“Si alguien quiere ganar dinero fácil, puede apostar sin temor a que Ña Meche será noticia habitual en el rubro ?disparates del Cono Sur´ al menos, una vez por mes”, escribía hace exactamente un año el periodista Darío Gallo en las páginas del periódico español El Mundo. Es que ya entonces el estilo escasamente prudente de la primera dama auguraba que ocasionaría más de un dolor de cabeza a su hermano.
Un año después, el dichoso Despacho de la Primera Dama y la parentela presidencial que parece estar ligada al mismo -una hermana, dos o tres sobrinos, una nuera y una tía- superaron todos los pronósticos. Llegaron a los titulares de prensa por múltiples motivos, ninguno de ellos tranquilizadores. Gastos innecesarios; sospecha de tráfico de influencias en licitaciones públicas; polémicas por viajes, fotos y fiestas; desfiles de modas, visas mau a visitantes chinos; riñas familiares y discusiones con el presidente ventiladas a través de los medios; uso particular del local institucional de una fundación y de la propia residencia presidencial, fueron solo algunos de los motivos por los cuales los familiares del presidente se convirtieron en noticia.
Todo esto, ¿a cambio de qué? De casi nada. Las actividades conocidas de la primera dama se limitan a visitas a escuelas y a algunas donaciones y meriendas con niños. Es lo que figura en la página web de la institución. Figuraba, en realidad, porque desde que la prensa empezó a interesarse en ella, la misma fue levantada del portal. Uno lo puede decir sin temor a ser exagerado: esa es una oficina que no sirve para nada. Se podría prescindir de ella sin remordimientos. Crearla fue una mala idea, pues no había necesidad. Siendo Fernando Lugo soltero, nadie lo obligaba a tener una primera dama. Pero decidió nombrar a su hermana.
Hasta allí, se trataba solo de un error atribuible a la inexperiencia del inicio de mandato. Fernando Lugo tiene la virtud de aprender de sus errores. También nombró a ministros a los que después tuvo que cambiar. Pero en este caso -sin que quede claro por qué- se emperra en mantener una institución que ni es socialista, ni es feminista, ni es de utilidad para la gente. Su labor de beneficencia y asistencialismo no influye en casi nadie y bien podría ser asumida por los ministerios que se ocupan de ello.
La cosa es aún peor, pues, lejos de suprimirla, Lugo le aumenta el presupuesto a niveles astronómicos. El Despacho dispondrá de un millón de dólares para sus actividades benéficas y contará con más de 1.300 millones de guaraníes para sueldos. Si con mucho menos presupuesto fueron capaces de generar escándalos con sus canapés de mejillones, sus recepciones con huevitos de codorniz y sus reuniones con esos piononos y alfajorcitos que tanto irritan a la prensa, imagínese cuántos titulares de diarios y programas de televisión generarían con tanta plata disponible. Hace rato que los periodistas le tienen mala onda a la primera dama. Hace rato que esta ofrece flancos gratuitos a la crítica. Ese Despacho es un golpe bajo a la promesa de austeridad de este Gobierno.
¿Qué gana el país con su existencia? Nada. ¿Qué gana Lugo con mantenerlo? Nada; al contrario, sufre un desgaste inútil. Es un auténtico caso de masoquismo autodestructivo. El Despacho de la Primera Dama tiene unanimidad nacional en contra. Si Lugo no lo suprime por temor a sus parientes, el Parlamento debería recortarle impiadosamente el presupuesto. Le estarían haciendo un favor al presidente.