Hay días en los que nos sentimos los peores, queriendo dejarlo todo atrás; en otros, nos damos una oportunidad, renacemos y nos creemos invencibles. “Un equipo ultradefensivo, con escaso poder ofensivo”, lo podemos decir también de nosotros. Los penaltis son pura suerte, como la vida. “Entrenamos en tierra roja, no en lujosos complejos”, decía el poeta.
Cuántos relatos, cuántas voces. En tan solo quince días, la percepción cambia una y otra vez sobre el mismo hecho. Hay una verdad que permanece: Esto ya no es únicamente fútbol… Hay algo más profundo.
Celebraciones desbordadas, festivo nacional… Podemos llamarlo como queramos, pero existe algo invisible que nos impulsa.
Hasta ayer, lo único que me sorprendía de Paraguay en lo que respecta a multitudes era la peregrinación a Caacupé. Lo que ocurrió tras el partido contra Alemania fue distinto, pero en el fondo, igual: Una pasión, que no es el fútbol, la que nos une e identifica.
Es que cuando la esencia del ser humano sale a relucir, no encontramos ni orden moral ni ético; lo esencial brota desde lo más profundo y se impone.
Cuando un pueblo celebra, es señal de que está bien hecho, profundamente bien hecho. Porque lo que nos exalta, lo humano, es aquello que nos permite reconocer ese aspecto ontológico que nos define, esa exigencia inalienable llamada felicidad. ¿Cómo lo sabemos? Porque cuando ocurre, todos lo reconocemos.
Podemos ser exagerados, podemos analizarlo desde la sociología, la antropología y desde todo lo “lógico”, pero cuando algo toca el corazón, la vida se enciende y experimentamos algo enorme, irrepetible, una especie de “coincidencia” entre tu vida y la mía. Una unidad que no nace de normas ni de reglas ni de códigos, solo de un mismo acontecimiento.
Eso es lo que ha sucedido: El encuentro entre lo ontológico y el destino, aquello que está fuera de nosotros. El choque entre lo que deseas y la certeza de que sí, existe.
No existe ideal más grande que la felicidad, y lo que nos regaló el fútbol nos permitió confirmar, juntos, que eso es verdad.
No fue solo fútbol, fue la confirmación de que estamos bien hechos. Abrazos, bocinas de autos, miradas cómplices con desconocidos, todo ante el mismo acontecimiento. Sí, la felicidad que anhelamos está ahí, y recibimos una pequeña muestra. Pero ¿Qué la define?
El primer dato: El sacrificio de unos pocos, capaces de arriesgarlo todo por un deporte, nos demuestra que sin esfuerzo no hay triunfo. La antesala de la felicidad es el sacrificio. Quien vive así, uno o unos pocos, puede lograr cosas enormes para todo un pueblo. Volviendo a la rutina, al trabajo o a la familia, tras la celebración, esto no se debe olvidar: La vida exige sacrificio.
Segundo, alguien nos ha creado así y, al hacerlo, nos llama a lo mismo, incluso en nuestra diversidad. Como existen estilos de juego diferentes, posesión, formas de atacar y defender, hay otros modos, quizá más duros, donde se corre más, donde el propósito parece desproporcionado, ultradefensivos o con poco ataque, pero sigue siendo fútbol, sigue siendo digno. Es un camino distinto que identifica a nuestra Selección (y quizá a nuestro país, a los que conviven con nosotros, con quienes compartimos trabajo): Caminos diferentes, una sola meta.
¡Cuánta necesidad de ser felices! De comprobar hoy, no mañana ni pasado, que es realmente posible vivir así. Ojalá que estos momentos –porque, al fin y al cabo, son solo momentos, no siempre ganamos y eso lo sabemos muy bien, no por el fútbol, sino por nuestra propia vida– momentos que nos impulsen a amar más ese destino, que es también el destino del otro, más que a nosotros mismos. Imagínate mirar así a tu esposo, esposa, a tu padre, a tu madre, a tus hijos. Amarlos porque desean lo mismo que tú, porque necesitan lo mismo: ¡Qué diferente sería la vida! La conciencia de ser felices es la conciencia de ser salvados.