Paraguay se encuentra en un punto de inflexión demográfico que debe aprovechar. La Semana Mundial de la Población constituye una oportunidad para debatir sobre los desafíos que enfrenta nuestro país antes de perder una ventaja competitiva única: La de su población y su capacidad para impulsar un crecimiento inclusivo a largo plazo y transitar hacia mayores niveles de desarrollo. Capitalizar este momento de su historia requiere políticas para aumentar el capital humano, formalizar el empleo, socializar las responsabilidades de cuidados y garantizar un sistema de seguridad social solidario y sostenible a largo plazo.
A diferencia de las economías de la región que enfrentan un acelerado envejecimiento poblacional, Paraguay aún goza de una estructura por edades joven. Este fenómeno, conocido como el primer bono demográfico, representa una ventana de oportunidad donde la población en edad de trabajar supera a la población económicamente dependiente. Sin embargo, la transición demográfica paraguaya no se agota en la juventud. Paralelamente, emergen otras dos potentes fuerzas económicas: El bono femenino, impulsado por la inserción de las mujeres en el mercado laboral formal y, el segundo bono demográfico, caracterizado por la capacidad de acumulación de activos de la población adulta-mayor (de 50 a 65 años).
El bono demográfico tradicional se define como el periodo en el cual la tasa de dependencia de una sociedad cae a sus niveles más bajos, liberando recursos para la inversión productiva en lugar del gasto social de subsistencia. En Paraguay, la edad mediana de la población sigue siendo una de las más bajas de América Latina, lo que teóricamente sitúa al país en una posición de ventaja competitiva global.
No obstante, la juventud por sí misma no garantiza el crecimiento económico. La transformación de esta ventaja demográfica en dividendos reales depende de que todos estos jóvenes cuenten con estudios superiores, más allá de la Educación Media. Una segunda condición es que consigan empleos decentes. Jóvenes que trabajan en ocupaciones informales y de baja productividad e ingresos difícilmente contribuyan a aumentar la productividad y el ingreso nacional, mucho menos contribuir a la sostenibilidad de la seguridad social. La tendencia a la reducción del número de niños y niñas genera la oportunidad de invertir más en educación superior.
El segundo gran pilar económico reside en su población femenina. Las mujeres han avanzado en los estudios y en sus aspiraciones laborales; sin embargo, casi la mitad de ellas está fuera de la fuerza de trabajo y la mayoría de las que trabajan lo hacen en ocupaciones de bajos ingresos e informales. El mayor y mejor acceso de las mujeres al mercado laboral podría impulsar el crecimiento del PIB, aumentar los ingresos en los hogares y reducir la pobreza y si los empleos son formales contribuir a la seguridad social a largo plazo.
Finalmente, existe el llamado segundo bono demográfico. A medida que el primer bono demográfico madura, la población económicamente activa aumenta su edad. La población de entre 50 y 65 años representa la antesala del envejecimiento poblacional, pero también constituye la base para la acumulación de ahorros tanto para su retiro laboral como a nivel macroeconómico. Durante esta etapa de madurez productiva, las personas suelen alcanzar sus niveles máximos de ingresos y, al tener menos hijos dependientes a su cargo, su capacidad de ahorro se incrementa.
La verdadera ventaja competitiva de Paraguay radica en que estas tres dinámicas coexisten temporalmente. No se trata de fenómenos aislados, sino de fenómenos demográficos interconectados.
Paraguay se encuentra ante una ventana de oportunidad biológica y social que tiene fecha de caducidad. Capitalizar estos bonos exige una reforma educativa integral, la creación de un sistema de cuidados, la formalización laboral masiva y la modernización del sistema financiero y previsional. Si el país asume estas reformas estructurales los dividendos demográficos se traducirán en crecimiento económico sostenible a largo plazo y desarrollo.
“La juventud por sí misma no garantiza el crecimiento económico (...), depende de que (...) cuenten con estudios superiores”.