“Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!”, escribió Rubén Darío. El poeta nicaragüense probablemente no imaginó que, más de un siglo después, cinco comediantes paraguayos convertirían aquella melancolía por la juventud perdida en material para hacernos reír con tirzepatida, psicofármacos, ansiedad, moteles, sexo, maternidad, terapia, infidelidades, fobias y ChatGPT.
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Y sí, ocurrió.
Un viernes por la noche, a pocos días de la llegada de la primavera, la sala del Teatro Municipal estaba casi llena, con un público en el que predominábamos ampliamente quienes ya pasamos la barrera de los 40. El terreno estaba perfectamente abonado para comprobar que aquello de Juventud, divino tesoro podía ser cualquier cosa menos una celebración ingenua de la juventud.
La primera de las dos funciones reunió a Soy Nati, Fani Cantero, El Gato Siamés, Jorge Ratti y Juanse Buzó, con Dani Galindo como anfitrión.
El colombiano radicado en Paraguay cumplió con soltura ese rol que en el stand up parece sencillo, pero no lo es: romper el hielo, sostener el ritmo y administrar los entretiempos. Con algunas palabras en guaraní y los nombres de varios de los presentes ya incorporados a su repertorio, Galindo apeló a la interacción, la improvisación y la picardía.
Y si Darío escribió que “plural ha sido la celeste historia de mi corazón”, aquí la historia fue bastante menos celeste. Más bien negra, ácida, medicada, endeudada emocionalmente y con varias consultas pendientes con el psicólogo.
Nati y las mamis al borde de un ataque de nervios
Soy Nati tuvo la difícil tarea de abrir la noche y consiguió romper el hielo rápidamente, aunque eligió para hacerlo asuntos que, en otras circunstancias, difícilmente consideraríamos material de fiesta.
Tirzepatida, psiquiatras, medicación, neurodivergencias, ansiedad, maternidad, hijos, escuela y ese universo paralelo que constituyen los grupos de WhatsApp de las mamis fueron entrando en la rutina.
Los trabajos prácticos de los hijos, las carpetas que terminan requiriendo más creatividad de los padres que de los estudiantes y el consumo de pastillas nos llevaron a un territorio demasiado reconocible: estamos ansiosos, medicados, diagnosticados y tratando de sobrevivir a la vida cotidiana.
Y allí apareció inevitablemente ChatGPT.
Porque, claro, en tiempos de economía apretada también existe la tentación de preguntarle a la inteligencia artificial aquello que alguna vez hubiésemos reservado para el terapeuta.
Nati hizo reír precisamente porque puso sobre la mesa temas que no siempre son cómodos. El humor hizo el resto.
Fani: cuando el amor tampoco ayuda demasiado
Luego llegó Fani Cantero, con una comicidad apoyada fuertemente en la autoironía.
El consumo de alcohol, las inseguridades, sus experiencias actuando en el interior del país, Villarrica y los villarriqueños fueron apareciendo antes de que la rutina avanzara hacia terrenos todavía más personales: los ligues fallidos, los enamoramientos, las posiciones sexuales y esa sensación de haber recibido una distribución poco equitativa de la suerte sentimental.
En lugar de construir una versión idealizada de sí misma, Cantero hizo exactamente lo contrario: exageró inseguridades, desencuentros y derrotas hasta convertirlos en complicidad con el público. Hasta el síndrome de ovario poliquístico encontró espacio.
Porque esa fue una de las constantes de la noche: el cuerpo adulto dejó de ser aquello que queremos esconder para convertirse en materia prima del humor.
El Gato Siamés y la psicología
El Gato Siamés llevó el espectáculo decididamente hacia el humor negro.
Diez años dedicado a la comedia y la llegada de los 40, le sirvieron para preguntarse qué estaba haciendo todavía con su vida. El título del espectáculo le quedaba, por tanto, maravillosamente mal.
Ni jóvenes. Ni necesariamente divinos.
Su referencia a Roberto Gómez Bolaños, quien encontró algunos de sus mayores éxitos alrededor de los 40 años, le permitió jugar con aquello que probablemente atormenta a buena parte de cualquier platea adulta: la distancia entre la edad que tenemos y aquello que suponíamos que ya habríamos conseguido.
También relató su viaje a Bolivia y su experiencia con la altura, pero uno de los pasajes que más disfruté llegó cuando contó que está terminando la carrera de Psicología.
Allí me tocó particularmente de cerca. Depresión, fobias, análisis de sueños e hipnosis fueron cayendo una detrás de otra. Hasta que decidió aplicar sus conocimientos al público e inició una supuesta sesión de hipnosis colectiva.
Inhalar. Exhalar. Entrar lentamente en un profundo estado de relajación que, obviamente, fue otra estrategia para hacernos reír.
Jorge Ratti y la arqueología de quienes tenemos 50
Si había alguien capaz de tocar directamente la memoria generacional de buena parte de la sala era Jorge Ratti.
A sus 51 años, puso frente a las nuevas generaciones todo aquello que quienes rondamos los 50 tuvimos que sobrevivir.
Las abuelas de antes, poco felices, frente a las de ahora, extremadamente cuidadas y coquetas. La manera contemporánea de hablar –el “tipo”, el “literal”, el “morí”– frente a nuestro vocabulario de otras épocas. Los niños actuales haciendo pijamadas, mirando Netflix con un kilo de helado, frente a infancias bastante menos delicadas.
Y ahí comenzaron a aparecer los fantasmas. El chicote, que se utilizaba más allá de la equitación: también formaba parte de la educación.
El queroseno o el insecticida de una reconocida marca que le ponían en el cuero cabelludo para combatir los piojos. Las maneras “poco amables” que tenían los adultos de despertarnos.
Los tratamientos caseros que hoy probablemente provocarían una inmediata reunión entre padres, docentes, psicólogos, pediatras y algún abogado.
Incluso el skincare tuvo su antecedente prehistórico.
Porque antes de los sérums, retinoles, ácidos hialurónicos y rutinas coreanas, aparentemente existía una solución mucho más económica para los granos: la primera orina de la mañana.
La carcajada del público tenía entonces una característica particular: nos reíamos porque recordábamos. No necesitábamos demasiadas explicaciones. Habíamos estado allí.
Juanse Buzó: geografía sentimental del motel paraguayo
Juanse Buzó encontró material en otro territorio reconocible: San Lorenzo y sus peculiaridades y, especialmente, los moteles que allí abundan.
Su recorrido por las diferentes categorías de estos establecimientos y lo cuestionable —o no— de la higiene en ellos terminó convirtiéndose en una particular geografía del encuentro clandestino: moteles, estatus, infidelidades y códigos reconocibles para varias generaciones.
Y cuando apareció el je’u pa guasu aplicado al ámbito sanitario, el lenguaje popular paraguayo volvió a demostrar que pocas cosas son tan efectivas para la comedia como reconocernos en nuestra propia forma de hablar, sobre todo cuando está atravesada por la ironía y la picardía.
Reírnos de aquello en lo que nos convertimos. Eso fue lo que mejor funcionó en esta primera noche de Juventud, divino tesoro.
No fuimos a contemplar nostálgicamente la juventud perdida. Fuimos a reírnos de en qué nos convertimos después de ella.
De los medicamentos que tomamos. De nuestras ansiedades. De nuestros hijos. De los grupos de WhatsApp. De las malas parejas. De las buenas intenciones que terminaron mal. De las rodillas que probablemente ya no responden igual. De la terapia. De las fobias. De las infidelidades. De los recuerdos de infancia que hoy serían considerados métodos educativos, cuando menos, discutibles.
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Y allí el título adquirió otro sentido. Porque cuando Rubén Darío escribió: “Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver!” probablemente estaba lamentándolo.
Nosotros, en cambio, después de más de dos horas escuchando todo lo que implica sobrevivir hasta los 40 o los 50, podríamos responderle: Sí, Rubén. Se fue. Pero al menos ahora tenemos material para hacer stand up.
Y, felizmente, el género pisa fuerte en los escenarios del Paraguay y ya tiene su público ganado.