11 jul 2026

“Nunca he visto a un saco de dinero ganar un partido de fútbol”

Miro el fútbol desde la fría objetividad y no desde el apasionamiento. Es que el club de mis amores, ubicado en la capital del sentimiento o del sufrimiento, llámelo como quiera, me llevó mentalmente a ese estadío.

Pasa que, lo he visto en cinco semifinales de Copa Libertadores, a segundos de ser finalista, cosa que, en algún momento se irá a producir. Elijo confiar.

La frase del título del presente artículo se le atribuye a Johan Cruyff, el fallecido ídolo del Ajax, de la selección neerlandesa, del Barcelona, del Cosmos de Nueva York y de otros clubes.

Normalmente, la imagen histórica de las grandes leyendas del fútbol mundial se agiganta a manera de legado con los años.

Es innegable que “El holandés volador”, como se lo llamaba, dejó mucho en este deporte, el más popular del mundo, por ejemplo, una escuela filosófica que perdura hasta nuestros días: “La posesión” derivada del “fútbol total”, creación de su compatriota y antiguo entrenador Rinus Mitchels.

Pero lejos de analizar al fenómeno desde la táctica misma, mi enfoque apunta en lo que representa el fútbol globalmente desde la perspectiva de la movilidad social para quienes se dedican profesionalmente, junto con el impacto en los negocios, que se extiende a los campos de la política y la geopolítica, mi área particular de estudios.

Al igual que la Iglesia Católica y demás confesiones religiosas, corporaciones internacionales y potencias hegemónicas, la FIFA a través del fútbol representa a un poder de expresión social y popular cuyas fronteras aún no han terminado de extenderse y por tanto de definirse.

Sus autoridades –siguiendo la filosofía de sus fundadores– constantemente buscan actualizar las reglas de juego, a fin de hacerlo más atractivo y, por sobre todo, dinámico y actualizado.

Sería iluso considerar que la realpolitik o sea el pragmatismo (que implica el maquiavelismo, la coerción y la amoralidad) están ausentes en el fútbol.

Obra humana perfectible, pero no perfecta como es, este deporte que tanto nos apasiona está aún lejos de los alcances de la idealpolitik que exige ética y moralidad, objetivo del fair play impulsado por la propia FIFA.

Pero seamos sinceros, así como en la guerra, la economía, la política y los negocios, también en el fútbol todos los contendientes o adversarios sin excepción recurren a la realpolitik o al antifútbol en defensa de sus intereses para ganar un partido o conquistar algún título.

Sin embargo, aparecen los resultados inimaginables basados en imponderables, variables utilizadas para significar que existen factores o fenómenos que influyen en un partido para que un equipo aparentemente débil, obtenga una victoria o se haga con usa presea.

Donde la fortaleza mental de cada contendiente hace su efecto, ningún rival es chico. Ya no cabe ni la organización ni el arbitraje en la mayoría de los casos.

Es el futbolista, su habilidad y dicha fortaleza quien resuelve el problema en una jugada y en una fracción de segundos.

Cruyff, quien no concurrió al mundial de Argentina en 1978 por una cuestión relacionada con la seguridad del mismo y de su familia por un intento de secuestro y asalto en Barcelona, dejó enseñanzas, entre las que rescato esta que me parece deliciosa: “Nunca he visto a un saco de dinero ganar un partido de fútbol”.

Y eso es lo que hace maravilloso, al mejor deporte colectivo del mundo.

“Es el futbolista, su habilidad y dicha fortaleza quien resuelve el problema en una jugada y en fracción de segundos”.

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