Por Javier Valdez
No es con el afán de recurrir a la retórica y otorgar grandeza a las palabras que el título comienza con esa afirmación; responde a la literalidad del curso narrativo de la película, el cual no revelaré para no arruinar la experiencia del visionado. Hace poco mencioné lo que Spielberg aportaba al cine; aquí, esa ilusión es un calco de la intención expresiva de dicho director. Las películas de ciencia ficción constituyen una convención con el espectador, en tanto la lógica de su narración toque, si no la veracidad interna de los hechos, la carga emotiva de las imágenes como en Proyecto Fin del mundo.
El gran acierto de la película es cómo apela a la emoción por sobre una estructura convencional de narración. Existe un rigor técnico preciso en el tratamiento de su historia, centrada en el astronauta y el encuentro con vida extraterrestre; el paisaje espacial, el paisaje terrestre, las naves y la estación espacial en la Tierra poseen una belleza perfecta. Tanta precisión en vez de enfriar la experiencia lo que hace es reforzar la veracidad de la historia para que el impacto emocional sea aún más devastador y humano. Esta humanidad descansa, principalmente, en una triada actoral sorprendente: la frialdad germánica imperante de Sandra Hüller (la científica Eva), la adorable vulnerabilidad de Ryan Gosling (el astronauta Grace) y la entrañable expresividad del ser extraterrestre (Rocky). Estos dos últimos quedan unidos por un vínculo emotivo, íntimo y desgarrador que evoca, inevitablemente, al mismo universo emocional de Spielberg en E.T., el extraterrestre.
Paradójicamente, las producciones contemporáneas más ambiciosas dentro del mainstream de la ciencia ficción son aquellas que siguen una dinámica visual de las películas clásicas del género, no renuncian a la espectacularidad de las imágenes y construyen un universo sensible y filosófico en historias espaciales, hallando el equilibrio entre la inmensidad del universo y el corazón de los personajes. Es cierto que no es la compleja Solaris (1972), de Andrei Tarkovsky, pero bebe de su premisa fundamental: la inmensidad del cosmos entendida como un espejo íntimo y vulnerable de la condición humana. Mismo tratamiento existencial y metafísico que vimos posteriormente en Insterestellar (2014), de Christopher Nolan, y Arrival (2016), de Denis Villeneuve. Aquí sus directores Phil Lord y Christopher Miller llevan su premisa hacia una raíz formal mucho más específica; el cine de ciencia ficción duro de los 70. No es coincidencia que la cinta apueste al tiempo cinematográfico pausado que permite a la historia respirar a través de un montaje ralentizado para generar en el espectador una serie de percepciones sensitivas que remontan de manera directa a la atmósfera contemplativa y psicodélica de 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick (1968).
Si bien Gosling es el protagonista absoluto y sobre él recaen las dos horas y media de duración de la película –sosteniéndola con un carisma y una sensibilidad a flor de piel–, el trabajo de la actriz alemana Sandra Hüller posee una fineza interpretativa arrolladora. Su construcción de una científica aparentemente poco empática e impermeable a los sentimientos dibuja una frialdad casi cruel; ante esto, resulta revelador que esta gélida postura sirva al guion para articular un quiebre magistral en la escena del karaoke.
Allí, su interpretación de Sign of the Times, de Harry Styles, se erige como el punto culminante de la profunda carga emotiva que la película manifiesta, pasando de ser una líder que debe deshumanizarse para salvar a la humanidad a una mujer vulnerable, obligada a ese hermetismo en pos de la salvación de la especie. Aunque esta transformación sea solo un instante, sella la relación tirante entre ella y el astronauta, y destraba el conflicto central de la misión espacial y humana: salvar el planeta, y salvar el alma.
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El corazón dramático de la película –que a veces ofrece momentos cómicos muy bien desarrollados– se completa con el tercer vértice de la triada: Rocky, el extraterrestre. Toda esa carga emocional que se manifiesta en toda la cinta se centra en el vínculo que construye con el astronauta Grace, apelando así a una empatía que no cuestiona rasgos antropomórficos ni alteridades biológicas –haciendo honor a la literalidad del título–; más bien, se enfoca en el reconocimiento de la orfandad mutua en la inmensidad del aislamiento. A través de esta relación, la película demuestra que los lazos afectivos trascienden cualquier barrera lingüística y planetaria, y que este contacto interestelar es un testimonio de solidaridad y compasión.