin embargo, el modelo el que falla. Son los hombres los que han pervertido su significado en cuanto a incidencia en la vida cotidiana de la gente.

El atajo más fácil de transitar es el que lleva a responsabilizar solo a los politiqueros y políticos de la fragilidad de la democracia.

La sociedad civil que no ha encontrado hasta hoy la manera de desembarazarse de aquellos que mantienen al país cautivo de sus intereses es también la causa de la situación actual.

La reaparición en el escenario del peor rostro del Partido Colorado —el que con tal de acceder al poder o mantenerse en él privilegia sus intereses grupales y olvida al resto de la población— evidencia que un cuarto de siglo ha sido inútil para forjar políticos maduros que primero busquen satisfacer las demandas generales para luego dedicarse a sus kokue particulares.

Estos y sus iguales en otros partidos son los frutos podridos de una sociedad que no ha podido encontrar hasta ahora liderazgos sanos y capaces que, a partir de las necesidades, hallen las recetas eficaces para vencerlas y conquisten un consenso para avanzar a pasos firmes.

El inagotable optimismo del paraguayo dice que cuánto má ivai, iporâ águî. Por eso, el ferviente afán de reinventarse desde las cenizas es el beneficio que pueden dejar aquellos que ahora se devoran mutuamente.

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