17 ene. 2026

Optimista incorregible

Desde el viernes soy más viejo que mi padre. Él murió a los 52 años de un infarto. Hijo del exilio, alcanzó la mayoría de edad fuera de su patria. Yo empezaba el último año del colegio cuando cayó Stroessner. “Creí que nunca vería este día”, me dijo. Supongo que solo quienes padecieron su ausencia pueden entender a cabalidad la importancia de la libertad.

Partió de un país mejor que el que conoció su padre, pero lejos aún de lo que pretendía. Espero que, cuando me vaya, mis hijas vivan en uno mejor que el que conoció el suyo, aunque siga siendo un proyecto en construcción, un camino colectivo interminable, con desvíos y retrocesos, tan complejo como la vida misma.

Suena casi cursi después de una semana bochornosa como la que nos regalaron los 23 sicarios políticos de nuestro nuevo pretendido mesías. No hay originalidad en la acción ni en su principal inspirador. Es un capítulo que ya hemos visto tantas veces y con actores algo más talentosos que el pelotón de inmorales y marginales que hoy operan para el nuevo padrino. Lo importante ante la ocurrencia repetida de hechos vergonzosos y degradantes para la República como el linchamiento de la senadora Kattya González es no rendirse; no creer, como pretenden ellos, que sus acciones nunca tendrán consecuencias.

Nada es eterno. El tiempo es un enemigo invencible. Stroessner cayó y está muerto. Oviedo es historia. Los líderes inmortales mueren y sus incondicionales adjuran y se cruzan a la carpa del enemigo antes de que el gallo emita su primer cacareo. La legión de alpinistas que hoy dan letra y hacen coro a las malquerencias del financista de turno buscarán mañana alquilar la pluma y el alma a algún otro mecenas de la inmoralidad; algunos lo conseguirán y otros rumiarán su caída desde las redes sociales.

Siempre habrá un Pedro Alliana buscando mediante la vendetta política lavar el fango que cubre a su familia luego de que se hiciera pública la historia de la hija, colgada impúdicamente del dinero de los contribuyentes. Siempre habrá un soldado inmoral como Bachi Núñez dispuesto a defender lo indefendible si esas son las instrucciones. Siempre habrá un Beto Ovelar tragándose sus propias palabras bajo la excusa cobarde de que la impostura solo es disciplina partidaria.

Siempre habrá un Horacio Cartes convencido de que todo en el mundo es mercancía, que todo se compra, que las voluntades ceden ante la codicia, que los principios son letra muerta y que las reglas de juego se acomodan con la billetera. Y es probable que por mucho tiempo consiga que un pedazo de la patria opere así, según las normas del hampa.

Pero este es un país de muchas caras. Paraguay no se agota con los Bachi, los Beto o los Horacio. Por cada vástago que la parasitosis política le cuelga al Estado, hay un ejército de jóvenes tomando conciencia del vampirismo republicano; por cada rebuzno en el Congreso hay un paraguayo y una paraguaya haciendo mérito en la academia, dentro y fuera del país. Por cada arbitrariedad hay más bronca acumulada.

No hay que dejar que las derrotas coyunturales nos hagan tirar la toalla. Hay que resistir y dar batalla desde cada espacio que esta democracia imperfecta nos concede. Desde las redes hasta la calle.

El futuro es un lugar incierto. Siempre puede haber regresiones. Nuestra democracia es imperfecta y frágil. Sus instituciones son débiles y el Estado de derecho sigue siendo un ideal, un norte, no una realidad ni mucho menos. Pero esta sigue siendo la mejor opción, la única.

Mi padre murió bajo esta democracia imperfecta, pero nunca dudó de que fuera mejor que la dolorosa dictadura que lo vio nacer. Mis hijas nacieron bajo esta democracia imperfecta, pero no tengo la menor duda de que cuando les llegue el momento de partir y yo solo sea un recuerdo, dejarán a mis nietos en un Paraguay mejor que el suyo, que el mío y que el de mi padre, un Paraguay en el que pretendidos mesías y su ejército de zalameros, advenedizos y sicarios mediáticos serán historia.

Y si, soy un optimista incorregible.

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