Opinión

Oídos sordos

En una de las homilías de la Semana Santa, el arzobispo Adalberto Martínez recordó a las autoridades que deben servir y no abusar de su poder.

Brigitte Colmán Por Brigitte Colmán

“Asumir una función de autoridad no significa mandonear, no significa tener poder para imponernos sobre quienes están a nuestro cuidado”, dijo durante la celebración de la Misa Crismal en la Catedral de Asunción.

Martínez puntualizó que en el ámbito político esto debería ser todavía más claro, pues en lenguaje político se habla de mandantes y mandatarios. “Los que ejercen el poder político son mandatarios; es decir, han sido puestos en sus cargos para servir al bienestar de sus mandantes, los ciudadanos”.

Ahora repitamos cien veces lo que dijo el obispo: los mandatarios no están para servirse del poder, sino para servir.

“El mandato es el servicio al bien común de los ciudadanos. La salud, la educación, la tierra, el techo, el trabajo, la infraestructura, un ambiente saludable, entre otros, para favorecer a los más necesitados, indígenas, campesinos, niños, jóvenes, mujeres, ancianos, por una vida digna, plena y feliz”, manifestó Adalberto Martínez.

El arzobispo también hizo un llamado a las autoridades y les recomendó que hagan un examen de conciencia sobre la coherencia entre su fe y su vida.

Sobre el mensaje no hay objeciones, impecable; la única sugerencia sería que el obispo repitiera por lo menos tres veces a la semana. Es más, sería ideal que lo enviara en formato audio vía guasap a todos: desde el presidente, el vicepresidente, pasando por diputados, senadores, fiscales, jueces, miembros de la Corte Suprema, intendentes, gobernadores, funcionarios públicos en general y a los cientos de candidatos que aspiran a llegar a ser todo lo arriba mencionado; a ver si se les repite todos los días, terminan entendiendo que están haciendo todo mal.

El bandidaje y la falta de vergüenza en este país no tienen límites.

Si hasta se aprovecharon del dinero del endeudamiento para afrontar la pandemia del Covid. Acordate de que, mientras vos suplicabas ayuda en las redes sociales para comprar midazolam y atracurio para que no se muera tu Mamá, que esperaba en un pasillo de hospital público, sentada en una silla cable y se aferraba a la vida con cada esfuerzo por respirar, los desgraciados aquellos se repartían alegremente 1.600 millones de dólares.

Yo sé que no hay que perder las esperanzas, pero es un poco difícil en estos días. Varios de los funcionarios electos siguen delinquiendo tranquilamente; y otros se burlan del pueblo, porque gozan de la protección que les da impunidad y porque eligieron muy bien el bando. Muchos de estos funcionarios que, como dijo el obispo, tienen el mandato de servir al bien común de los ciudadanos, tienen serias denuncias por el mal uso de los recursos públicos, pero no van a pasar ni un solo día en la cárcel. Y la plata que –presuntamente– se ha malversado o gastado mal o simplemente desaparecido, no la veremos nunca jamás.

Eso sí, el ciudadano de a pie, ese que con el sudor de su frente intenta sostener una familia, mejor que ni intente luego hacer algo raro porque ipso pucho acabará en Tacumbú. Mejor que ahorre energías porque las va a necesitar para resistir, con lo caro que está todo; para soportar estar de pie desde las 4 de la mañana cuando sale corriendo para alcanzar el ómnibus en el que viajará apachurrado con decenas de otros que también viven corriendo y sufriendo en un país que te cobra impuestos, pero no te da ni salud pública de calidad, ni educación, ni seguridad.

El relato de la Semana Santa tiene mucho de dolor y tragedia, pero termina con un gran mensaje de esperanza. Ese mensaje choca lamentablemente con una dura realidad. Es sabido que toda la clase política, los funcionarios electos y los otros, están convencidos de que ocupar un cargo es para mandar y aprovecharse; ellos son, además, sordos funcionales, cultores del ñembotavy y mentirosos crónicos.

Dejá tu comentario