23 feb. 2026

Un asalto al futuro

Me sorprende el nivel de cinismo de quienes pretenden atribuir el apoyo a una urgente reforma de la Caja Fiscal a una supuesta falta de empatía con los trabajadores, una presunta deshumanización que solo se fija en números fríos y cuestiones financieras. Es justamente lo contrario. Quienes presionan por mantener el modelo tal como está lo hacen a sabiendas de que están condenando a nuestros hijos y nietos a cargar con el colapso del sistema, solo para evitar el costo político de eliminar privilegios. Conviene repasar una vez más cómo se financia el régimen de pensiones para entender por qué los cambios no solo son apremiantes, sino absolutamente justos.

Nuestro sistema de pensiones no es de capitalización individual. No aportamos a una cuenta única y nominal que acumule nuestras contribuciones, y de la que se nos pague luego la jubilación. Si así fuera, la jubilación promedio en el país se acabaría más o menos a los cinco años de habernos jubilado.

Es una cuestión matemática. Aportamos en promedio una suma equivalente más o menos a un cuarto de nuestros ingresos, por entre veinte y treinta años, y nos jubilamos con entre el ochenta y el cien por ciento del promedio de nuestros ingresos de los últimos entre tres y cinco años de ocupación. Suponiendo que la jubilación se diera a los 60, nuestro aporte se agotará a los 65 años… y hoy el promedio de vida es de entre 72 y 78 años. Si dependieran únicamente de sus aportes, la mayoría de los jubilados se quedarían sin pensión en sus últimos cinco, diez o más años de vida, según su longevidad.

Para evitar eso adoptamos un sistema solidario, el de reparto, en el que todos los aportes van a una bolsa común y de allí se pagan las jubilaciones. Es un sistema que en sus primeros años nunca tiene problemas financieros porque todos son aportantes y no hay jubilados. Con el tiempo, el número de jubilados crece, pero el modelo se mantiene siempre que aparezcan nuevos aportantes, que estos sean mucho mayor en número que los jubilados, y que los aportes iniciales se hayan invertido eficientemente de forma que sigan generando utilidades.

En un sistema solidario los aportantes de hoy cubren los beneficios de la generación anterior (los jubilados), sabiendo que sus propios beneficios serán cubiertos mañana por la generación que les preceda. En todo el mundo este modelo comienza a generar un déficit (los aportes ya no cubren la totalidad de las jubilaciones) cuando la población adulta equipara o supera en número a los trabajadores jóvenes. Y esto ocurre inevitablemente porque la gente vive más y tiene menos hijos. Ese déficit se cubre con impuestos.

Cierto nivel de déficit es admisible si el sistema previsional incluye a todos los trabajadores del país, ya que el contribuyente estaría subsidiando hoy a los jubilados actuales, pero sabiendo que mañana también será un beneficiario del modelo. Para que esto funcione y sea estrictamente justo es imprescindible la equidad; esto es que todos aporten y se jubilen bajo las mismas condiciones. Cualquier tratamiento diferenciado para un sector lo terminarán pagando los demás.

Eso es precisamente lo que pasa con casi todas las cajas previsionales en Paraguay. En el caso de la Caja Fiscal, la del Estado, los tratamientos diferenciados a maestras, militares y policías descalabraron anticipadamente el sistema provocando un déficit que ya está siendo financiado por los contribuyentes, solo que el grueso de esos financistas obligados ni siquiera forman parte del modelo, ellos nunca tendrán el beneficio de la jubilación.

Más escandaloso aún es el caso de la llamada Caja Parlamentaria porque sus propios creadores saben que es imposible que el número de nuevos aportantes se mantenga por encima del de quienes se vayan jubilando. Su colapso futuro es un hecho. La única empatía válida en todos estos casos es con las generaciones futuras. Es inmoral que nuestra generación detente beneficios excepcionales dejando a cargo de nuestros hijos y nietos lidiar con la quiebra financiera del modelo. Eso no es solidaridad, es aprovecharse de quienes ni siquiera pueden defenderse, es un robo al futuro.

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