21 abr. 2024

Patriotas y familieros, de boca para afuera

Hay algunas cuestiones que me producen cortocircuito a la hora de intentar comprender cómo alguien puede hablar a bocajarro, de ser un celoso defensor de la familia y no inmutarse de que en su entorno hay niños hurgando en la basura para encontrar algo comestible entre los desperdicios. O que permanezca insensible hacia las condiciones infrahumanas en que sobreviven los indígenas en las calles de la ciudad.

O que no le importe la vida de los ciudadanos, entre ellos padres de familia, despreocupándose de ejercer con entrega y dedicación una tarea que se les confía administrando una institución. A propósito de esto último, pienso en el intendente de Lambaré y los concejales de esta ciudad, quienes a sabiendas de que el territorio que les corresponde administrar está lleno de trampas mortales, no se ocupan de resolver el problema. Pienso además en los legisladores que, en lugar de honrar la representación a la que accedieron gracias a los votos ciudadanos, actúan como embusteros, estafadores, y motivados por un indisimulado apetito por obtener beneficios para sí y no realizar esfuerzo alguno para buscar aquello que nos dijo una vez el periodista y catedrático colombiano, Javier Darío Restrepo, que es desempeñar con orgullo propio toda actividad que se te confía, dando lo mejor de uno mismo.

No entiendo cómo algunas personas invocan y se presentan como defensoras de la palabra patria, pero con sus acciones demuestran un desprecio a sus compatriotas que piensan diferente o son diferentes, destruyen los recursos naturales de la comunidad con la que supuestamente se identifica, administran deshonestamente los bienes públicos, mienten, roban, instalan discursos de odio y son indolentes con respecto al sufrimiento de sus conciudadanos.

Cómo autoerigirse en jueces de lo que hay que creer, defender y hacer, cuando ni siquiera se realiza el esfuerzo de pretender ser justos. Cuando no se busca la ejemplaridad (ser buenos ejemplos), la coherencia entre fe y vida, ni se honra a la propia familia y mucho menos a la patria.

Por eso, es tan difícil hablar siquiera de moralidad y de ética con los jóvenes hoy en día. Solo estos últimos dos meses y medio de un nuevo gobierno en el Paraguay hubo desde un joven senador, designado nada menos que representante de la Cámara Alta ante el Jurado de Enjuiciamiento de Magistrados, que mintió sobre su supuesta formación académica, y ni siquiera pudo acreditar en qué filial de una universidad de garaje estudió Derecho, y obtuvo su título de abogado. Hemos visto en estos poquitos meses cómo se improvisa en la gestión del Estado y cómo, quien fue electo presidente, en realidad, no tiene libertad para ejercer el mando: afirma, se desdice, retrocede, formula anuncios de cambios y se estrella con la realidad de un entorno con una avidez tal de arrasar con todo, sin cuidar las formas ni las normas. Es como contar con un estanque de cocodrilos en el patio de la casa, pero sin vallas.

Asusta pensar que justo en manos de gente así, que prioriza aumentos salariales para los senadores y diputados, estará definir cómo educar a los niños y jóvenes del país. Es difícil forjar el carácter ético de las nuevas generaciones cuando estas se dan cuenta de que los adultos invocan valores, pero no viven conforme a esos valores; hablan de honestidad. Usan las instituciones del Estado como si fueran de su propiedad. Hablan de familia, y nos ofrecen espectáculos como un intendente de Asunción hablando públicamente de las partes pudendas de su esposa, como si del resultado de un partido de fútbol se tratara.

La ética forja el carácter de las instituciones, de las personas, de los niños. Pero si quienes deben contribuir en este proceso son los primeros que descreen de ella y actúan sin ella, es lógico que la sociedad cobre otros rumbos, como lo estamos viendo hoy en el Paraguay.

En fin, que Dios guarde la patria y la familia en sus diversas formas de tan perniciosos representantes políticos que una vez más debemos padecer.

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