Para el abogado Jorge Rolón Luna, en Paraguay no existe la Justicia independiente, ya que el sistema estaría diseñado para premiar la deshonestidad con el poder. Apuntó sobre el difícil o nulo acceso a las causas judiciales para las familias que buscan tener intervención.
–¿Existe verdadera justicia en Paraguay para víctimas que enfrentan al poder?
–La respuesta requiere una mirada histórica mínima. Allí se verá que la indefensión y revictimización de las víctimas y sus familias vienen del stronismo.
Lo que uno no esperaría es que en democracia y con un sistema penal moderno y garantista se perpetúe esa tradición de negación de derechos, pero ha hecho escuela.
En tiempos recientes hemos visto los casos de Rodrigo Quintana, de Marcelo Pecci y ahora el caso de la familia Jacquet, donde la Justicia a todos los niveles les niega intervención, utilizando argumentos realmente cuestionables, realizando saltos argumentales, incluso aplicando normas del Derecho Civil en un juicio penal. Todo malabarismo sirve cuando se trata de negar derechos para proteger a poderosos.
En el caso de Rodrigo Quintana vemos cuán cruel puede ser el sistema con las víctimas: Hace unos días falleció su padre, sin ver justicia en ese terrible caso ya ocurrido hace tantos años.
–¿Por qué se les niega la intervención?
–Porque esa intervención imprescindible con los fiscales y jueces que tenemos tendría el “indeseado” efecto de permitir un control a fiscales y jueces, recordarles o proponerles trámites o diligencias que estos no quieren llevar adelante, cuando existen presiones o porque están comprometidos por razones corruptas; en suma, hacer ver la eventual complicidad del sistema de Justicia con los poderosos en la construcción de impunidad.
Por eso es importante alejar de las investigaciones y los juicios a los parientes de las víctimas, ellos no suelen ser comprables o silenciables.
–¿Esto es reciente?
–No. Categóricamente. Como he dicho, viene de la dictadura stronista, para no ir más lejos. En aquellos tiempos el sistema colorado dictatorial hizo padecer no solo a los opositores, sino también a sus familias.
Dejar todo en manos de policías, fiscales y jueces, y dejar de lado a los familiares de víctimas es una herencia de esos tiempos, con el agravante de que eso no es lo que quiso el legislador al redactar el Código Penal y el Código Procesal Penal al reformar esas dos leyes en democracia.
Por algo, hasta ahora las familias de asesinados y desaparecidos no han encontrado justicia ni reparación, hay tradición histórica.
–¿Qué es lo que realmente falla en el sistema?
–Esa es una pregunta que no tiene una respuesta corta ni sencilla. En principio, lo que vemos es que falla todo, y su principal responsable es la clase política porque meten sus narices en todo.
Fallan la formación de los abogados, el sistema de selección de magistrados, la evaluación de quienes permanecen o son eyectados del sistema. Esto último es importante y a la vez, muy poco visualizado.
La continuidad de los magistrados no es estudiada mínimamente.
En el caso, por ejemplo, de los fiscales que son confirmados o ascienden sin haber –muchas veces– conseguido condenas importantes o siquiera imputado en toda su carrera, como un caso que conozco.
¿Cómo es posible que personajes como Aldo Cantero vuelvan a entrar en terna? ¿Es controlado el patrimonio de fiscales y jueces?
Además, es apenas un caso emblemático. Eso se llama impunidad sistémica.
¿Cuál es el incentivo que ofrece el sistema para que los defensores, fiscales y jueces, funcionen así como hoy día? No es ser honesto, valiente o independiente.
El mensaje es claro: Premiamos a los venales, a los deshonestos, a los complacientes (con el poder), a los que no molestan, a los haraganes, no nos importan tus antecedentes. Por eso, los buenos, los honestos, son minoría.
Tampoco hay un firme gobierno judicial que muestre el camino, que esté atento a la labor de los jueces para aplicar los correctivos y medidas pertinentes.
¿Cómo pudo prosperar por tantos años la mafia de los pagarés sin que la Corte vea, diga, ni haga nada? Era vox populi que eso funcionaba como un ámbito de extorsión y saqueo, comandado por jueces y juezas, en complicidad con funcionarios, lubricado por el dinero que compartían con operadores deshonestos de los estudios jurídicos, empresas de cobranza y usureros que idearon el negocio ilícito.
–¿Qué les lleva a tomar esa decisión?
–La principal impunidad, de la cual derivan todas las impunidades, se da entre los propios miembros del sistema, como he dicho.
Si se construye un cuerpo judicial donde priman perfiles mediocres, nefastos, no hay meritocracia, control de patrimonio, evaluación de cualidades intelectuales, eficacia, eficiencia, manejo adecuado de causas sensibles o de alto perfil; es muy difícil que existan quienes se planten ante el dinero, ante el poder.
Yo he denunciado a fiscales y jueces que votaron en internas partidarias y ninguno ha sido sancionado o dejado de ser reelecto por causa de esa conducta prohibida. Pero también es un sistema muy corrupto, el dinero mueve casi todo.
Aunque, muchas veces jueces y fiscales solo quieren hacer “buena letra”, seguir indicaciones recibidas desde diversos ámbitos como el JEM, el CM, el Legislativo, el Ejecutivo o ámbitos informales de los que se habla mucho, como cierto domicilio particular, porque quieren ser reelectos.
O sea, están casi siempre, con escasas excepciones, a disposición de quienes disponen de sus cargos. El sistema está construido de esa manera, no hay Justicia independiente.
–¿Cómo se llega a que una causa quede en la impunidad?
–Se quiere culpar a los “abogados chicaneros” muchas veces, pero los jueces tienen las herramientas para evitar dilaciones ilegítimas. Muchas veces son los mismos jueces y fiscales quienes dilatan las causas.
También el sistema es muy “amable” con los poderosos, allí está el sobreseimiento de Jiménez Gaona y la ausencia de condenas en esa tremenda estafa al erario público, y la ciudadanía que fue el Metrobús (siendo este caso uno de tantos otros).
- (En el sistema judicial) El mensaje es claro: premiamos a los venales, a los deshonestos, a los complacientes (con el poder), a los que no molestan. Por eso, los buenos, los honestos son minoría.