30 abr. 2026

Puntadas de identidad

En Yataity del Guairá, cuna del ao po’i, las manos de las artesanas siguen hilando la historia con la tradición de este tejido. Un trabajo que se mantiene en el tiempo, a pesar de los vaivenes económicos y el poco apoyo del Estado.

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Recorriendo las apacibles calles de Yataity del Guairá y dirigiendo la vista a cualquiera de las veredas, el visitante puede encontrarse con finas prendas de ao po’i. Blancas o en vivos colores, cuelgan de las ventanas y escaparates dando colorido a los hogares convertidos en negocios. Un muestrario del trabajo realizado por los lugareños, en un pueblo donde este tejido es sello distintivo y medio de vida de la población.

Niños, jóvenes, hombres, mujeres y personas de la tercera edad. Todos juntos en el pueblo ponen manos a esta obra: desde la preparación del hilo, pasando por la fabricación de la tela, hasta el lavado, planchado y posterior confección de las prendas. Un trabajo minucioso y artesanal que deja incrédulos a paraguayos y extranjeros que tienen la oportunidad de sentir en el cuerpo la frescura y la comodidad de esta ropa.

Esas manos

Cándida Careaga de Melgarejo empezó a trabajar con el ao po’i en 1961. A la par, se desempeñaba como maestra de eduación primaria en la escuela de Yataity. Con esta labor costeó las carreras de sus seis hijos. Ella ya dejó de ir a las aulas, pero todavía continúa con la mantelería, que es su especialidad. “Ese es mi fuerte. Hago productos finos, encaje ju.

Me dedico poco a la ropa. Tengo mis clientes en forma particular. No abro un negocio porque para eso hay que tener tiempo para atenderlo. Las personas que me conocen y saben de la calidad de mi trabajo vienen hasta acá y llevan un producto lindo”, comenta la artesana, cuyos trabajos van a diferentes lugares, entre ellos el Hotel La Misión de Asunción.

Además de realizar este trabajo, ella es una de las fundadoras de la Cooperativa de Producción Artesanal Yataity Limitada, entidad que alberga a unos 200 trabajadores de este rubro. A diferencia de las prendas de vestir, la mantelería no es de venta masiva. Según explica Careaga, el proceso de fabricación de este tipo de productos lleva un mayor tiempo e involucra a más personas. Para ilustrar sus palabras, muestra un mantel de dos metros y medio en pleno proceso, que estará terminado en seis meses. En su elaboración se involucraron seis personas, y el costo final rondará los tres millones de guaraníes.

Unos 50 metros antes de llegar a la plaza central del pueblo, Erme de Subeldía espera la llegada de los clientes, mientras ve pasar a los estudiantes que van rumbo al colegio. Hace cuatro décadas que aprendió de sus abuelos los secretos del ao po’i. Luego empezó a vender los productos que nacían de sus propias manos, así como los de otros, llevándolos a diferentes lugares del país. Actualmente, es su hija Guadalupe quien se encarga del recorrido mientras Erme sigue tejiendo las prendas que comercializa.

La cuna

“El trabajo con el ao po’i involucra a toda la gente de Yataity. Desde que uno aprende a contar los hilos ya empieza a trabajar. Con el ao po’i se hace de todo: camisas, blusas, chaquetas para médicos, uniformes para chefs”, refiere Subeldía, quien también es vicepresidenta de la comisión que cada año organiza la exposición del ao po’i.

La trabajadora de la tela comenta que en varias localidades paraguayas se hacen prendas similares a las fabricadas en Yataity, pero opina que no alcanzan el mismo nivel. " Nuestro trabajo es mucho más fino. No lo digo por desmeritar lo que hacen los otros. Solo que Yataity es la cuna del ao po’i y acá se hacen la mejor mantelería y vestimenta. Hasta la forma de bordar tiene su secreto”, explica.

De semillas y telares

Las tejedoras señalan que lo que más llama la atención de los extranjeros es el hecho de que la confección de una prenda de vestir o un mantel se hace totalmente a mano. Se inicia desde la fabricación del hilo extraído de la planta de algodón. Continúa con el trabajo en el telar artesanal, desde donde va surgiendo la tela que luego será trabajada por las artesanas.

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La creación del ao po’i pasa por diversos procesos, desde obtener el hilo del algodón hasta el bordado.

La profesora María del Carmen Gauto muestra estos dos primeros pasos.

Con 29 años, ella aprendió este arte con una tía y lo transmite a la nueva generación de artesanos desde la filial del Instituto Paraguayo de Artesanía (IPA) y el colegio de la localidad, de manera gratuita. Los alumnos solo deben llevar los materiales para la labor en clases.

“En el colegio se enseña a partir de agosto, porque es la tercera etapa de Trabajo y Tecnología. Cuesta armar el telar, porque el peine (una de sus partes) no se consigue más. En el colegio ya saben manejarlo y cómo montarlo, y también aprenden a hacer la tela”, explica la docente.

Comenta que también están en proceso de aprender a fabricar el hilo, pero la falta de algodón dificulta el aprendizaje.

Para María del Carmen, representa una satisfacción traspasar lo que aprendió de sus mayores a los jóvenes de la localidad. Más aún haciendo uso del telar tradicional, una herramienta que se mantiene en unas pocas casas del pueblo. Ella valora que desde el colegio se incentive este aprendizaje, incluyéndolo en el plan de estudios. “Le gusta mucho a los jóvenes y es una manera de incentivarlos a que conozcan nuestra artesanía”, destaca.

Nudos a desatar

Antonia Arias, otra de las instructoras y encargada de la filial del IPA, comenta que muchas veces los compradores no entienden que el precio elevado de una prenda corresponde al costo de producción. “Si uno va a cobrar lo que vale realmente, no tendría precio, por el trabajo que lleva”, señala quien hace 50 años recorre los entramados del ao po’i.

Las artesanas Erme Subeldía y Cándida Careaga coinciden en que hace falta un mayor apoyo del Estado para la promoción de sus trabajos. Ambas comentan, además, que cuando sus productos van afuera, son los intermediarios quienes representan al país con estas creaciones. En caso de que les llegue una invitación para el exterior, los artesanos deben ocuparse de los gastos que representa el viaje, como los pasajes y la estadía, además del alquiler del stand.

“Se tienen que abrir mercados para las artesanas. Que nos den la oportunidad de viajar para poder mostrar la calidad del producto y explicar nosotras cómo es el proceso”, opina Careaga. Ella destaca el reconocimiento que el empresario Marcos Ismachowiez hace a la gente de su pueblo, al poner en las etiquetas que ese producto es confeccionado por las artesanas de Yataity. La trabajadora se sincera al decir que es difícil cumplir con un pedido grande de prendas para ser enviadas al exterior de manera mensual, por el tiempo que demora hacerlas.

Subeldía pide al actual Gobierno que lleve adelante la inciativa de volver a promocionar el uso del ao po’i en la función pública, como se hizo durante el Gobierno de Juan Carlos Wasmosy, además de brindar cursos de capacitación para las trabajadoras. Agrega que el año pasado invitaron a Horacio Cartes para la expoferia que realizan en noviembre, pero que el mandatario no asistió. Ella puntualiza la necesidad de que los artesanos cuenten con un local propio y dice que este año las ventas cayeron de manera notable. “Cuando hace frío, suelen bajar, pero en estos días de calor también se está vendiendo muy poco”, detalla.

Punto de orgullo

A pesar de los contratiempos, la ciudad sigue su ritmo enhebrando para el futuro. Muchos de los jóvenes, hombres y mujeres tienen en el ao po’i su medio de sustento. Cada hilo, cada puntada, ha sido el cimiento para el progreso de sus familias. Y de los sueños, como el de la señora Careaga, que vio cómo se hacía realidad la cooperativa que agrupa a los y las trabajadoras de este tradicional tejido. Un producto que representa la identidad de un pueblo y, en cada punto, la satisfacción y orgullo de su gente.

Texto: Carlos Elbo Morales

Fotos: Fernando Franceschelli.

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