Opinión

Palo enjabonado

Benjamín Fernández Bogado Por Benjamín Fernández Bogado

A los colorados se los critica porque luego de unas sangrientas internas llenas de insultos, agravios, golpes y escupitajos terminan abrazados luego de la contienda electoral. No parece sin embargo que eso sea de extrañar demasiado si se concluye que todo partido lo que busca es el poder y que luego de que el soberano votara por un candidato, el perdedor está obligado a ayudarlo a alcanzar ese poder. Eso pasa aquí y en otros lugares, pero no siempre en la oposición paraguaya, donde cada uno cree que solo puede alcanzar y superar el millón doscientos mil votos que requiere alguien para ser presidente de este país. Eso solo es posible con un partido dividido como el Colorado en el 2008 o con un claro sentido del sacrificio individual en aras de un propósito más amplio y general. No es nada fácil esto último y muy especialmente cuando el tercer espacio ha venido siendo financiado por el mismo actor político desde hace más de tres elecciones nacionales para dividirlos.

El negocio de la política paraguaya ha probado ser extraordinariamente rentable, donde la inversión paga 10 veces por año ha llevado a que los cálculos no se hagan sobre la base de compartir ideales comunes, sino aspiraciones crematísticas similares. No hace falta hoy en día citar los dichos de Garay, Moreno, Mallorquín o Bernardino Caballero o los Ayala, sino poder enlazar con cierta gracia y picardía algún pericón de ocasión.

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La política debe distraer no hacer pensar y quien mejor lo haga se lleva el premio de administrar un Estado que solo en compras de bienes y servicios gasta al año 6.000 millones de dólares. Con que se agarren un 10% del premio tras subir el yvyra syî (palo enjabonado) ya habrán hecho el gran negocio de sus vidas. En eso hay que ayudar al más hábil y no pelear contra él o ella si se quiere la recompensa. Si no lo hacen caen los dos o tres sin nada. El Gobierno dura cinco años y se roba casi dos mil millones de dólares anuales. Saquen las cuentas. El negocio es tan grande y alcanza todos como el diseño que hizo aquel director de Aduanas que estableció el ingreso de mercaderías por kilo independientemente del producto que se pesara. Distribuyó con una planilla Excel los dividendos que todos —desde el portonero hasta la Corona— sabían lo que les tocaba luego de pasar por el contenedor por la balanza.

El paseo por las brasas, la lamida de las pailas y las sortijas dejaron de ser peligrosos y cayeron en desuso en el folclórico San Juan de la política criolla y la aduana. La oposición se distrae en juegos que han perdido su atractivo y quieren medir fuerzas en torno a la cantidad de likes que tiene algún tuit de ocasión. Así seguirán mirando ganar a los mismos pícaros y sinvergüenzas de siempre.

La Concertación es para algunos un mantra que repetida generará el millón y medio de votos que se requieren para ganar el premio mayor: el Ejecutivo y el control del Congreso. Además de plata, el proyecto requiere credibilidad, fundamento, armonía de propósitos y deseo claro de alcanzar el poder. No están trabajando en todo esto y se juega de nuevo a que Cartes vaya preso a los EEUU y caiga Peña de toda posibilidad, Velázquez sea alcanzado por las esquirlas de la corrupción y que los colorados tengan que optar por una tercera opción, luego de venir haciendo campaña desde hace casi seis meses, a pesar de la prohibición del Tribunal Electoral.

El San Juan de la Concertación requiere trabajo y compromiso. Inscribir candidaturas no es suficiente y creer que calificando a los que están por afuera son funcionales al dinero no alcanza para hacerse con el poder. Entre las veleidades de algunas, los ditirambos de otros y la sensación de perdidos de algunos no se proyecta mucha credibilidad.

El país que no se compra, que no se vende y que no ha venido votando por desencantado alcanza casi dos millones de personas. Estos, más los paraguayos de afuera deben ser conquistados con algo más que buenas fotografías, poses, amenazas y falsos cariños. Hay mucho por trabajar y el toro kandil más que ninguno lo sabe.

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