11 oct 2026

¡…Ya no queda mucho tiempo!

La frase no es original: “Somos un país extraño” La mediterraneidad y el aislamiento nos hicieron vírgenes de ideas. Entonces y en concreto, dejamos de lado el sentido común y las consideraciones urbanísticas o ambientales que ya estuvieron ausentes desde mucho antes que nuestros tiempos felices. Y la falta de alternativas viales para la capital, tanto de penetración como de salida desde el casco más antiguo, nos han dejado sin opciones.

Pero a partir de la mitad de esta última centuria, el incremento poblacional y la consecuente demanda de viviendas, produjo –también sin previsiones ni planes– una explosión de los negocios inmobiliarios que lentamente fueron expulsando a la población de menores recursos de la ciudad. Aunque el mercado laboral siguiera permaneciendo –en gran medida– atado dentro de sus límites.

Y sin que tengamos un plan ni tiempo para la construcción de infraestructuras de transporte y vialidad, empezamos a divagar sobre soluciones que no están en el calendario de las prioridades, tanto de autoridades como de empresarios del transporte. Y de, aparentemente, nadie.

El colapso que ha empezado a envolver con sus garras a la sufrida Asunción, mientras las necesidades como la falta de propuestas nos abruman. Porque ya no puede soslayarse la supremacía de los vehículos sobre las escuálidas instalaciones viales; no puede ignorarse la sobrecarga de dióxido de carbono en el aire que flota entre nosotros, así como el deterioro de todos los espacios para circular. Las calles siguen llenándose del “sálvese quien pueda” que lanza la gente, haciéndose de motocicletas y vehículos de diversa procedencia y características, mientras brilla la ausencia de un sistema transporte colectivo/masivo de cualquier modalidad (trenes o buses articulados) para llenar el estrepitoso vacío reinante en este rubro.

El colapso vial está entre nosotros, con la grave y absoluta predominancia del transporte individual y de la falta de reacción de las autoridades. El problema es tan grave que no se explica que todavía algunos piensen que las elecciones o cambio de autoridades, podrían mejorar la situación. Pues lo que se hace urgente, es cambiar una mentalidad atada a siglos anteriores.

Las enormes distancias a cubrir por los ciudadanos, la gran cantidad de pasajeros a transportar, el exceso de tiempo invertido en viajes cada vez más lentos por la escasa inversión vial y las crecientes complicaciones del tránsito, hizo que muchos usuarios buscaran hacerse de medios propios. La congestión resultante además de los altos costos de los vehículos, forzó la popularización de la motocicleta. Este vehículo: económico, ligero y rápido para manejarse en el cada vez más conflictivo tránsito urbano, es a la vez, frágil y peligroso para sus conductores. Especialmente para aquellos que sin ninguna experiencia anterior en el manejo, no siempre dimensionaron adecuadamente los riesgos de la conducción.

¿Cómo puede llegarse a desmantelar estas insostenibles combinaciones para la movilidad de la ciudad? Revirtiendo el proceso: reduciendo los tiempos de viaje, eliminando o atenuando la preponderancia del transporte individual y haciendo que los viajes sean más seguros, económicos y rápidos. Para todo lo cual, deben implementarse inversiones viales, reformas urbanas, campañas educativas y nuevos y variados mecanismos de movilidad y transporte. Y que el sistema, todo el sistema, cubra la totalidad del área metropolitana y áreas de influencia en los alrededores de la capital … ¡Y esto sólo para comenzar!

Después o al mismo tiempo, deberán encararse reformas legales junto a las viales correspondientes. Si los loteamientos se hicieron mal y sin control en el pasado, es hora de apelar a todo el andamiaje jurídico para hacer que la circulación tienda a algo más racional y eficiente de lo que tenemos.

La expansión hacia el Este, ahora obligatoria por razones económicas, convirtió a los enclaves de Lambaré, Fernando de la Mora, San Lorenzo, Luque, Mariano Roque Alonso, Limpio y otros, en “barrios dormitorios” de Asunción. Pero haciendo que sus pobladores siguieran valiéndose del mismo “sistema” de transporte de antaño, aunque la calidad y eficacia de esta forma de movilidad ya no se corresponda, notoriamente, con las demandas de la población usuaria. Ante el fenómeno, los “empresarios” del transporte sólo atinaron a aumentar su flota de vehículos congestionando sus circuitos con una larga fila de vehículos y monóxido de carbono. Lo que –también– terminaron erradicando a los habitantes del centro hacia las afueras.

Debería considerarse más que seriamente la Ley de Capitalidad, por la que se viene abogando desde hace mucho más tiempo que las elecciones pasadas. Un proyecto que debe ordenar muchas cosas: la descentralización de recursos, nuevas prerrogativas y funciones de los Gobiernos locales, en forma progresiva aunque en el siguiente orden: Vialidad, turismo y ambiente, obras públicas, educación, salud; administración de embarcaderos y costas; sin olvidar la recuperación de cursos y fuentes de agua.

Y también aunque inobjetablemente, la estructuración de los límites, reorganización del territorio, construcción de sistemas de transporte público masivo con vías preferenciales: trenes, buses articulados, transporte fluvial con “autobuses de río”.

Sólo para comenzar ….

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