En el Paraguay, la profesionalizacion y la reforma de la Policía Nacional son deudas pendientes. Recientes casos de brutalidad y de gatillo fácil nos muestran un grave retroceso. Lamentablemente, en esta época democrática no se ha logrado cambiar del todo el accionar de aquella policía stronista autoritaria e impune; además se debe señalar el déficit en la formación de los nuevos agentes.
La democracia en Paraguay ya cumplió 37 años, y los déficits acumulados en estas décadas se notan en varios aspectos de la vida del país, la construcción de la confianza del ciudadano en la Policía y una profunda reforma de la institución son algunas de estas deudas.
El retroceso que se está observando es preocupante. No solo no se llevó adelante la tan necesaria reforma, sino que además algunas decisiones gubernamentales afectan sensiblemente, como es el corto periodo de formación que tienen los agentes.
Lamentablemente, en la calle el ciudadano se encuentra solo y desprotegido, en manos muchas veces de agentes que ven como normal actuar con brutalidad, dejando con total indefensión a la persona.
El primero de los casos se dio cuando el periodista Lorenzo Villalba denunció ante la Fiscalía de Derechos Humanos la agresión sufrida por parte de efectivos policiales de la Comisaría 3ª Metropolitana, cuando se encontraba grabando a un detenido tras el incendio de una discoteca en el microcentro de Asunción.
Relató que estaba filmando un procedimiento y preguntó qué pasaba, cuando uno de los policías dijo que no se podía filmar, pero como el detenido le habló este volvió a filmar vino el jefe del operativo y le sacó el celular. Cuando el periodista pide que le devuelvan el dispositivo fue agredido.
“Entre tres o cuatro agentes comenzaron a golpearme. Me tiraron al suelo, me pusieron las esposas y me torturaron”, denunció. Luego fue subido a una patrullera y llevado hasta la sede policial, donde sufrió una golpiza, aseguró. Agregó que “uno de los agentes me dio una patada en el trasero y me tiraron contra la escalera. Y yo con las esposas y con los brazos atrás. Gracias a Dios, no llevé la cabeza contra la escalera”, reforzó.
El comunicador estuvo en la comisaría alrededor de tres horas, y tras recibir burlas por parte del personal policial fue liberado.
El segundo caso involucra a los hermanos Joel y Juan Zaracho, quienes denunciaron que agentes de la Comisaría 2ª Metropolitana los castigaron a golpes de puño y patadas en el calabozo. Ambos fueron aprehendidos en una estación de servicios entre la noche del 29 de julio y la madrugada del 30 por supuesta polución sonora, algo que ellos niegan que ocurrió.
“Me rompieron la nariz, los labios y la boca con patadas, puños... De todo. Nos bañaron con orín, nos escupían, nos tiraban gas pimienta. Fueron 30 minutos de tortura hasta dejarnos inconscientes”, dijo uno de ellos, quien señaló que los policías les decían que si alguien les preguntaba qué les pasó, solo tenían que responder “cayeron de la patrullera”. Apuntaron que le rompieron la nariz, el labio, la boca y los dientes y las costillas.
“Me dieron muchos golpes en la cabeza, muchísimas patadas. Fueron como 30 minutos de tortura hasta dejarme inconsciente y no me quiero recordar emocionalmente. Desde ese día no puedo dormir, salir a la calle es lo que te da miedo ya porque los que supuestamente te tienen que cuidar y ser honestos, no te dan seguridad en nada”, dijo uno de los hermanos.
A este catálogo de brutalidad debemos sumar el caso más reciente de gatillo fácil, ocurrido en la ciudad de Alberdi, y que involucra a policías del Departamento de Ñeembucú. Según informe de la Fiscalía, el vehículo de Federick Nahuel Cáceres Sosa, de 22 años, quien estaba regresando de un cumpleaños en la madrugada se encontró con una barrera policial. El joven recibió 37 impactos de bala, uno de ellos dio en la cabeza y falleció.
Debemos hacer memoria de lo que fue la Policía durante el régimen dictatorial de Alfredo Stroessner; las pruebas permanecen resguardadas en el Museo de la Justicia, Centro de Documentación y Archivo para la Defensa de los Derechos Humanos, en el Palacio de Justicia.
Recordemos que la Policía de Stroessner, con el gran marco de impunidad que le daba el régimen dictatorial, detenía de manera arbitraria, secuestraba, torturaba, asesinaba y desaparecía a todo aquel que se opusiera al régimen. La democracia no avanzó tanto en términos de profesionalizar la institución policial, y por eso se puede reconocer la imagen represiva y autoritaria de la policía, que no ha podido convertirse en una institución útil y al servicio de la población.