Selva celestial, la primera muestra individual en Asunción de Andrés Paredes y preparada desde hace un año –junto a la curadora Silvana Domínguez– permanece abierta en la Galería BGN/ARTE, y forma parte de un ambicioso programa de activaciones preparadas en sendos espacios públicos de la capital. El emblemático Oratorio de la Virgen de la Asunción, el Museo Nacional de Bellas Artes y el Centro Cultural Casa Ardissone forman parte del bautizado Circuito Constelaciones Urbanas, proponiendo un arte entregado y ocupado en decodificar aspectos del espacio, flora, fauna, espiritualidad y cultura, entregados generosamente al público extramuros a la galería.
Andrés Paredes es soñador y pragmático al mismo tiempo: su imaginación trepidante borda una narración visual tanto en los límites formales como conceptuales mediante pinturas, collages, esculturas, papel calado o instalaciones. Él es capaz de circular por un territorio, que en todo caso, y gracias a él, hoy se redefine en nuestro pensamiento: Selva celestial es una zona interior sudamericana con una frontera encantada, liminal, imprecisa, poblada de posibilidades utópicas.
Esta es la historia en imágenes de una vida dedicada a fabular esta selva común, y en ella, reconocer hitos o sucesos fundacionales mediante la indagación profunda haciendo crecer la ilusión. Manifestado en un sincero amor a las cosas y seres que pueblan este rincón del mundo, en el afecto por hacer un recuento de su fidelidad al amparo de su genius locci, el “espíritu del lugar” de nuestra geografía caliente y húmeda.
En la muestra, pudimos sentir la ilusión de transitar unas “mil y una noches”, como delicadas maneras de entrar tanto a la fantasía como al archivo. Un largo cuento sobre los orígenes y contemplación estelar condensando la propuesta estética y ética de un autor fuera de lo común y que pone en foco a esta tierra, a las mesopotamias más líquidas del planeta.
En estos tiempos tremendos del antropoceno criollo, la naturaleza se concibe únicamente como un recurso. Repensarla como lo hacían sus antiguos habitantes, como una entidad viva y vibrante, independiente y autónoma; realizar una operación imaginativa que sin ser filosofía, antropología, biología o geografía, redescubra el poder y las sorpresas de una selva viva: este es el tipo de libro de tiernas aventuras que propone el creador.
Libro de la selva
En ese sentido, por momentos Selva celestial se vuelve a partes iguales una novela de exploración y de querencias. Esa otredad natural y de matriz cultural guaraní que propone Andrés, por más propia o identificable que pueda ser para los paraguayos, es aún poco explorada de manera actualizadora, por su mismo carácter de ajenidad (y tal vez por los prejuicios de matriz colonial que hacen a la desvalorización de lo natural sobre lo cultural).
Por eso, gran parte de esta exposición proviene de lo imaginado, de lo no dicho, y mucho de lo que se termina sabiendo es fruto de una mayeútica de tanteos, culminando en una segura ficción. El tema del paisaje y el territorio se vuelve en el pensamiento de Andrés Paredes intrigante y poderoso, encontrando sus especulaciones científicas asiento en un horizonte mítico e intuitivo.
El ensayo de otras naturalezas posibles más extrañas y más versátiles deviene en formas multiespecistas y mutables, revientan en posibilidades excéntricas acompañadas de materiales como yerba mate, mandioca u óxido de hierro, actuando transversalmente como ADN material y simbólico. La ambición de estos palimpsestos bi y tridimensionales hace posible la corporización de personajes animales y humanos, retratos que en toda regla cumplen un rol de archivo tanto de flora y fauna fantásticas como de la cosmogonía guaraní.
Este imaginario sería un intento de recomponer el cuidado y la libertad de la naturaleza a través de lo sensible, la memoria y el deseo. En esos cuerpos, como puntos de fuga para la construcción híbrida de pájaros-mariposa, tapires voladores, sirenas o vestales incrustadas en la selva, la apuesta redobla en sostener este territorio narrativo como suma y cifra de potencia y vitalidad. Y aunque la contracara real, política y social de esta fábula coincida hoy con la deforestación, el fuego o la destrucción, porfiadamente Andrés Paredes se empeña en darnos “un puñado de tierra”, como diría Hérib Campos Cervera, bajo el cobijo de copas y frondas del último bosque.