23 ago 2026

Transparencia a lo posmoderno

Opinión

Ya sabemos lo que dijo el Senador Daher cuando lo pillaron in fraganti evadiendo impuestos... Más allá de las reacciones caradurezcas de unos ante esta situación, otros llaman desesperadamente a la transparencia. Y es sobre este valor de moda, y muy asociado a la democracia, sobre el que me gustaría reflexionar un poco con usted.

El primer punto atractivo de la transparencia es que se trata de un compromiso del poder público en informar a la ciudadanía de sus acciones. Hay un consenso general en que si las instituciones y personajes públicos son transparentes, la democracia se fortalece porque los administradores de las cosas del pueblo se acostumbran a “rendir cuentas”.

Esto mismo ocurre en lo personal y familiar. Transparencia es hoy sinónimo de honestidad y este, sinónimo de integridad. Entonces, cuantos más signos de transparencia doy, más honesto parezco y más íntegro me consideran. Hasta aquí bien. La pregunta educativa surge cuando pensamos si la transparencia es por sí misma una virtud o es solo el signo de lo que uno es y hace en realidad.

Fíjese que en base a una concepción distorsionada de la transparencia se estimula hoy un tipo de comportamiento desenfadado y cínico. Si la tan mal vista hipocresía de la sociedad tradicional generaba varias injusticias, la tendencia a mostrarlo todo (emociones, cuerpos, infidelidades, groserías...) tampoco está dando los resultados esperados. Lo que se consigue es una suerte de impudor que no sé en qué ayudará a la integridad de las personas.

Volviendo al tema de la evasión de impuestos, por ejemplo, el “saberlo” no es garantía de que hagamos algo al respecto. Eso está a la vista. O sea, la transparencia, no garantiza el siguiente paso que es la corrección en la conducta. Esto requiere algo más profundo: un claro sentido de lo que es el bien y una adhesión de nuestra voluntad en esa dirección. Es una cuestión moral, no moralista, sino moral. Se requiere una gran valentía hoy admitir que existen cosas y acciones objetivamente buenas y malas, no determinadas por mis deseos o supeditados a mi sola conciencia individual.

Claro, en el discurso -los políticos lo saben- hay que quedar bien parado repudiando la falta de transparencia, la falta de honestidad, pero, ¿quién va hasta el fondo de la cuestión? Es más, ¿quiénes legitiman estas conductas incorrectas en la práctica?, ¿no son los mismos que las critican en los discursos?

Tanto para el presente como para el futuro es preciso repensar en la transparencia ética. Y esto tiene mucho que ver también con el valor de la palabra, la búsqueda de la verdad y el cultivo personal de las virtudes humanas. Como decía Elliot, ya no podemos seguir “soñando con sistemas tan perfectos en los que no hay necesidad de ser buenos”.

Nos ahorraríamos un montón de energía si cada cual simplemente aplicara la máxima de la abuela: “al pan, pan y al vino, vino”. ¿No le parece?