26 oct 2026

Un bife Stroessner

Pocas veces el humor popular sintetizó con tanta precisión el resultado de una noche como la del 25 de octubre de 1948, cuando uno de los cabecillas “arrugó”, y terminó frustrando un golpe militar.

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El dictador Alfredo Stroessner en su despacho, en 1959.

Foto: Archivo.

El gobierno de Natalicio González, asumido apenas dos meses antes, era ya un cadáver político. El movimiento fue organizado por sectores disidentes del propio Partido Colorado (cercanos a la facción de Federico Chaves) en alianza con jefes militares que buscaban frenar el predominio del Guion Rojo y el poder del jefe de policía, Liberato Rodríguez.

Entre los principales mandos y sublevados militares figuraron el dirigente Felipe Molas López, el Cnel. Carlos Montanaro, el Gral. Raimundo Rolón, el Gral. Mutshuito Villasboa y el entonces Cnel. Alfredo Stroessner. La sublevación comprometió a guarniciones e institutos claves, como la Escuela Militar y la Artillería de Paraguarí

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Natalicio González, Felipe Molas (sentado) junto a otros en el Palacio de Gobierno.

Foto: Imagoteca.com

Los cadetes atacaron el cuartel central de Policía con una intensidad de fuego que dejó el edificio en ruinas, pero los agentes resistieron con una valentía que le dio tiempo a Natalicio de reaccionar.

El presidente se presentó personalmente en Campo Grande a pedirle apoyo a la Caballería. El comandante de la unidad, coronel Adalberto Canata dudaba, pero el coraje personal de Natalicio inclinó la balanza. Marcharon sobre la capital, detuvieron al coronel César Mallorquín –jugado con los golpistas– y le cerraron el paso a Montanaro. Por su parte, el coronel Rogelio Benítez y sus infantes le cortaron la salida a Stroessner. La sublevación no logró adhesión generalizada en el resto de los cuarteles y fue rápidamente desbaratada por las fuerzas leales al Gobierno natalicista. Las Fuerzas Armadas sufrieron severas bajas y perdieron numerosos coroneles, mayores y oficiales subalternos que fueron purgados o apresados.

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Stroessner asume el gobierno, el 15 de agosto de 1954.

Foto: Imagoteca.com

Montanaro, vencido, no tardó en señalar al principal culpable: Stroessner había “arrugado”. Había tenido los cañones y los hombres, y no salió. Esa acusación de cobardía –nunca desmentida con hechos aquella noche– le pesaría el resto de su carrera, y Montanaro la pagaría cara cuando el artillero llegara, años después, al mando supremo.
Stroessner pidió asilo en la Embajada del Brasil. Llegó hasta allí desde Paraguarí, según las versiones que entonces corrían, escondido en la valijera del automóvil de un miembro de la Misión Militar Brasileña.

Obtenido el salvoconducto en noviembre de 1948, Stroessner eligió Buenos Aires antes que el Brasil. Era paradójico: Tenía amigos y camaradas en Río desde su curso de Artillería de 1940.

Llegó a bordo del vapor Ciudad de Corrientes, en compañía de quienes serían luego los generales Mario Coscia Tavarozzi y José L. Couchonnal.
Villamayor, que fue a recibirlo al muelle, describe la escena: Stroessner bajó luciendo un traje blanco bajo un frío porteño, “trayendo por todo bagaje, una valija y un maletín de mano con cosas indispensables”. Se instaló en la pensión de doña Juana, Avenida de Mayo 962, e incluso le prestó ropa para afrontar el frío de la ciudad.

File photo of Paraguayan dictator Stroessner leaving Asuncion for exile

En febrero de 1989, el dictador Alfredo Stroessner abandonó el país tras un golpe de estado.

Foto: Archivo

Allí, deprimido y a la espera, compartía tertulias con Coscia, Couchonnal y un cuarto exiliado que también aguardaba su hora: Federico Chaves, hasta que pasado un tiempo, decidió trasladarse a Posadas, para estar más cerca de Asunción, esperando el próximo golpe. Ese posterior levantamiento, ejecutado el 29 de enero de 1949 bajo la conducción de Felipe Molas López, Federico Chaves y el general Raimundo Rolón, derrocó definitivamente a Natalicio González y puso fin al gobierno del Guion Rojo

Los bares y restaurantes de Asunción pusieron el remate. Cuando alguien pedía un bife a la plancha –sin huevos–, ya no hacía falta decir el nombre del plato. Bastaba con pedir “un bife Stroessner”. Para el bife a caballo, con dos huevos, el pedido era “un bife Montanaro”. Villamayor anota sin ambages la traducción: El primero, sin huevos; el segundo, “un a caballo con tres huevos”. Esa fue, según él, la única distinción que Stroessner cosechó el 25 de octubre.

Fuentes: El Último Supremo - Bernardo Neri Farina - 2003 / Stroessner y su Claque - Jesús M. Villamayor - 1957.

Investigador.
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