Paraguay volvió luego de 16 años a participar en un Mundial de Fútbol y las emociones fueron de abajo arriba, de la decepción a la esperanza, y de la glorificación a lo lapidario, algo similar a lo que les ocurre a otros países cuyos pueblos también viven con mucha pasión este deporte y, en particular, este encuentro deportivo.
Y los mundiales son así, y así como nuestra Selección Nacional, nosotros como hinchada también volvemos después de mucho a administrar nuestras emociones y fácilmente caemos en los extremismos, y este Mundial, en particular, ha mostrado sus propios extremos, tanto en lo político como en lo deportivo.
La FIFA es una entidad de dudosa reputación desde hace bastante tiempo, con el bochornoso FIFA Gate, las disputas internas llenas de graves acusaciones, y una actitud particularmente aduladora hacia el presidente de los EEUU, Donald Trump, quien recibió de manos de Gianni Infantino el Premio de la Paz de la FIFA, que tuvo que inventar para alimentar el ego del mandatario norteamericano, anfitrión de la Copa del Mundo, quien poca cortesía ha tenido con diversas selecciones, árbitros, periodistas y otros convocados a la fiesta del fútbol.
En medio de las humillaciones sufridas por equipos como el de Irán, país al que Estados Unidos atacó y ahora negocia la paz; la negación de ingreso al árbitro somalí, censuras y otras situaciones desagradables, surgió una figura emblemática y sumamente política que particularmente le dio un brillo a esta edición.
Hablo del hincha de la República Democrática del Congo (RDC) Michel Nkuka Mboladinga, conocido mundialmente como Lumumba Vea, que se ha vuelto un fenómeno viral global. Su fama se consolidó en la Copa Africana de Naciones y ha alcanzado su punto más alto en este mundial.
En las gradas, Michel se transforma en la estatua viviente de Patrice Lumumba, el histórico héroe anticolonista, líder panafricano y primer ministro del Congo tras independizarse de Bélgica, quien –luego de un golpe de Estado– fue torturado y ejecutado por un pelotón de fusilamiento el 17 de enero de 1961.
Su asesinato fue el resultado de una conspiración internacional y su cuerpo fue disuelto en ácido sulfúrico, tratando de borrar su paso por este plano, sin éxito, evidentemente, así como no puede borrarse la historia de humillación, despojo y crímenes de lesa humanidad que sufrió el Congo colonizado.
En el momento en que escribo estas líneas, aún no se define si el Congo pudo lograr el milagro de clasificarse a la siguiente ronda, con muy pocas probabilidades, pero su participación, así como la de otros equipos que no lograron pasar a la siguiente fase pero mostraron garra y voluntad, como Haití, otra isla de desgracias humanas, mantendrá en alta la moral de los desposeídos que pelean contra las grandes potencias, en lo deportivo y lo político, en medio de gigantescas asimetrías.
Paraguay arrancó con el pie izquierdo y nada menos que contra el anfitrión EEUU, que mostró su poderío y gran evolución futbolística lograda con años de dedicación e inversión en el rubro, sobre todo esto último.
Esa primera caída ya significó el primer baldazo de fría realidad que todos sentimos en la piel y nos puso de muy malhumor, tratando de encontrar culpables y descalificando al propio director técnico Gustavo Alfaro por su forma de hacer jugar al equipo y por esto y aquello, luego de haber sido endiosado y convertido en el mítico Cazador de Utopías.
Después le ganamos a Turquía contra todo pronóstico, en un partido donde sentimos la injusticia del arbitraje, y volvimos a desbordar en “ilusión”, esa palabra que Alfaro prefiere utilizar antes que la palabra “expectativa”, porque a esta última palabra suele enfrentarse la realidad, y eso venimos esquivando, y lo vino esquivando el propio Alfaro, hasta el último partido contra Australia, donde ya no pudo más y se despachó con su nueva “teoría de la realidad”.
Y la realidad es dura, la realidad de nuestro país es dura, y enfrentarla cuesta mucho, le cuesta al DT en nuestro gobierno y a nosotros como hinchada, pero es una realidad que se debe enfrentar para construir soluciones reales a corto, mediano y largo plazo, para no seguir “soñando con milagros”.