Hay experiencias que nos dejan un sabor diferente. Cuando sufrimos el mismo mal o compartimos el mismo bien, nos hacemos solidarios con la verdad, con el dolor y con todo lo que nace de esa experiencia. Cuando todos vivimos lo mismo, sentimos una especie de alivio: sabemos que los demás nos comprenden, que hablamos el mismo idioma y que compartimos la misma necesidad. Todos buscamos tejas; todos necesitamos un cristal para el auto.
Cuando vivimos una situación así, lo que al principio era un mal –como una catástrofe natural– puede convertirse en una experiencia verdaderamente distinta. No es que cambie el daño recibido, que para algunas personas habrá sido más grave que para otras; tampoco pretendemos relativizarlo. Lo que cambia es nuestra manera de comprender lo sucedido: la experiencia se vuelve más clara porque no tenemos nada que ocultar ni que defender. El tamaño del granizo ha quedado a la vista de todos.
Cuando la verdad se revela, deja de ser una cuestión de opiniones. Incluso defenderla puede resultar innecesario. Los hechos se hacen más evidentes que cualquier argumento. Podremos discutir sobre el llamado El Niño, sobre las lluvias o sobre el estado de nuestras casas, pero partimos de una verdad, no de una conjetura, una interpretación o una idea. Partimos de un granizo que nos golpeó a todos.
Qué hermosa es la verdad cuando se revela. Nos hace más humanos, más cercanos y más generosos. Es la verdad la que nos une; es la fuerza de los acontecimientos la que nos lleva a mirar una misma realidad.
Ser solidarios en la verdad nos permite descubrirnos más humanos y alcanzar una nueva sensatez ante nuestra propia naturaleza. Cuando los hechos se manifiestan con claridad, ya no hay espacio para relativizar lo que sucede. Cuanto de esta conciencia falta, por ejemplo, en nuestra política.
¿Por qué necesitamos que ocurran estas cosas para mirarnos y reconocernos? Porque las fuerzas del mundo tienden a alejarnos de lo verdadero; ese es el poder de las ideologías. Dividen, afligen y actúan profundamente en nosotros, hasta hacer que la realidad parezca un juguete, un adorno o un simple añadido.
No quisiera que volviera a caer otra granizada, pero quizá necesitamos más acontecimientos capaces de sorprendernos y despertar en nosotros el asombro ante nuestra fragilidad. Solo así podremos comprender una verdad esencial: dependemos de los demás y de Alguien que hace llover sobre ricos y pobres, sobre personas de izquierda y de derecha, sobre buenos y malos. Hemos perdido aquella certeza.
Cuando apartamos la mirada de este “punto original” –de la conciencia de que formamos parte de una realidad creada por alguien que continúa a sorprendernos–, la realidad se convierte en un problema y deja de ser un don. Por eso deberíamos recordar siempre el sábado 3 de octubre de 2026 como el día en que descubrimos la verdadera igualdad, el verdadero don, de ser hijos, creados, no somos un problema, somos un regalo. ¡Viva la verdad!