11 jun. 2026

Un barrio de Asunción llora en Semana Santa con el canto de los “estacioneros”

Asunción, 17 abr (EFE).- El barrio de la Loma de San Jerónimo, uno de los más antiguos de Asunción, se envuelve esta Semana Santa con el lastimoso canto de los “estacioneros”, los cofrades que mantienen una tradición que se viene transmitiendo de padres a hijos desde hace casi un siglo.

Representación de un grupo de jóvenes sobre la fundación de las misiones jesuíticas, en la comunidad de Tañarandy (tierra de los irreductibles, en guaraní) durante la principal procesión de Semana Santa en la localidad de San Ignacio, al sur de Asunción.

Representación de un grupo de jóvenes sobre la fundación de las misiones jesuíticas, en la comunidad de Tañarandy (tierra de los irreductibles, en guaraní) durante la principal procesión de Semana Santa en la localidad de San Ignacio, al sur de Asunción.

También conocidos como “pasioneros”, son con sus andares descalzos y su uniforme blanco y negro, cruzado en el torso por una cinta lila, los principales protagonistas del Vía Crucis que cada noche del Jueves Santo se celebra en la Loma, uno de los escasos barrios asuncenos que conservan el espíritu vecinal.

Este Jueves Santo, y como se viene repitiendo desde hace unos 90 años, serán los miembros de las familias Florentín y Carballo los encargados de hacer las estaciones, que serán tantas como altares depositen los vecinos a lo largo del pintoresco barrio.

“Esas dos familias han venido haciendo las estaciones durante todo este tiempo y ya van por la cuarta o quinta generación. Son los herederos que cumplen la expresión de fe que les dejaron sus antepasados”, dijo a Efe Ruth Sánchez, una de las voluntarias que trabaja en las actividades barriales.

De acuerdo con Sánchez, la veintena de altares que cada año se arma frente a las casas llevan el retrato de un familiar que dejó el mundo de los vivos, y al que los “estacioneros” dedican los rezos, relacionados con los pasos que dio el Cristo la noche antes de ser prendido.

Como rasgo diferenciador de otras expresiones católicas similares, los “estacioneros” cantan a capella unas letanías en español y en guaraní que han sobrevivido desde los tiempos en que los primeros misioneros católicos se adentraron en Paraguay.

Es el “Purahei Jahe’O” (Canto Lloroso, en guaraní), un repertorio compuesto por unas 24 canciones que son el testimonio del influjo de esas órdenes religiosas.

“No hay instrumentos, solo el canto y la compañía de la gente del barrio desde la iglesia de María Auxiliadora, que es donde empiezan las estaciones”, acota Sánchez.

Esa estampa, con el líder de la cofradía portando una cruz y arrodillándose ante cada altar, se extiende hasta pasada la madrugada en San Jerónimo, que apenas rebasa los 600 habitantes.

Al día siguiente, el Viernes Santo, los “estacioneros” vuelven a ocupar la calle, esta vez con una vestimenta totalmente blanca, pero mezclados con los vecinos y no vecinos que van a escenificar la pasión y muerte del Nazareno.

“Este año van a participar unas 25 personas en la representación, la mayoría estudiantes de teatro y voluntarios del barrio que se transformarán en Jesús, la Virgen, Magdalena, Pedro o Caifás”, indica Soto.

El teatro da comienzo en una de las explanadas de la Loma, para ir avanzando hasta la Avenida Stella Mari, donde se desata el drama de la crucifixión.

“En la Loma la Pasión es más reciente que las estaciones, pero es muy emotiva y dramáticamente conseguida gracias a la entrega de esos actores en formación, de los plañideros y de todos los vecinos”, hace notar Sánchez.

Recalca Sánchez que en la Loma se “vive” cada año la Semana Santa, una manifestación religiosa que el barrio asume como suya desde el Domingo de Ramos.

Ese día todas sus hogares se adornan con el Pindo, la hoja de palmera que una vez trenzada les protegerá todo el año.

La Semana Santa es un complemento añadido a los atractivos de San Jerónimo, un suburbio de extracción obrera en el centro de Asunción que hace unos años decidió reencarnarse en un lugar turístico.

Fueron los propios vecinos quienes revitalizaron el hasta entonces degradado barrio, que conserva muy pocas de sus casas coloniales, haciendo de la necesidad una virtud.

De modo que pintaron de colores chillones las fachadas de sus viviendas, transformaron los neumáticos en maceteras, embellecieron de rojo la escalinata que es la puerta de entrada al barrio y organizaron unas actividades culturales que lo han convertido en curioso destino turístico asunceno.

Para el domingo, y como punto final de la Semana Santa, los inquietos vecinos de la Loma han organizado un festejo pascual con música y cantos.

Pero como afirmación de su espíritu abierto, lo alternarán con un festival de rock.

Por Chema Orozco

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