30 may. 2024

Adictos deambulan como almas en pena por abandonado microcentro

INDIGENCIA. Echados de sus casas por la adicción, jóvenes vulnerables piden monedas en las calles para comprar crack. AYUDA. Este vicio golpea sin distinguir clases, pero familias de escasos recursos la pasan peor por ausencia del Estado.

Desde la calle Independencia Nacional hasta Víctor Haedo, en esas ‘‘arribadas’’ más transitadas del microcentro de Asunción, cuando cae la noche y toca volver a casa después de una larga jornada laboral, forma parte de la rutina diaria cruzarse con personas –especialmente jóvenes– en aparente situación de calle. Son adictas. Piden dinero. Afirman que es para ‘‘comer algo’’.

–¿No tenés una moneda? –pregunta en su sexto intento por conseguir al menos un céntimo de guaraní en la parada de bus sobre Oliva y 15 de Agosto. Flaco, demacrado, de estatura mediana, sin remera y con andrajos de tela en la cintura.

–No, amigo, no tengo. Solo tengo esto –muestra su tarjeta Jaha–, responde el trabajador de forma apacible. Es la tercera vez que lo encuentra en la semana. No tiene miedo porque no se mostró violento en las ocasiones anteriores.

–Y… dame ese (apuntando a un alcohol en gel que tiene en el bolsillo lateral de su mochila negra).

–Claro. Tomá. El joven le entrega el sanitizante y este le muestra una herida en la mano derecha que se nota muy infectada. Desenrosca y se coloca el gel. Se muestra insensible al dolor.

–Gracias –cruza la calle apresurado–.

En la Plaza Juan E. O’Leary, el pasado viernes, a las 19:30 aproximadamente. Las personas sentadas en los distintos bancos fuman, toman tereré o están hablando. Una mujer de estatura pequeña, con un kepi rojo desteñido se acerca a cada uno de los asientos e irrumpe pidiendo disculpas.

En la vereda. Algunas personas en situación de calle tienen su sitio específico para dormir en el día.

En la vereda. Algunas personas en situación de calle tienen su sitio específico para dormir en el día.

Foto: Renato Delgado

–Por favor, no se asusten. Parecen buenas personas que no van discriminar, ¿me invitás uno (por el cigarrillo)? Gracias por no levantarse y salir. Son buenas personas. Sé que me van a ayudar con una monedita.

Después de que una gran parte colabora, la mujer sale apresurada de la plaza y se pierde bajando Independencia Nacional.

Horas después vuelve. Repite el itinerario de los asientos, pero en otro espacio, la Plaza de los Héroes.

5.000 a 10.000 guaraníes es el monto objetivo en cada pasada pidiendo monedas. Es lo que cuesta normalmente una “bala” –como le dicen al crack–. “Es juntar entre monedas”, relata el comisario Virgilio Chávez, jefe del Departamento Antinarcóticos de la Policía Nacional del Alto Paraná. También es común que se coloquen en el semáforo para limpiar vidrios y así juntar la plata.

El recorrido

A medida que avanza la noche y permanecen abiertos los pocos locales gastronómicos –entre tantos otros desocupados con las calcomanías de “Alquilo”– son las personas adictas a quienes peyorativamente se los señala como “zombies” o The walking dead empiezan su jornada.

Su ritmo circadiano por el consumo de las drogas se encuentra alterado. De noche recorren las calles asuncenas, caminan incluso kilómetros mirando las estrechas veredas por si a alguien se le cayó una moneda o si alguien les da.

Se desenvuelven solos y consumen crack o inhalan cola de zapatero. No tienen un punto fijo para hacerlo, así como tampoco un lugar para dormir después del recorrido ansioso, pernoctan en las veredas de los locales desalquilados que son muchos y no hay quien los moleste.

“Sus familias no saben qué hacer. Se cansan y siempre los echan de sus casas. Es muy difícil pasar por una situación así y a veces envés de ayudarles se adopta una postura represiva”, explica Delio Caballero, director del Centro de Orientación y del Adicto y Coadicto (Copac), que funciona en la Municipalidad de Fernando de la Mora. Hace 26 años la entidad tiene como propósito asistir a las personas que tienen problemas de drogas para su efectiva recuperación física y sicológica.

Para que un joven adicto termine en situación de calle tiene un largo antecedente. Los padres no saben cómo actuar, primero les dan contención, buscan la manera de ayudarles. Los amigos también juegan un papel muy importante, pero la paciencia y desconocimiento de cómo proceder termina agotándoles “hay mucha impotencia. No saben dónde llevarles”.

“El adicto es muy manipulador, son muy mentirosos. No les gusta que se les hable de su consumo, que se les presione y se les prohíba, sobre todo cuando pide dinero. Cuando la cosa es insostenible se los echa. Es peor”.

Flagelo social

Los “zombies” hacen visible la problemática del consumo de drogas en el país y en las grandes ciudades y solo son la punta del iceberg.

El jefe de Antinarcóticos de la Policía Nacional, Virgilio Chávez, señala que estas personas vienen de contextos socioeconómicos muy vulnerables y que las familias pudientes pueden tranquilamente pagar por una internación. “La cocaína está presente en los estratos más altos. A ellos no los ves por las calles pidiendo”.

El único Centro Nacional de Adicciones del país no tiene desde hace años la capacidad para atender tantos casos. El problema de la droga en la sociedad todavía no está instalado como salud pública. El consumo de drogas no distingue clases sociales, pero está golpeando a la clase trabajadora y son los hijos más jóvenes los afectados.

En diciembre pasado se presentó un proyecto de ley “Que declara emergencia nacional en materia de adicciones, en todo el territorio de la República del Paraguay”.

Con esto se busca que el Ministerio de Salud Pública y la Secretaría Nacional Antidrogas (Senad), dentro del marco de la “Política Nacional en Materia de Drogas”, prioricen los ámbitos de prevención, tratamiento, rehabilitación e integración social; y enfaticen la implementación de planes de acción a corto y mediano plazo, destinados a hacer frente a la emergencia declarada.

El director del Centro Nacional de Adicciones Manuel Fresco, dijo en Radio Monumental que un paciente internado para una breve desintoxicación le cuesta al Estado entre G. 600.000 y 700.000 por día. Breve desintoxicación, 30 días para niños y adolescentes, 20 días para los adultos. Luego el tratamiento debe seguir de forma ambulatoria.

Rehabilitar a un adicto en situación de calle requerirá de una atención integral que hoy escapa a la respuesta del Estado.

La situación es alarmante. Cada vez son más jóvenes que caen en la adicción y los padres no saben qué hacer.

Cartones. Las veredas en zona del microcentro son como hoteles para los adictos.

Cartones. Las veredas en zona del microcentro son como hoteles para los adictos.

Delio Caballero, director de Copac.

Hay un contexto social muy marcado en las personas adictas que están en situación de calle en la ciudad.

Virgilio Chávez, comisario antinarcóticos.

Negocio criminal y lucrativo

El microtráfico es un negocio lucrativo en zonas vulnerables

Asunción y su área metropolitana son las más densamente pobladas del país. Las desigualdades sociales están muy marcadas por los cinturones de pobreza y ahí es donde el microtráfico se hace un negocio lucrativo.

El comisario Virgilio Chávez, de Antinarcóticos de la Policía Nacional, dice que no se puede cuantificar todavía cuánto creció el consumo de drogas, como la cocaína y el crack, pero sí se observa que el consumo en la población juvenil creció de manera extraordinaria, sobre todo en los sectores más vulnerables.

Afirma que esta problemática no tiene una solución a mediano plazo porque se requiere de un trabajo interinstitucional y de un presupuesto para la prevención y el tratamiento de las personas que caen en la adicción.

Las personas adictas cuando en casa no le dan para comprar su droga empiezan a robar; primero a la familia y luego hacen lo mismo con los vecinos, etc. ‘‘No solo es la droga, sino todos los delitos que se cometen por esa necesidad de consumirlas. Hay personas que incluso llegan a la violencia. Es un problema grande’’.

Chávez comenta que cada vez es más común que en las fiestas los jóvenes se ‘‘empastillen’’. El pudiente consume cocaína, que en promedio cuesta unos G. 100.000. ‘‘La droga no terminará, es un negocio y se aplican las mismas reglas que en el mercado. Hay una demanda y una oferta’’.

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