15 oct 2026

Narciso: Arte, memoria y el coraje de incomodar

Apoyada en interpretaciones de alta entrega de figuras consagradas y el debut brillante de nuevos talentos, Narciso desmenuza la hipocresía de una sociedad conservadora. Un filme donde la dirección de arte y la psicología de los personajes se funden para reconstruir una historia real que todavía exige justicia y memoria.

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Una escena donde aparece Narciso Arévalos, interpetado por Diro Romero que debuta en un rol protagónico en esta película.

Foto: Captura de imagen de la película.

El cine de Marcelo Martinessi afila su mirada y profundiza su sensibilidad en este segundo largometraje que entrega al público. Con Narciso, su propuesta audiovisual se convierte en una experiencia estética que trasciende la pantalla.

La película se siente como una pintura exquisita que deleita y, al mismo tiempo, interpela; o como una melodía deslumbrante que continúa resonando mucho después de haberla escuchado. Es, en esencia, arte.

La cinta lleva el sello personal de Martinessi y se sostiene en una fina construcción visual, moldeada por la acertada dirección de arte de Carlo Spatuzza y Babi Targino, complementada por el cuidado diseño de vestuario de Diana Leste. Cada elemento contribuye a narrar con precisión y sensibilidad una historia profundamente arraigada en la memoria colectiva.

Varias escenas logran incomodar, poniendo en evidencia esa violencia del irrespeto a la libertad personal que reinaba en esa época histórica. La algarabía juvenil frente a la opresión —grito del terrible miedo al cambio y a la pérdida de control sobre la forma de expresión y pensamiento— en quienes tenían dinero, poder, jerarquía o estatus, resulta efectiva.

La psicología de los personajes es atrapante, sobre todo la angustia interna de Lulú y su constante debate entre lo que desea y lo que debe ser; y la de Narciso, una mezcla de ingenuidad, seducción natural y ambición por ganar un lugar en el mundo que lo motiva. Hay momentos en que se disputan la empatía y el rechazo, pero lo cierto es que la constante es ese sentimiento de estar inmerso en el conflicto presentado en pantalla.

Es grato ver interactuar a actores de vasta y reconocida trayectoria en el ámbito teatral como Arturo Fleitas y Margarita Irún, así como a Marisa Cubero y Jorge Britez, artistas de otro rubro (clown) que aportan lo suyo en pequeñas escenas cargadas de emoción.

Manuel Cuenca sabe llevar el enorme peso del personaje de Lulú, al que desarrolla con soltura; y su interacción con Diro Romero, quien debuta de forma brillante en el rol de Narciso Arévalos, se percibe natural y fluye en todo momento.

Cabe mencionar el aporte de nuevos rostros en pantalla grande, como el de Belén Vierci, que surge con fuerza, o el de la versátil Naty Calcena, a quien ya vimos abrirse camino en Las Herederas (Amalia), además de los de Aníbal Ortiz y Mario González que aparecen en escenas que movilizan.

Se suma además la importante participación de actores internacionales como Nahuel Pérez Biscayart, en el rol de Wesson, y Mona Martínez, como Nenucha, quienes aportan matices y una presencia que enriquece el universo narrativo de la película.

La música tiene un lugar especial en varias escenas, especialmente en aquellas que transcurren en la radio, donde los músicos no solo acompañan, sino que también construyen atmósferas cargadas de identidad y emoción. A esto se suma la imponente presencia escénica de Mimí Monte, quien encarna a su propia madre en la cinta.

La película despierta emociones diversas y también una inevitable curiosidad en torno a los hechos reales y la obra que inspiran el guion, los cuales en su momento conmocionaron a la sociedad paraguaya.

A través de personajes sólidamente construidos, encarnados por un elenco comprometido con la intensidad de la trama, se transmite con claridad un mensaje urgente: no a la violencia, bajo ninguna circunstancia.

Narciso no es solo una película —ni únicamente una reconstrucción histórica—, sino un símbolo que interpela a recuperar la memoria y proyectarla hacia el presente y el futuro. En un contexto donde persisten amenazas desde ciertos proyectos políticos que intentan retroceder en conquistas sociales y de conciencia, su voz resulta más necesaria que nunca.

Necesitamos más películas como esta. Y, sobre todo, más valentía para decir: basta.

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