27 ene. 2026

Modelo de educación y proyecto de país

No es hora de la ambigüedad. Por lo menos entre los intelectuales. Y a sabiendas de que ni siquiera se insinúa un proyecto político progresista.

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Juan Andrés Cardozo | Filósofo

Una de las preguntas imperativas hacia nuestro presente y futuro es: ¿Cómo se podría crear conciencia en la ciudadanía y en los gobernantes sobre la gran importancia que tiene la educación para el desarrollo del país?

La respuesta es que seguramente esa conciencia no emergerá sin la transformación del sistema hoy prevalente, incluyendo la propia universidad. La cuestión, sin embargo, es por dónde empezar.

Un cambio de paradigma es que la sociedad tiene mayor influencia sobre las instituciones educativas. La tradicional tesis de que la escuela, el colegio y la universidad proyectan sus valores, conocimientos e intereses sobre el contexto social en el que se desenvuelven, se ha invertido. Hoy es la sociedad –incluyendo los medios masivos de comunicación– la que entra en la educación, plantea sus requerimientos e impone su visión del mundo. A la inversa de lo que la modernidad atribuía al papel de la educación, y, particularmente, de las universidades.

La necesaria interacción

Al reconocer esta realidad, los investigadores y filósofos de la educación proponen una estrategia interactiva: actuar desde los centros de educación –en todos sus niveles– en una dialógica dinámica y constructiva entre los actores de la educación y los diferentes sectores que influyen desde afuera hasta en las prioridades de las instituciones.

Para la educación superior especialmente este replanteo significa que las autoridades, docentes y estudiantes de las universidades y de los institutos superiores deben estar presentes en todos los ámbitos de las organizaciones públicas y privadas, civiles y sociales, para discutir y diseñar un proyecto de sociedad. Y, dentro de este marco, también definir un proyecto o modelo de educación superior concerniente a ese proyecto de sociedad. ¿De qué sirve una reforma educativa si su estrategia no responde a la transformación estructural del país para erradicar las desigualdades sociales? La idea unívocamente centrada en la mejor formación académica solo funciona en un Estado predemocrático y autoritario como Singapur. Pero no en aquellas naciones donde progresan consistente e interactivamente las ciencias y el pensamiento teórico en el marco de una arquipolítica destinada a construir una sociedad sin clases.

La teoría transformacional es superar los claustros cerrados. Poner fin a los regímenes elitistas, y a la emergente gravitación externa que contamina con su cultura jerárquica, mercantilista y de alienación a las universidades. O que apelando sin razonamiento crítico, rinde culto a la meritocracia, sistema de exclusión social que aspira a revivir el anacrónico feudalismo.

Por consiguiente, ¿hacia qué modelo avanzar? ¿Mirar los proyectos regionales de universalización de la gratuidad de la educación superior? O, de lo contrario, ¿pretender la reproducción de los sistemas humano-degradantes de las universidades proto-capitalistas? ¿Acaso no tenemos el ejemplo sociohistórico del Estado de bienestar, cuyo modelo de universidad responde a la consolidación de la sociedad del conocimiento y, a la vez, a la horizontalización de la equidad social?

Hacer algo sin embargo

No es hora de la ambigüedad. Por lo menos entre los intelectuales. Y a sabiendas de que ni siquiera se insinúa un proyecto político progresista. Una generalización parecería inadecuada. Así como en los niveles primarios y secundarios existen escuelas y colegios con relativos estándares de calidad, del mismo modo hay universidades e institutos superiores de aceptable cualificación. Pero con una doble diferencia: Primera, son caros y con una mayor carga horaria. Y, segunda, producen, de hecho, una discriminación social. Ni el 0,59% de los hijos de los trabajadores acceden a la universidad.

No obstante, y en una contrastación regional, nuestra educación superior es tradicionalmente desfasada en los conocimientos científicos y aun en las ciencias humanas. Quizá la influencia trágica del fascismo siga gravitando con fuerza. Además, en nuestro país no hay traductores de textos universales de autores contemporáneos ni ediciones.

En este sentido, nuestra educación superior se halla por debajo de México, Brasil, Argentina y Chile. Asimismo, en cuanto a investigaciones y producción de conocimientos.

Con la reciente proliferación de universidades e institutos privados, nuestra ubicación categorial respecto de las universidades e institutos superiores de alta calificación amplía su brecha negativa en el ránking mundial. Razón de más para estar preocupados acerca del atraso que, por ausencia de actores académicos y sociales comprometidos con el cambio, oscurece el presente y el futuro de nuestra educación; en especial, la de nivel superior.

El Paraguay es inviable para el desarrollo y la superación de las desigualdades sociales con el sistema general de educación. Por ello, urge su reinvención. Radical y contextualizante. Vale decir, con la necesaria articulación entre el modelo de educación y el proyecto de sociedad. Pese a la inviabilidad inmediata de esa articulación, no obstante, es preciso avanzar en la investigación, producción de conocimientos científicos y técnicos, pensamiento conceptual y lógico, extensión social y cultural, en paralela evolución hacia la equidad.

Pues la postergación castiga de mediocridades las representaciones en los poderes institucionales. Y peor aún, a las mayorías sociales, condenadas a la pobreza y a la desposesión.

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