12 jul. 2024

Una confesión que desnuda la descomposición colorada

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Mauricio Espínola, secretario privado del presidente de la República, habla mientras el ex presidente Horacio Cartes (sentado, de camisa blanca y tapabocas) escucha.

Las campañas electorales están llenas de promesas exageradas a cambio de los preciados votos. Generalmente las lleva el viento, pero sirve para medir cuando el candidato que gana la elección no cumple su palabra. Pero también valen especialmente para revelar las posiciones políticas de los dirigentes, su visión de país, la economía, los desafíos sociales, la democracia o qué rol debe cumplir el Estado.

El pasado jueves, la alta dirigencia colorada se reunió en la seccional colorada de San Juan Bautista, como parte de la gira nacional para apoyar a los candidatos a intendentes de cara a las municipales del 10 de octubre. Allí estaban en forzada concordia Horacio Cartes y su delfín Santiago Peña, el vicepresidente Hugo Velázquez, el ministro de Desarrollo Social Mario Varela, Pedro Alliana, José Alberto Alderete y los anfitriones misioneros.

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El primer tema que se puso bajo la lupa fue el concepto de libertad de expresión. El joven secretario privado del presidente de la República, Mauricio Espínola, fue el primero en derrapar al pedirle a Cartes que sus medios de comunicación dejen de “tirotear” contra el Gobierno. “Pido el cese de fuego de sus medios, don Horacio”, solicitó, pero obtuvo respuesta fría del tabacalero, a pesar de ser uno de sus principales aduladores. Espínola, más conocido por sus exabruptos que por su rol público, defendió posteriormente la abierta censura a la prensa explicando que no se atrevería a plantear semejante solicitud a otros medios, sino a Cartes, en el contexto de la unidad republicana. Luego escribió a modo de revelación en su cuenta de Twitter: “El latifundismo mediático del Grupo Cartes tiene un itinerario político interno electoral partidario, no busca la Verdad y eso la ciudadanía tiene que saber”.

ESENCIA COLORADA. Cartes era el plato fuerte del acto partidario que no desaprovechó para bajar su línea política: “El dirigente que no hace tráfico de influencias no es un dirigente político. Si es por hacer el bien, sigan haciendo tráfico de influencias, cuando sea para servir a colorados y a no colorados”, dijo definiendo orgulloso, sin maquillaje ni versos edulcorados, la esencia del Estado colorado. No contento con incitar al delito en medio de furiosos aplausos, explicó que las nuevas 225.000 afiliaciones a la ANR son la “esperanza para poder estudiar, acceder a un trabajo”.

El líder de Honor Colorado resumió en pocas palabras la razón de todos los males del país y la traba principal de su desarrollo institucional: tráfico de influencias, Estado patrimonial, corrupto, prebendario, clientelar. El tráfico de influencias, tipificado como delito en la Ley 2523, es transversal a todos los actos del Estado. Desde las “inocentes” llamadas “solidarias” de los operadores políticos para conseguir medicamentos y camas en los hospitales públicos hasta las órdenes que llegan al despacho de un fiscal, juez, Corte Suprema y cuanta institución pública exista son una resta para la anhelada institucionalidad. Cartes no solamente descorrió la mentira de los concursos públicos. De nada sirve estudiar, formarse, competir, porque siempre ganará aquel que digite el dirigente colorado. Y que la salud y la educación no son derechos inalienables de todos los paraguayos, sino dependen de la “generosidad” del dirigente colorado. Dejó impúdicamente sentado que ese joven que necesita de la mano del Estado para salir adelante no tiene otra alternativa que afiliarse a la ANR porque es su única vía para estudiar (becas) y trabajar (en la función pública).

En realidad, nada nuevo dijo en esta especie de confesión política. Lo interesante de este discurso es que Cartes se disparó al pie y puso en aprietos a sus seguidores que pretenden barnizarlo de estadista o “tercer reconstructor de la patria”, como le llaman sus melosos escribas. Él mismo derribó su propio discurso. ¿Cómo va a diferenciar a su candidato presidencial del candidato de Añetete, movimiento al que califica, con justa razón, de corrupto, ineficiente y voraz? ¿Cuál será el discurso de campaña luego de incitar a cometer delitos porque eso define a un “buen colorado”?

Con este prédica, Peña debe tragar un nuevo sapo, mientras sigue atrapado por su elogio al condenado Óscar González Daher, el “árbol que da frutos”, al que los colorados mantienen en la galería de “ilustres” presidentes de la Cámara de Diputados.

En medio del discurso de lo políticamente correcto ante la presión de una sociedad que va cambiando lentamente y exige un nuevo modelo de país, se cuelan estos exabruptos que descorren la máscara del pensamiento real de Cartes y de la mayoritaria dirigencia colorada. Son esos poéticos momentos que muestran el rostro verdadero de un decadente pensamiento que ni miles de rentados escribas reales y virtuales puede cambiar.

Y que en la ANR no hay dos modelos de gestión sino simples disputas de sectores para usurpar la riqueza del Estado, bajo la dogmática y pragmática doctrina de los eternos traficantes de influencias. Tan iguales son, que asumen públicamente que para mantenerse en el poder hay que cometer delitos. Por ello, ningún dirigente, ni siquiera el más duro adversario de Cartes se animó a contrariarlo.

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