El escritor paraguayo Augusto Roa Bastos llevaba más de tres décadas en el exilio cuando regresó a Asunción en 1982, con la esperanza de reencontrarse con su país. Sin embargo, aquella visita, durante la cual participó en actividades culturales y académicas, terminó abruptamente: la dictadura de Alfredo Stroessner ordenó su expulsión y lo dejó sin documentos.
Una tarde de abril, el operativo policial, realizado pistola en mano, culminó con la expulsión del escritor, su mujer y su hijo pequeño. Para el autor de Yo el Supremo y de Hijo de hombre, aquel episodio supuso un nuevo golpe a la esperanza de regresar a la tierra que había dejado décadas atrás.
Nacimiento de un ciudadano
Por entonces, Roa Bastos vivía exiliado en Toulouse, Francia, donde se desempeñaba como profesor universitario. En marzo de 1983 había manifestado al medio español El País que se consideraba “un emigrante fracasado, un exiliado a quien le hubiera gustado tener su lugar de exilio en España”.
El 13 de octubre de ese año, el Gobierno español le concedió la nacionalidad por carta de naturaleza, mediante el Real Decreto 2891/1983. La decisión llegó después de que la dictadura paraguaya lo expulsara del país y le retirara sus documentos.
La expulsión no solamente alteró el rumbo de la vida del escritor, sino que también marcó la historia de su familia. Así lo recuerda su hija, Mirta Roa Mascheroni: “La expulsión de mi padre fue un episodio que marcó nuestra historia familiar. Detrás de ese hecho había una circunstancia política y humana que afectó su vida y su destino. La obtención de la ciudadanía española quedó ligada a esa experiencia, que forma parte de nuestra memoria familiar y nos recuerda cómo los acontecimientos históricos pueden irrumpir en la vida de las personas y cambiar su rumbo”.
“He aquí que luego de 36 años de exilio, y a los 66 de mi edad, he nacido ciudadano de un país libre”, escribió Roa Bastos en El País. En el mismo artículo, agregó: “El Gobierno socialista de la España democrática ha querido otorgar a este apátrida latinoamericano el título de naturalización”
Segunda patria
Para Roa Bastos, recibir la nacionalidad española no significaba sustituir una identidad por otra. En ese texto, presentó la nueva ciudadanía como un reconocimiento que no anulaba su vínculo con Paraguay, sino que lo reafirmaba.
“Más que un pasaporte o más allá de los documentos de identidad, lo que realmente se me confiere es una identidad sin documentos formales, sin pactos ni compromisos basados en cálculos interesados ni oportunistas (…) Recibir una segunda patria comporta una responsabilidad y una dicha enormes”, escribió.
El escritor sostuvo que la nacionalidad española no excluía su lealtad a la tierra natal, sino que la reafirmaba e incorporaba a una comunidad más amplia, unida por la historia, la lengua y la cultura. Adoptar la patria española bajo el principio de la doble nacionalidad —o, como él mismo escribió, de la nacionalidad conjunta española-paraguaya— no significaba convertirse en otra persona, sino “obligarse a ser más uno mismo”.
Esa relación entre la nacionalidad y la identidad paraguaya permanece en el recuerdo de su hija. “Para mi padre, la nacionalidad española no significaba renunciar a su identidad paraguaya. Su pertenencia al Paraguay era parte de su historia, de sus raíces y de su manera de entender el mundo. La ciudadanía española podía ofrecerle un reconocimiento jurídico o una nueva forma de pertenencia, pero no borraba lo que él era. Su identidad paraguaya permanecía intacta, porque la identidad de una persona no depende únicamente de la nacionalidad que figure en sus documentos, sino también de su memoria, su cultura y sus convicciones”, enfatizó Mirta.
La solidaridad más allá del exilio
“Agradezco vivamente y asumo con entera responsabilidad este alto honor que me incorpora como un ciudadano más a ese querido y respetado país, a la vida y a la cultura del pueblo español. Uno así, en mi vida y en mi obra, la devoción y fidelidad a mi patria natal, Paraguay, y a mi patria adoptiva, madre común de nuestros pueblos latinoamericanos”.
En su artículo, el escritor también expresó su gratitud hacia los Gobiernos de Francia, Alemania Federal, Suecia, México y Venezuela; las instituciones culturales; los científicos e intelectuales; los colegas escritores y periodistas; y sus amigos de Paraguay y Argentina, que habían ofrecido apoyo al escritor perseguido y expulsado de su país. En esos gestos reconoció una solidaridad que trascendía su propia experiencia y alcanzaba a los perseguidos y exiliados de América Latina.
Para Roa Bastos, aquel acontecimiento era el más importante de su vida. Así lo resumió en una pregunta que reunía el significado personal y político de su nueva ciudadanía: “¿No es este, acaso, el verdadero nacimiento de un hombre que se recibe de ciudadano de una patria libre sintiendo que late en su corazón su patria encadenada?”.
- “Más que un pasaporte o más allá de los documentos de identidad, lo que realmente se me confiere es una identidad sin documentos formales, sin pactos ni compromisos basados en cálculos interesados ni oportunistas (…)