11 oct 2026

La verdad como fundamento de la vida común (final)

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María Gloria Báez

Si la pérdida del asombro debilita la inteligencia para contemplar la realidad, sus efectos alcanzan también la manera en que una sociedad comprende la política, el derecho y la educación. Las instituciones pueden conservar su apariencia mientras se erosionan, en silencio, las ideas que les dieron origen. Una democracia puede mantener elecciones, leyes y tribunales, aunque haya perdido el fundamento que legitima su existencia.

La cuestión decisiva trasciende el funcionamiento de un régimen político y se sitúa en la concepción del ser humano que lo sustenta y hace posible.

Mario Ramos Reyes sitúa el problema en su fundamento. La democracia presupone una determinada idea de la persona, de su dignidad y de los límites del poder. Constituciones y declaraciones de derechos no hacen más que traducir esa convicción al lenguaje jurídico. Occidente recibió ese legado a través de una prolongada conversación entre Atenas, Roma y Jerusalén. La filosofía griega, el derecho romano y el pensamiento cristiano fueron modelando una concepción de la persona que terminó impregnando las instituciones políticas modernas.

La libertad, la responsabilidad moral, la dignidad y la existencia de derechos anteriores al Estado no aparecieron por generación espontánea. Son conquistas intelectuales nacidas de siglos de reflexión. De allí la necesidad de recuperar la memoria filosófica. Una sociedad que olvida el origen de sus principios termina creyendo que estos surgieron por sí mismos.

La democracia se reduce entonces a una técnica para administrar consensos y la legalidad comienza a confundirse con la justicia. La historia demuestra cuán frágil resulta esa identificación. Han existido leyes injustas, parlamentos que aprobaron persecuciones y gobiernos elegidos democráticamente que destruyeron libertades fundamentales. La ley necesita una medida que la trascienda. Cicerón comprendió esta exigencia al concebir el derecho como expresión de una razón vinculada a la naturaleza humana.

La justicia no nace de la voluntad de la ley, pues esta aspira a reconocer una justicia que la precede y cuya vigencia permanece intacta. Toda decisión política encierra una determinada idea del bien humano. Cuando esa pregunta desaparece, la eficacia ocupa su lugar. La transformación se advierte con claridad en el lenguaje político contemporáneo. La deliberación retrocede ante la comunicación estratégica, el argumento cede ante la consigna y la complejidad se desvanece frente a la frase destinada a provocar una reacción inmediata. Las redes sociales han intensificado este proceso hasta convertir buena parte del debate público en un torrente de imágenes, indignaciones y respuestas instantáneas. Educar para la libertad. Toda gran crisis histórica termina revelándose como una crisis educativa. Antes de modificar sus instituciones, una civilización modifica la manera en que transmite su herencia. Cuando esa transmisión se debilita, las nuevas generaciones comienzan a habitar un presente sin genealogía. Educar implica entonces preguntarse qué clase de ser humano deseamos formar. Ningún sistema educativo es neutral. Todo programa, método y criterio de evaluación encierra una determinada concepción de la persona. La educación contemporánea ha incorporado progresivamente el lenguaje de la competitividad, la productividad, la innovación y la empleabilidad. Estos criterios responden a necesidades reales.

El problema aparece cuando ocupan todo el horizonte. La universidad corre entonces el riesgo de formar profesionales altamente especializados y perder su antigua misión de formar inteligencias capaces de comprender el conjunto. Ortega y Gasset advirtió este peligro en su figura del especialista. La competencia creciente dentro de un campo particular podía coexistir con una ignorancia cada vez mayor respecto de las cuestiones fundamentales que articulan la cultura. Las humanidades tenían precisamente la tarea de conservar ese horizonte. Filosofía, historia, literatura, teología, arte y música constituían espacios donde una sociedad aprendía a pensarse. No eran meros ornamentos, eran formas de autocomprensión, porque, además, Ramos Reyes nos recuerda que la educación comienza mucho antes del aula. Antes del profesor existe una familia y antes del libro especializado, el ejemplo de quienes enseñan que leer, conversar y preguntar pertenecen a una vida verdaderamente humana. Un niño comienza a educarse cuando descubre que el mundo merece ser conocido. Una biblioteca familiar guarda un diálogo silencioso entre generaciones. Los libros heredados custodian preguntas antiguas y, al abrirlos, nos convocan a prolongar una conversación que nos precede. El verdadero maestro no transmite solo conocimientos, comunica una forma de mirar y funda su autoridad en la coherencia entre lo que sabe y lo que vive. Tomás de Aquino expresó esta vocación mediante una fórmula de extraordinaria densidad: “Contemplata aliis tradere” (“Comunicar a los otros aquello que se ha contemplado”). La expresión encierra una pedagogía esencial, pues nadie transmite aquello que no ha contemplado. El conocimiento exige estudio, silencio y humildad antes de hacerse palabra. En una cultura dominada por la inmediatez, educar significa también enseñar a demorarse. Leer lentamente a Platón, San Agustín, Cervantes o Borges puede convertirse en un acto de resistencia frente a la aceleración del juicio. Las grandes obras exigen regreso, paciencia y disponibilidad, pues su riqueza solo se revela gradualmente. La literatura participa de esta misma tarea al penetrar, mediante la poesía y la novela, en dimensiones de la experiencia humana que el concepto apenas logra circunscribir, razón por la cual los grandes filósofos acudieron también a los poetas, reconociendo que la verdad posee una pluralidad de lenguaces capaces de iluminar aquello que el pensamiento por sí solo no alcanza a expresar. Una cultura verdaderamente humana no contrapone filosofía y literatura, ciencia y fe, razón y belleza, pues reconoce en ellas diversas vías de acceso a una realidad cuya profundidad ninguna disciplina puede agotar. Educar para la libertad significa preservar esa amplitud. Una palabra leída hoy, puede transformar una vida décadas después, del mismo modo que un maestro rara vez alcanza a conocer el verdadero alcance de su influencia, pues toda educación auténtica obra sobre una materia invisible y decisiva: el futuro. El misterio como horizonte. Quizá uno de los grandes equívocos de la cultura contemporánea consiste en haber entendido el misterio como una derrota de la inteligencia. Bajo el predominio de una racionalidad orientada hacia el cálculo y el control, aquello que resiste una explicación exhaustiva comienza a parecer sospechoso. La tradición filosófica que inspira “La razón abierta al misterio” propone otra comprensión. El misterio no alude a una insuficiencia del conocimiento, pues expresa la inagotable profundidad del ser que los clásicos, desde la hondura de su pensamiento, han sabido manifestar como una realidad que trasciende toda posibilidad de comprensión definitiva. Ninguna lectura de Platón, Aristóteles o Tomás de Aquino consigue clausurar la riqueza de su significado, pues cada generación retorna a ellos desde preguntas renovadas y descubre en sus obras una fecundidad que permanece abierta hacia el porvenir, del mismo modo que las grandes experiencias humanas, como el amor, la amistad, el sufrimiento, la paternidad o la muerte, conservan una profundidad que desborda toda definición y resiste toda pretensión de agotamiento conceptual.

La existencia conserva siempre una profundidad que excede nuestras categorías. Ramos Reyes sostiene que la razón alcanza una forma superior de lucidez cuando reconoce ese límite. La inteligencia alcanza su verdadera libertad cuando reconoce que el ser desborda toda representación que pueda construir de él y, al renunciar a erigirse en medida absoluta de lo real, se abre con humildad a la infinitud de aquello que siempre la trasciende. La ciencia constituye una expresión admirable de esa inteligencia. Ha permitido comprender mecanismos antes inaccesibles y transformar radicalmente la vida humana. Sin embargo, sus avances no eliminan preguntas fundamentales. Podemos descifrar los procesos de la vida y, aun así, permanecer ante el misterio de su valor, penetrar en los secretos del cerebro y mantener abierta la pregunta por la conciencia, la libertad y la responsabilidad, prolongar la existencia mediante el poder de la técnica y continuar interrogándose por aquello que confiere dignidad y sentido a una vida humana. Cada disciplina posee su método y su objeto. El problema comienza cuando una metodología particular pretende convertirse en criterio exclusivo de toda realidad. Entonces solo parece existir aquello que puede ser medido por sus instrumentos. Frente a esta estrechez, Ramos Reyes reivindica una razón hospitalaria que, lejos de clausurarse en los límites de una sola forma de conocimiento, entabla diálogo con la ciencia, acoge la palabra de la literatura, escucha las lecciones de la historia, contempla en el arte otras formas de revelación y permanece abierta al horizonte religioso donde la existencia interroga su fundamento y su sentido. Volver a los clásicos, desde esta perspectiva, no significa regresar al pasado. Significa recuperar fuentes vivas capaces de iluminar el presente, pues en Platón persiste la pregunta por la justicia; en Aristóteles, la meditación sobre la virtud; en Tomás de Aquino, el vínculo entre razón y fe, en Kierkegaard, el drama de la existencia; en Newman, el sentido profundo de la educación, y en MacIntyre, la cuestión siempre vigente de la comunidad moral. “La razón abierta al misterio” libera al presente de su encierro y recuerda que el ser humano vive de las preguntas que formula, pues comprender implica habitar el misterio con lucidez y mantener abierta la posibilidad de una cultura capaz de pensar, dialogar y transmitir lo contemplado.

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