Mamá, hoy te escribo desde ese lugar donde el orgullo se mezcla con un nudo en la garganta. Te escribo porque te veo en cada rincón de este maltratado Paraguay. Un país que si sigue respirando es porque en tu sangre está la guapeza de aquellas residentas que dieron hasta lo que no tenían por salvar a su nación.
Te veo en la docente que camina kilómetros bajo el sol de enero o el barro de junio, cargando cuadernos ajenos mientras los tuyos la esperan en casa para que les explique la lección. Te veo en aquella profe que a donde quiera que vaya se encuentra con sus ex alumnos, quienes le expresan admiración. Te veo en las enseñanzas que hoy recibe mi hija en la escuela que fue tu casa hasta que llegó la jubilación.
Te veo en la enfermera que, al empezar cada guardia, tiene que anestesiar su propio corazón, dejando a sus hijos dormidos para ir a velar el sueño de los hijos ajenos aquejados por algún dolor. Te veo en esa madre que se abraza a una vigilia en los hospitales, sufriendo no solo por la falta de esperanzas, sino también por la falta de medicamentos e insumos.
Mamita, mamá, estás tan presente en la “niñera” que toma ese colectivo de larga distancia, dejando su pedazo de alma en el campo, al cuidado de los abuelos o tíos. Aquella que apenas ve nacer a sus hijos tiene que marcharse a la ciudad para entregar cariño y atención a los hijos de tus patrones, mientras la conexión con los suyos depende de aquella foto enviada por WhatsApp al final del día.
Me pregunto a veces, mamá, ¿qué sentirías si supieras que hay hijos que olvidaron de dónde vienen? Me duele pensar en esos hombres que, habiendo sido criados por mujeres como vos, hoy se sientan en oficinas a planear cómo evitar contratar a una mujer si sospechan que va a ser madre. Quienes diseñan filtros para descartar currículos femeninos, temiendo que un embarazo “perjudique la productividad”. Aquellos que exigen trabajar con un régimen de casi esclavitud, sabiendo que en casa a ella le espera un abrazo que otorga plenitud.
Mamá, sé que tu amor no conoce de muros ni de juicios. Lo veo cada semana en las largas filas frente a las cárceles. En aquellas madres que cargan bolsas pesadas, esperando bajo el sol ardiente o el frío abrazante para saludar a ese hijo que el mundo ya condenó como delincuente.
Incluso en medio de la corrupción que salpica a este querido Paraguay, veo a esas madres de políticos que, a pesar de los titulares y las sombras, siguen ahí. Es un amor que no se avergüenza, que no sabe de ética ni de leyes, solo de hijos. Es un recordatorio de que el corazón de una madre es un territorio que la lógica no alcanza a conquistar. Aunque duele que estos no hagan el mínimo esfuerzo por evitarte ese dolor. Ellas nunca dejan de ser mamá; el título no caduca con los años, no caduca con los títulos falsos, ni con los errores de quienes trajiste al mundo.
Y en este mundo que gira cada vez más rápido, te veo también haciendo ese esfuerzo silencioso y valiente de ingresar a la era tecnológica. Sé que para muchas de ustedes, aprender a usar una pantalla o entender una aplicación no es una cuestión de moda, sino el único camino para no perder el contacto con sus hijos. Te veo preguntando con paciencia cómo enviar una foto o cómo hacer una videollamada, solo porque el hambre de saber de nosotros es más fuerte que el miedo a lo desconocido. Es tu forma de acortar las distancias, de romper el aislamiento y de asegurarte de que, aunque estemos lejos, sigamos siendo parte de tu mesa y de tu vida.
Hoy te miro y veo cómo ese amor se ha transformado, pero no se ha agotado. Veo cómo hoy das amor a tus nietos con una ternura que parece una recompensa por tantas batallas ganadas. En ellos estás sembrando la misma fuerza de las Residentas y las mercaderas, asegurándote de que la semilla de la resistencia no muera.
Gracias, mamá, por enseñarme que el corazón es un músculo que solo se fortalece con el sacrificio. Gracias por mostrarme que el mejor camino está en evitar hacerte pasar vergüenza. Tu entrega es el único motor que nunca se apaga en este país. Tu ejemplo diario es la mejor lección.
Con todo mi amor, feliz día mamá.