12 abr. 2026

Raudales... la historia no ha terminado

Cuando éramos niños y llovía, salíamos a la calle para jugar en los raudales con nuestros barquitos de papel. Aquella artesanía elemental hecha con hojas de diario duplicaba la alegría de los días lluviosos porque, además de no ir a la escuela, nos brindaba la posibilidad de jugar afuera, en los pequeños estanques de la calle mojada. En la actualidad, los niños se divierten de otras maneras aunque ya casi nunca fuera de sus casas... y menos todavía, con juguetes hechos por el padre. O enseñados por ellos.

Además, la calle ya no tiene arena, ni pastos. Y está ausente de niños. Solo aceras en mal estado, suciedad y un poco más allá, vehículos conducidos por personas escondidas tras vidrios negros. Y si llueve, para colmo, la calle suele convertirse en una trampa que puede ser mortal.

Es el “progreso”. O, lo que según algunos, se le parece. Pero a falta de señales orientadoras en la ciudad cuando se presenta algo diferente a lo usual, tampoco hay advertencias ni códigos de emergencia. De hecho, nuestra idea de la orientación prescinde de las señales de tránsito o de alguna advertencia sobre sus peligros. Solo tenemos “lomos de burro”, en todas partes. Ni uno solo igual al otro, despintados, disimulados en el pavimento, inadvertibles.

El que conoce dónde están disminuye la velocidad porque cuando su “primera vez” con el susodicho “burro de lomo” –así lo rebautizaron– estaba volando literalmente (conductor y vehículo), para golpear el tren delantero de la máquina contra el obstáculo y la cabeza (del conductor) contra el techo. Inolvidable.

Pero desde el Gobierno solo se ven arrebatos, iniciativas oportunistas y electoralistas en vez de planificación urbana. La diferencia es muy simple: la planificación es una anticipación –aunque imperfecta– de lo que podría procurarnos un futuro mejor. Las iniciativas oportunistas, sin “pienso”, concretarán el progre$o de sus promotores, solamente. Es lo que conocemos en la jerga de la gestión pública, como “elefantes blancos”. Tenemos decenas de ellos.

Pero hablando del agua que cae del cielo –ese era el tema– llegamos a prescindir imprudentemente del verde para construir cualquier cosa y pavimentar totalmente el suelo. Hemos visto patios de 800 m2. y más, que fueron desalojados de árboles, arbustos, césped o matorrales, convertidos en enormes superficies cubiertas de cemento. Con algunas pequeñas rejillas puestas como al descuido, con las que se pretende el escurrimiento del agua.

Existen centenares de ejemplos en toda la ciudad. Y entonces cuando llueve, el agua ya no es absorbida por el suelo. Va a las rejillas y de ahí a la calle, donde el enorme caudal, va llevando basura y todo lo que pueda en su camino. Al día siguiente, se comentarán los detalles del “accidente de la naturaleza” que “nos azotó en la noche de ayer”; y se lamentarán por las pérdidas sufridas. Para que, tan inmediatamente como fuera posible, se destinarán recursos para “reparar los daños”. Y todo empezará a re construirse igual a lo que estaba. O parecido.

¿Cuántas veces nos ha sucedido? Porque cuando no se trate de temporal o de lluvia, fue un incendio o la demolición de un patrimonio histórico/cultural. Hagamos las cuentas. Lo más preocupante es la persistencia del “modelo” que privilegia “obras de progreso” en vez de alternativas más acordes a nuestras necesidades, a nuestras capacidades y, fundamentalmente, mejor dimensionadas y proporcionadas a nuestras carencias económicas.

¿Cubrir el suelo es conveniente…? Y es necesario cubrir TODO el suelo? ¿Negar la vigencia del “sistema natural” como desde los tiempos de “la creación”? Pues hemos tenido a lo largo de estos últimos años, la misma visión, la misma “dinámica de trabajo” sin que los estrategas del gobierno la combinaran con decisiones más proporcionadas a la realidad que nos impone la naturaleza. Y nuestros bolsillos. En realidad, de nada podemos presumir si lo que hagamos sólo puede solventarse con el incremento de la deuda pública.

Muchos “accidentes de la naturaleza” podrían evitarse sin embargo, con planeamiento, cuidados permanentes al entorno ambiental, previsión. En el paseo central de la autopista al aeropuerto, por ejemplo, se plantaron árboles en el paseo central, debajo del alumbrado. Es decir que de día tenemos sombra en el paseo –por donde la gente no camina– y de noche, oscuridad. “Sabia” decisión, de la misma categoría de los que siembran “palmeras imperiales” en las aceras, debajo de los cables; cuando, se sabe que las mismas pueden superar los 30 metros de altura. Y que cualquiera de sus hojas secas, cuando caen, tienen entre 30 y 40 kilogramos de peso.

Cuando jugamos de “vivos”, de progresistas, de astutos en la inversión pública, desdeñando lo que tenemos de valor y sobre todo, descuidando los recursos que nuestros compatriotas necesitan para llevar una vida medianamente decente, es cuando el retrato que nuestros mandatarios muestran hacia el exterior, es ásperamente retrógrado, atrabiliario y desoladoramente triste.

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