Sapiens fue una bomba: ahí, Harari pronosticó la transformación del Homo sapiens debido a las posibilidades que abren los desarrollos tecnológicos y, sobre todo, la biotecnología. Se volvió un best-seller, se tradujo a 40 idiomas y fue celebrado por lectores de distintos orígenes como el presidente Barack Obama, el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, o el filósofo Slavoj iek. Ahora vuelve a la carga con un libro afincado en la historia que fotografía el mañana, no como un ejercicio de futurología sino como una colección de las posibilidades abiertas por la humanidad luego de vencer el hambre, la peste y las guerras. Homo Deus es un ensayo erudito, radical y muy divertido poblado de ideas perturbadoras, un tratado más parecido a un obituario del Homo sapiens que a una celebración de las conquistas futuras del hombre.
—Homo Deus tiene un montón de ideas perturbadoras, como la posibilidad de vencer a la muerte o alcanzar la divinidad. ¿Pero cuál es la idea del libro que más quieres que se recuerde?
—Creo que serían dos ideas que están vinculadas. Por un lado es la idea de que la autoridad está cambiando, de ser ejercida por humanos para ser ejercida por algoritmos y, por otro lado, la idea de que aún estamos muy lejos de entender la mente de los seres humanos. Estamos mejorando en entender el cuerpo y el cerebro, pero el cerebro no es la mente. La pregunta más importante que la ciencia enfrenta en el siglo XXI es la pregunta de la mente y de la conciencia. ¿Qué es la conciencia? ¿Cómo se genera? Mi miedo es que, en el pasado, los humanos han aprendido a controlar el mundo que los rodea, pero no entendieron el balance ecológico, así que con el poder de la manipulación hemos trastornado el sistema ecológico entero. Ahora estamos adquiriendo la habilidad de controlar y manipular el mundo dentro de nosotros mismos pero no entendemos la mente y no entendemos el balance dentro de nosotros, y el peligro es que de la misma manera en la que desestabilizamos lo que nos rodea desestabilizaremos o incluso destruiremos el balance mental interno, el ecosistema mental. Así que yo diría que la tarea más urgente de la ciencia es entender no solo el cuerpo y el cerebro, sino sobre todo tratar de entender la mente.
—¿Hemos diseñado el camino que nos llevará a la extinción?
—Depende de a lo que nos referimos cuando hablamos de extinción. Creo que el Homo sapiens, como hemos conocido a la humanidad durante decenas de miles de años, está a punto de desaparecer. En un siglo o dos, los seres humanos como tú o como yo desaparecerán. No necesariamente por algún tipo de catástrofe, más bien desaparecerán porque la tecnología nos permitirá cambiarnos y mejorarnos y crear diferentes tipos de entes inteligentes que dominarán el mundo y serán diferentes que nosotros, de la misma manera en la que nosotros somos diferentes de los neandertales y de los chimpancés. En este sentido, sí, los avances tecnológicos están pavimentando el camino hacia la desaparición del Homo sapiens. Pero todavía persiste la pregunta sobre qué es lo que nos reemplazará. Tal vez nos extinguiremos ante una catástrofe, como el sobrecalentamiento global, pero tal vez nos reemplace algo que sea mejor que el Homo sapiens.
—¿La aceleración del tiempo juega algún papel en la conquista de los tres nuevos proyectos que usted identifica para la humanidad (la inmortalidad, la felicidad y la divinidad)?
—Sí, indudablemente. Toda esta tendencia de aceleramiento de inventos tecnológicos, que resulta también en la aceleración política, económica y social, está propulsada en gran medida por estos tres proyectos: superar el envejecimiento y la muerte, encontrar la llave de la felicidad para hacer a la gente no solo más poderosa, sino también feliz, y finalmente convertir a los seres humanos en dioses, y no me refiero de manera metafórica, me refiero de manera literal, de que estamos en el proceso de adquirir habilidades divinas de creación y destrucción, habilidades que tradicionalmente se asociaban con los dioses. En la Biblia, Dios creó humanos, animales y plantas según sus deseos, pero ahora los científicos están aprendiendo cómo crear plantas, animales y hasta humanos. Y es muy probable que la aceleración tecnológica que vemos estos días no sea nada comparada con la que veremos en las siguientes décadas. Hasta ahora, lo que los seres humanos hemos aprendido es a cómo manipular el mundo que nos rodea. Cómo manipular la geografía, los animales, las plantas, los medios de comunicación y el transporte, pero en la siguiente década pienso que aprenderemos cómo manipular el mundo dentro de nosotros, cómo obtener el control de lo que está pasando en el interior de nuestro cuerpo y nuestro cerebro. Y por eso el producto más importante del siglo XXI no serán herramientas externas, como vehículos o armas, sino que los principales productos de las economías serán cuerpos y cerebros, aprenderemos cómo diseñarlos y cómo fabricarlos.
—¿Están en riesgo nuestras libertades ante los nuevos proyectos de la humanidad? ¿Debemos diseñar nuevas ficciones sobre las libertades y los derechos humanos?
—Creo que necesitaremos nuevas mitologías, nuevas ficciones, nuevas religiones y nuevas ideas, no porque las viejas fueran malas. La idea de los derechos humanos ha hecho mucho bien a la humanidad en los últimos 200 o 300 años; el problema es que cada vez está menos adaptada a las nuevas realidades del siglo XXI. Por eso pienso que no solo necesitamos nuevas tecnologías, sino que también necesitaremos nuevas ideologías y nuevas religiones adaptadas a las condiciones del siglo XXI.
El lugar más interesante hoy en día, desde el punto de vista de la religión, no es el Oriente Medio, sino Silicon Valley. Las corporaciones como Google y como Facebook están en el negocio no solo para crear tecnologías y gadgets, sino que están para crear nuevas religiones. La religión al final se trata de autoridad, es la máxima fuente de autoridad en política, economía, ética. En el pasado, en las edades antiguas, la gente pensaba que la autoridad provenía del cielo, de por encima de la nubes, de los dioses. Si querías decidir quién debía ser rey, dios decidiría quién sería el rey; si se necesitaba decidir qué era bueno y qué era malo, dios decidía qué era bueno y qué era malo, y nos lo escribía en la Biblia o en el Corán.
En los últimos dos o tres siglos, con el nacimiento de las ideologías de la democracia y de los derechos humanos, el liberalismo, entre otras, la idea de autoridad pasó de las nubes, del cielo y de dios hacia los humanos. Ahora los humanos dicen: “Quieres saber quién debe liderar el país, debemos preguntarle a la gente. Quieres saber qué es bueno y qué es malo, debemos preguntarle a la gente qué es lo que los hace sentir bien”... y lo que los hace sentir bien es bueno y lo que los hace sentir mal es malo. Lo mismo sucede con la economía: “el cliente siempre tiene la razón”. Por alguna razón no hay autoridad por encima del cliente que le diga qué hacer. Así que esto es lo que ha dominado el mundo en los últimos dos siglos, con las ideologías de humanismo y derechos humanos y liberalismo, pero ahora la autoridad está a punto de moverse otra vez hacia afuera de los seres humanos hacia las nubes, pero esta vez en lugar de regresar a dios se irá hacia las nubes de Google.
Cada día se le atribuirá más y más autoridad a los algoritmos de big data que entiendan a los seres humanos, que nos entiendan a nosotros mejor de lo que nosotros nos entendemos a nosotros mismos, a través de la recolección de datos, de cómo te comportas y de a dónde vas y dónde compras y qué compras, pero sobre todo con datos de lo que está pasando en el interior de tu cuerpo, con la ayuda de sensores biométricos y pruebas genéticas que recolectan una enorme cantidad de datos sobre ti y la analizan con nuevos y poderosos algoritmos, capaces de aprender de los datos.
Estamos muy cerca del punto en el que una corporación como Google o un gobierno como los de Estados Unidos o China sean capaces de entenderte a ti mucho mejor de lo que tú te entiendes a ti mismo. Serán capaces de saber qué es lo que quieres, por qué lo quieres, qué te gusta, qué te disgusta y cuando se tenga un algoritmo que te entienda mejor de lo que tú te entiendes, la autoridad será capaz de salir de los humanos y migrar hacia los algoritmos sabelotodos.
—La nueva economía global hace pensar que el concepto de ciudadanía, producto del Estado liberal, se encuentra en redefinición para imponer responsabilidades económicas. ¿Cuál es el papel del capitalismo y los actores de la economía en los nuevos proyectos humanos?
—En una primera fase, tendrán un rol más importante porque muchos de estos proyectos son manejados no por gobiernos sino por las fuerzas del mercado y por corporaciones privadas. Mientras estos desarrollos se vayan acelerando, veremos cambios económicos enormes y nadie sabe a ciencia cierta cuáles serán las consecuencias de los cambios económicos. Uno de los ejemplos que ya mencioné es el hecho de que las máquinas están aprendiendo y lo hacen cada vez mejor y su inteligencia artificial supera a los seres humanos en cada vez más tareas. El mercado laboral será revolucionado y millones de personas serán sacadas del mercado laboral y una nueva y numerosa clase de personas se creará. Aún no tenemos ningún modelo económico que explique qué pasaría con la sociedad y con la economía cuando tienes cientos de millones de personas que no tienen un empleo y no tienen algún tipo de valía económica. Ya se están pensando en nuevos modelos, pero esto probablemente significará un cambio económico inmenso y no sabemos cómo nuestro sistema actual de capitalismo y libre mercado podrá lidiar con ello.
Aún más importante es la idea en el libre mercado de que el cliente tiene la razón, de que la autoridad más alta en el mercado es el cliente, ¿pero qué pasa cuando tienes algoritmos que entienden al cliente y sus deseos mejor que el propio cliente y la autoridad para tomar decisiones económicas por mí está migrando de mí a estos algoritmos? Así que el libre mercado de vieja usanza ya no estará vigente bajo esas condiciones, así que ¿qué nuevos sistemas serán creados? No lo sabemos. No estoy diciendo que el capitalismo desaparezca necesariamente, pero en orden para sobrevivir deberá reinventarse y necesitaremos nuevos modelos económicos para enfrentar esa situación.
—¿Se encuentra en riesgo la subjetividad individual?
—La subjetividad individual está en riesgo con este tipo de cosas. Cuando la autoridad sale del individuo hacia los algoritmos. Las libertades de los individuos pueden desaparecer no por que exista una policía secreta que te fuerce a hacer algo que tú no quieras, pero cada vez más las decisiones más importantes de tu vida no serán tomadas por ti, basándote en tus sentimientos. Te acostumbrarás a seguir las decisiones de estos algoritmos externos. No es que el individuo vaya a ser oprimido por el Estado o por un nuevo tipo de gobierno, más bien el individuo se desintegrará desde adentro. A lo que llamamos individuo, y que pensamos que es un ser único, indivisible y que tiene deseos auténticos, esto se desintegrará cuando lleguemos a entender qué es lo que pasa dentro de nuestros cuerpos y de nuestros cerebros.
Lo que la ciencia no nos dice es que no existe algo individual. El significado de la palabra individual indica algo que no puede ser dividido, pero la ciencia sabe que cada persona es una colección de sistemas en el cuerpo y en el cerebro que no tiene un mismo núcleo, y que un algoritmo externo puede entender todos estos diferentes sistemas bioquímicos que hacen funcionar tu cerebro y tu cuerpo y que además son los responsables de tus deseos y anhelos y una vez que pasa esto, ya no existe un individuo. Tú serás entendido como una colección de diferentes sistemas químicos sin un núcleo central. Una vez que pase esto, la discusión sobre el libre albedrío y los derechos humanos será completamente irrelevante porque está basada en una vieja e imprecisa concepción de lo que un ser humano es.
—¿La privacidad también está amenazada?
—Sí, por las mismas razones. Pienso que la batalla en el siglo XXI respecto a privacidad será sobre la privacidad por sí misma. Si quieres obtener cada vez mejor atención médica, necesitarás dejar de lado tu privacidad para dejar que, digamos Google, te siga todo el día, no sólo lo que hacemos en el mundo, sino lo que está pasando dentro de nuestro cuerpo todo el día. Usando sensores biométricos, que ya se están desarrollando el día de hoy, Google podrá monitorear tu presión cardiaca, los niveles de azúcar en tu cuerpo o la actividad de tu cerebro y todo tipo de datos biomédicos, y al usar estos datos podría proporcionarnos un mucho mejor cuidado de la salud. Por ejemplo, podría diagnosticar cáncer y podría advertir de cualquier otro riesgo de salud. Pero a cambio tendrás que entregar tu privacidad. Tendrás que dar a esta corporación el derecho de seguirte todo el día, no sólo en tus actividades sino también de una manera mucho más íntima y privada; estará revisando tu corazón o la actividad en tu cerebro.
Sospecho que la mayoría de las personas a las que se les dé la opción entre conservar su privacidad y obtener un mejor cuidado de la salud escogerían un mejor cuidado de la salud. Así que la salud será el gran enemigo de la privacidad.
* Entrevista publicada en Bloghemia.com
junio 6, 2025
Pa´ima he´i
Andrés Ginés
Médico y aprendiz de escritor agines.asu@gamil.com
Presurosamente entró a la sacristía, esquivando instintivamente el resto del maltrecho reclinatorio, que siempre estuvo ahí como lugar de penitencia para díscolos monaguillos. Hacía ya varios minutos que Damián Karê, el sacristán, había hecho repicar las centenarias campanas, agregando los tres toques finales que avisan que todo está listo para el inicio de la celebración eucarística dominical. Procedió a vestirse rápidamente con los atuendos acordes a la celebración. El pa’i Taní, como afectuosamente se lo conocía, se detuvo brevemente a observar la ajada sobrepelliz que ya estaba cuando llegó hace tantos años a ese pequeño pueblo de Valenzuela –cuarenta tal vez– y que siempre se hallaba esmeradamente remendada, lavada, almidonada y planchada por doña Eudosia, piadosa mujer, madre del intendente y presidenta de la Legión de María, quien no acepta resignar el cargo y la ocupación, convencida de que ello le vale como una suerte de indulgencia plenaria anticipada a cuenta de futuros pecadillos por maledicencia en los corrillos donde acostumbra a no dejar honras inmaculadas ni títeres con cabeza.
La novedad ese día era la presencia del hijo de don Artemio, presidente de la Seccional, actualmente de capa caída por los sucesos políticos del momento. El mismo, hijo único, mimado, malcriado, cabezudo y un tanto insolente, cuya diversión de niño era hacer sonar con su hondita las campanas de la iglesia, interrumpiendo las largas siestas estivales del cura, lo que provocaba la exasperación del huraño sacerdote.
Había llegado de vacaciones de Asunción, donde había iniciado estudios de filosofía. Ese dato ya sirvió para inquietar al pa’i Taní y ponerlo en guardia, pues “de ese mitã´i no había que descuidarse”. Ese día acompañaría a la orgullosa madre al santo oficio en conmemoración a la patrona del pueblo.
Siguiendo las recomendaciones del obispo, el pa’i Taní debía ensayar una suerte de participación activa con los fieles en la celebración, rompiendo el monótono y cansino rito eucarístico –copiando con ello la fórmula del clérigo de la competencia–, quien con tanto éxito se hallaba menguando rápidamente su feligresía, lo que se traducía en una cada vez más exigua recaudación dominical que hería significativamente la frágil economía parroquial. Este hecho muy terrenal, por cierto, ya lo llevó a la idea de pasar el cepillo en una segunda ronda, previas admoniciones al término de los oficios religiosos. Distraído en sus pensamientos, de pronto cayó en la cuenta de que la última vez que se introdujo un cambio en la liturgia fue hace ya tantos años, cuando se inauguraba como flamante y brioso sacerdote, imbuido del espíritu del Concilio Vaticano II, en el que se había decidido que se celebraran los oficios religiosos de cara a los feligreses y hablándoles en su idioma.
Tras pensar en cuál de sus discursos utilizaría ese día como sermón, se decidió por aquel que siempre le brinda grandes satisfacciones por producir en la feligresía grandes asombros, que se trasuntan en temerosas miradas: ¡El relato del Génesis! Llegado el momento, se acomodó en el púlpito, carraspeó como preámbulo a fin de llamar la atención de algunos aún adormilados parroquianos para luego levantar histriónicamente los brazos, cuidando –que las amplias mangas cayeran como dos faldas abriéndose en abanico– y, dirigiendo la mirada a lo alto, exclamó hiriendo el aire con potente y bien timbrada voz de tenor: “En un comienzo era la nada; durante cinco días puso orden en lo creado, el sexto día creó al hombre, el único ser de la creación hecho a su imagen y semejanza y destinado a dominar el resto de la creación; al séptimo descansó”.
Es ahí cuando Julito, el hijo de don Artemio, con una mirada pícara y una semisonrisa dibujada en los labios, levanta la mano con el dedo índice extendido, interrumpiéndolo. El pa’i Taní calla asombrado adivinando la intención. Con un gesto autoritario mirándolo fijamente como un ave de rapiña y meneando ligeramente la cabeza le concede a regañadientes la palabra al filósofo en ciernes.
Un crujido premonitorio se produce al arrellanarse éste parsimoniosamente en el viejo y maltrecho banco de iglesia. Tomándose su tiempo e irguiendo luego la cabeza, con voz impostada y masticando las palabras –lo que deja entrever técnicas de oratoria recién aprendidas–, se dirige al cura mirando de reojo a los contertulios como saboreando y pidiendo aprobación de antemano.
Y dice:
–Pero, pa’i Taní, ¿no es piko que el mundo se formó por el Big Bang como dice ese pa’i belga, Georges Lemaître?
Asombrado por la impertinente observación, el pa’i Taní queda descolocado por un instante, pero solo para reagruparse inmediatamente y –juntando fuerzas– arremeter con atronadora voz de manera a llegar con las reverberaciones hasta los últimos resquicios y oquedades del viejo templo y de todas las almas presentes, respondiendo de manera de no dejar duda alguna:
– Mi hijo, eso será en Bélgica. Porque aquí, mientras esté yo, ¡Ñanderu Guasu será quien siga creando el mundo!