Inexplicablemente, sin ofrecer ningún fundamento a la ciudadanía –como suele ser su costumbre–, el ministro de Relaciones Exteriores, Eladio Loizaga, decidió hace algunos días brindar el voto del Paraguay al candidato del Uruguay para la Secretaría General de la Organización de los Estados Americanos (OEA), el canciller Luis Almagro.
Entre otras cosas, la decisión fue precipitada. En primer lugar, porque la elección del sucesor de José Miguel Insulza recién tendrá lugar a mediados del próximo año. En segundo término, porque todavía podrían surgir nuevas candidaturas para ocupar la titularidad del organismo hemisférico, y lo prudente hubiera sido esperar a tener un panorama más definido para tomar una decisión tan relevante.
Pero, además, Almagro no merecía el apoyo del Paraguay. Desde luego, carece de la trayectoria y la experiencia diplomática necesarias para liderar el organismo internacional de política multilateral más antiguo del mundo. Solo fue una vez embajador en su vida y luego, abruptamente, desembarcó en la Cancillería como ministro de José Pepe Mujica.
Tradicionalmente, la OEA ha sido encabezada por personalidades de mayor relevancia. En el pasado reciente, por un ex presidente colombiano, César Gaviria, y por un ex canciller de Chile, de muy reconocida participación en la vida política del país trasandino. Anteriormente fue ministro del Interior, vicecanciller y –durante la presidencia de Salvador Allende– director de la Academia Diplomática.
Sin embargo, si hay algo por lo cual el señor Almagro no merece el respaldo nacional es por el hecho de haber sido uno de los personajes que propiciaron la suspensión del Paraguay del Mercosur, a mediados de 2012. Salvando las distancias, es como si a Venancio Flores –el presidente uruguayo que participó en la Triple Alianza– luego se lo hubiera apoyado para ocupar una posición de importancia en el mundo.
Es, además, insólito que el señor Loizaga en ningún momento haya informado bajo qué condiciones o retribuyendo a qué otros apoyos del Uruguay se le libró este cheque en blanco a su canciller. ¿Se entregó, una vez más, todo a cambio de nada?
Algo no muy extraño, me dirá el amable del lector, proviniendo de quien actualmente dirige los rumbos de la Cancillería. Es verdad. Un nuevo paso en falso por parte de alguien que suele encaminarse por senderos inciertos, imprevisibles y, generalmente, improvisados.