Lugar obligado de compras de varias generaciones de asuncenos, La Riojana se convirtió en uno de esos sitios que trascienden su objetivo inicial y declarado, y pasan a formar parte de la cultura popular y del paisaje acostumbrado de una ciudad.
“Que un negocio con tanta trayectoria tenga que acabarse así significa una gran tristeza”, afirma Julio Samaniego, quien, como muchos vendedores informales, se beneficiaba con el flujo de gente que acudía a La Riojana a hacer sus compras.
Su puesto de venta ofrece hoy cedés a los transeúntes, aunque hace 42 años, cuando decidió establecerse en la esquina de Mariscal Estigarribia y Yegros, lo que vendía eran casetes. Pero su pena va más allá del perjuicio que el cierre del icónico negocio le producirá a su principal fuente de ingreso.
Como a muchos, a este trabajador le invade la sensación de que con La Riojana se cierra mucho más que una tienda y siente que con su desaparición se va también un pedazo de Asunción, un trozo del corazón de la capital, que hace una veintena de años todavía latía en el microcentro.
Nace un símbolo
La Riojana abrió sus puertas en 1950, de la mano de Lázaro Morga Lacalle, un inmigrante español que homenajeó a su provincia natal (hoy comunidad autónoma) con el gentilicio de la mujer nacida en esa región del norte de España, adoptándolo como nombre de la tienda.
De dimensiones importantes para la época, el negocio se volvió popular rápidamente, favorecido por su estratégica ubicación y por la variedad de artículos que ofrecía, pues no se limitaba a las prendas de vestir sino que fue una de las principales comercializadoras de artículos importados.
Hasta su cierre fue el lugar en el que los padres de familia podían estar seguros de que encontrarían el uniforme del colegio de sus hijos, en todos los talles y modelos posibles. Lealtad hacia el cliente, que a su vez le devolvía más lealtad con su preferencia.
Y mientras mamá y papá buscaban las prendas para el colegio o la ropa, casual o de vestir elegante para adultos, los niños no dejaban pasar la oportunidad de visitar la sección Juguetería, donde siempre era posible encontrar novedades.
La Riojana, como otros negocios, operaba además con las órdenes de compra emitidas por las asociaciones de empleados con las que la tienda firmaba convenios. La compra a crédito a través del método citado era el camino obligado a transitar para quienes no podían adquirir artículos al contado.
Los pequeños y las mujeres solían ser agasajados con los caramelos que regalaba don Lázaro, a quien siempre se lo podía encontrar entre los pasillos que conformaban los espacios entre los estantes.
Comerciante de raza, ponía en práctica aquel dicho que asegura que el ojo del amo engorda al ganado. Y deben ser pocos los asuncenos que no han recibido al menos una vez alguna golosina de la mano de don Lázaro.
La costumbre se hizo inseparable del halo que envolvía a La Riojana y su propietario la mantuvo mientras tuvo fuerzas para dirigir el negocio. En 2007, esas fuerzas comenzaron a faltarle y delegó la administración en su hija Raquel.
El inmigrante, paraguayo de corazón, fallecería casi centenario, en 2010. Con él también pareció comenzar a extinguirse el hálito vital de la empresa, que lo sobreviviría apenas tres años y algunos meses más.
Final
¿Cuáles fueron las causas que llevaron al cierre de La Riojana? Los rumores siempre exceden en número a las razones verdaderas, especialmente cuando los responsables prefieren guardar silencio y no revelar los motivos que desencadenaron, en este caso, la desaparición de la tienda.
Algunos de sus ejecutivos le echaron la culpa al contrabando y relataron que la empresa ya venía arrastrando una aguda crisis, que se vio agravada por el ingreso ilegal a gran escala de productos similares a los que La Riojana comercializaba a mayores precios.
La propietaria, Raquel Morga, no quiere hablar con la prensa. “Nada, nada, nada”, responde cuando se le consulta sobre el final de la famosa tienda. Y acerca de si el cierre es definitivo tampoco quiere conversar. Lo último que reveló a los medios es que el edificio sería reacondicionado con vistas a una eventual reapertura.
Don Julio cuenta que, entre quienes habitan las veredas de La Riojana, los rumores del cierre ya se venían escuchando mucho antes del pasado 14 de diciembre, el día de la clausura del negocio. “La señora Raquel nos decía que iban a refaccionar, pero los empleados siempre nos comentaban las versiones de que se iba a cerrar definitivamente la tienda”, cuenta.
Otro directivo pide que no se revele su nombre; no quiere ser desmentido por doña Raquel. Asegura que La Riojana ya no volverá a abrir sus puertas y que los salones están vacíos. Toda la mercadería fue vendida tras ser puesta en liquidación. “El cierre es definitivo, ya se le comunicó al Ministerio de Justicia y Trabajo”, asegura el empleado.
La sensación de pérdida afecta a cada asunceno que tuvo la dicha de pisar el local de La Riojana. Y para quienes también se beneficiaban con la afluencia de clientes al centro de compras, la depresión es mayor.
“Esto es un bajón brutal para nosotros”, confiesa Aurelia Giménez, quien vende chipas desde hace 30 años en la acera opuesta a la ocupada por La Riojana. “Dicen que se vendió porque la dueña está cansada. No sabemos, nadie nos avisó. Ellos son personas importantes y no van a venir a darnos explicaciones a nosotros”, lamenta. No es la única. El silencio del adiós se confunde con la pena de haber perdido a uno de los rincones más queridos de la capital.
Texto: Carlos Darío Torres
Fotos: Fernando Franceschelli